martes, 2 de octubre de 2012

Después de las vacaciones, un comentario ácido pero necesario


Reinauguración de la sala de cine Patio Trigal

                                                                                                                           Asdrúbal Romero M.

Veo en el Carabobeño: Lleno total en la reinauguración de nuestra sala de cine arte. Mi cerebro emocional prevalece sobre el racional y me alegro. ¿Por qué se produce una lucha entre los dos cerebros? La Rectora anuncia que se han gastado dos millones de bolívares fuertes en su remodelación -dos millardos de los viejos-. Con la inflación, las obras de este tipo son cada vez más costosas. No puedo evitar el pensar cuántos laboratorios que están en el suelo no pudieron haber sido repotenciados con esa cantidad. Con esta crisis presupuestaria tan sostenida y denunciada públicamente por las autoridades administrativas de la Institución, en muchos laboratorios: de cuatro bancos de equipos sobrevive uno y remendado. El número de prácticas que los muchachos ven por semestre se ha reducido a la mitad. Una semana entra la mitad de la sección y la semana siguiente la otra mitad, de esta manera ocho alumnos puedan acceder a trabajar en equipo con el único banco sobreviviente. No es un secreto para nadie que la actividad académica que requiere de equipos, componentes y materiales está muy menoscabada a lo interno de la Institución. A pesar de esto, se prefiere invertir en la remodelación de una sala de cine a la que muy poca gente asiste. ¿Por qué ocurre esto?

Vamos a estar claro: nuestra sala de cine arte nunca alcanzó a ser un programa cultural financieramente autosostenible. Recuerdo cuando era rector que siempre a finales de año recibía la visita de Daniel Labarca. Desde que Rosalba me anunciaba su visita, ya yo sabía que tendría que hurgar en las partidas presupuestarias para buscar el dinero que taparía el déficit anual acumulado por la fundación que él dirigía y bajo cuya adscripción estaba la sala -creada en el periodo rectoral de Elis Simón Mercado-. Daniel se aprovechaba -en el buen sentido- de mi condición de cinéfilo empedernido. De hecho, fuimos él y yo quienes manejamos todas las conversaciones con el CNAC, el organismo público encargado de financiar los proyectos promotores de las actividades relacionadas con la cinematografía dentro del país –muy probablemente haya cambiado de nombre-, para que cofinanciara en un 50% la adquisición de esa sala. Como ven: soy parte de la historia de esa sala. Por eso me siento con la autoridad moral para manifestar el planteamiento crítico que molestó a mi cerebro racional cuando leí la noticia.  No podrán decir que no me gusta el cine o que no sé valorar el buen cine. Presumo de suponer que unos cuantos lectores de estas líneas sabrán que, por más de un año, mantuve un blog donde comentaba películas -todavía se puede acceder a él en http://asdromero.blogspot.com/ -. Cuarenta y siete películas comenté mientras dispuse de diez minutos que mi amiga Laura Antillano, graciosamente, me concedió para que yo hablara de cine en su programa semanal “La Palmera Luminosa”. He sido un asiduo de nuestra sala de cine arte. He asistido a muchísimas funciones donde el número de espectadores era inferior al de los empleados pagados por la UC para operar el cine. Es verdad que su actividad declinó a raíz de la salida de Daniel Labarca de su dirección -decisión inexplicada que se produjo en los inicios de esta gestión rectoral-, pero no es menos cierto que aun antes de la salida de su principal mentor: ya la sala andaba herida de muerte. Su audiencia natural la había abandonado, como varias veces lo comentó el reconocido periodista Alfredo Fermín en su leída columna semanal. Sin embargo, en cuanto se cerró, salieron muchos detractores a criticar a la Rectora y hasta provecho político se le quiso sacar al asunto. Al transcurrir pocos días, ella misma se encargó de aclarar a través de los medios de comunicación social que el cierre era temporal a fin de posibilitar su remodelación.  Su actitud defensiva es entendible: a ningún rector, o rectora, le gusta que lo que quede para la historia es que “fulana de tal fue la que cerró aquella sala de cine donde pasaban tan buenas películas y bla, bla, bla”, todo un relato nostálgico por parte de quienes añoraban entrañablemente a la sala aunque nunca la calentaban con su presencia. La historia pudo muy bien haber sido otra, pero ello requeriría de unas autoridades rectorales que hubiesen diseñado un plan de racionalización del gasto universitario, en respuesta a la circunstancia del severo estrangulamiento presupuestario al que ha estado sometida nuestra universidad. Unas autoridades, que después de haber realizado un exhaustivo análisis de las relaciones costo/beneficio  de muchas de las actividades que se mantienen por mera inercia en nuestra casa de estudios, estuvieran en posibilidad de comunicar con un sólido respaldo justificativo, tanto a la comunidad ucista como a las fuerzas vivas de la ciudad, su decisión de recortar gastos en algunas áreas en aras de producir el menor daño posible a lo que es más esencial para la Institución: la Academia.  Si ese hubiese sido el curso de acción elegido, con profunda tristeza habría aceptado que la sala de cine arte Patio Trigal no podía sobrevivir a la poda requerida.
Obviamente,  esa no es la circunstancia actual. Después de todo, estas autoridades, aunque en conflicto con sus padres políticos -no tan abierto como en el caso mío-, siguen preconizando un estilo de gerencia maldonadista que se caracteriza por mantener significativos niveles de inversión en actividades de extensión que proyectan la imagen de la Institución -y la de sus autoridades- hacia el exterior, en desmedro del adecuado funcionamiento de las actividades académicas en su interior. No es que yo no quiera que la UC no financie una orquesta infantil en Miguel Peña, o mantenga una multiplicidad de casas municipales con sus correspondientes empleados. El problema es que yo mantendría esos programas una vez cubiertas las necesidades internas del funcionamiento académico. Lo reitero: ese no es el caso actual. La política sigue siendo: Luz para la calle y oscuridad hacia el interior. Así que varios meses después y dos millones de bolívares gastados, la Rectora cumple con su palabra. Queda bien ante las fuerzas vivas de la ciudad, pero, peeero, unos cuantos vidrios rotos adentro siguen sangrando a la Academia.
Por eso, cuando tomando café con unos profesores que sí conocen la realidad interna de la Academia y por ello me preguntaban: ¿Cómo puede ser posible? Les explicaba: es que las presiones exteriores y políticas sobre la Rectora son mucho mayores que las presiones internas por parte de la comunidad profesoral y estudiantil. Estos jóvenes profesores se calan que su laboratorio esté en el suelo, sea por desidia o porque se sienten impotentes -cuidado sino es por lo primero-. No protestan. Se resignan a trabajar con los vidrios rotos. Yo, al final, aunque no lo parezca, estoy contento, volveré a ser un asiduo del encuentro en la oscuridad con esas buenas películas que proyectan en esa sala que ayudé a comprar. Volveré a sentir como el arranque del proyector inunda a todo mi cuerpo con una sensación de felicidad casi hormonal. Aspiro encontrarme a  más espectadores y que no ocurra, como alguna vez sucedió, que un empleado de la sala tenga que camuflajearse  como parte del público, a fin de completar el cupo mínimo de tres espectadores y no correr el riesgo de que esta lengua viperina  se quede con las ganas de ver la película anunciada.

2 comentarios:

  1. deberíamos hacer un foro con el profesor Frank López o cualquier otros miembro valioso de nuestra Comunidad Universitaria , sobre la pertinencia de cual es el mejor modelo económico para nuestra Venezuela actual y para mejorar nuestro sistema educativo nacional y (podríamos tener de modelo el ejemplo de Finlandia) y la ideas de Luis Alberto Machado, (La Revolución de la Inteligencia).AMEN

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  2. el artículo, no lo he leído , pero lo poco que lo leí, NO TIENE DESPERDICIO, o sea que esta muy bién!!!

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