sábado, 31 de agosto de 2019

¿Tienen algún sentido? ¿Podrían resolver algo?

Una triste historia local de la que se desprenden reflexiones genéricas con valor sustantivo


¿Elecciones en la Universidad?


@asdromero



I-Antecedentes y planteamiento del problema



A raíz de una publicitada decisión del TSJ, en la que se conmina a la UCV a realizar elecciones dentro de un lapso de seis meses, me he convencido de la conveniencia de exteriorizar algunas reflexiones sobre si tendría algún sentido la celebración de elecciones rectorales en esta hora tan menguada que viven nuestras universidades nacionales. Las hice recién llegado a Madrid, influido por lo que había podido palpar en el ambiente en el transcurso de mi activa participación en las elecciones de la Caja de Ahorros de Profesores de la UC (IPAPEDI). Por tanto, obviamente, son previas a este pantanoso berenjenal que desea montar el Régimen. De hecho, las ideas que a continuación expondré comenzaron a rondar mi cabeza con creciente intensidad, después de haber sufrido una insólita pesadilla que al final les narraré.

Me resulta evidente que de la precitada resolución se derivará una discusión nacional sobre si las universidades nacionales autónomas deben acatarla o no, máxime en este tramo supuestamente agónico para el Régimen según la opinión de muchos. Esta discusión, en mi alma mater, podría generar un escenario de extrema polarización, habida cuenta que en ella existe un grupo no oficialista que achaca, selectivamente, a algunas autoridades rectorales y decanos mayor responsabilidad en el colapso institucional que la que tienen los DESTRUCTORES externos bien identificados. Plagiándose el lenguaje, se refieren a ellos como los DESTRUCTORES locales. No me atrevería a opinar sobre cuán significativa sea su representatividad, aparentan ser pocos pero hacen ruido y tienen detrás a unos cuantos cazadores de poder  interesados en los beneficios de su accionar. Estos, no echan leña, dejan a otros el trabajo sucio, pero alcahuetean. Aclaro: el grupo es no oficialista, porque en el caso de la irrisoria minoría oficialista se entendería perfectamente que ese fuera su pregón. Siendo el punto focal de su discurso el nefasto gestionar de los DESTRUCTORES locales, para ellos resulta lógico plantearse en la actual coyuntura una elección de autoridades rectorales como el paso inicial para comenzar a poner orden en la casa. Y de hecho, exhibiendo consistencia con esta línea de razonamiento, han comenzado a pedir, insistentemente, elecciones a través de las redes sociales. Al parecer, sin mucho eco, pero esta supuesta resolución del TSJ podrían asumirla como viento a favor de su propuesta. Y como insinué antes, las ramificaciones cuantitativas de su política agresora son difíciles de estimar, por lo que el panorama con respecto al acatamiento o no de la fulana resolución podría enredarse en nuestra querida casa de estudios.

Aclarado lo primero –la anterioridad de mis argumentaciones- debo reconocer que éstas son de naturaleza más pragmática y aunque podrían constituirse en otro nutriente para la discusión nacional, estoy convencido que la discusión en este ámbito se dará más en el terreno del respeto a los principios, la legalidad y las razones políticas. Por otra parte, en febrero de 2013, a través de este mismo blog, propuse a la comunidad universitaria nacional un esquema a partir del cual podría llegarse a un acuerdo que posibilitara la realización de elecciones en las universidades nacionales. No tuvo acogida. Era pragmático también. Involucraba un sacrificio temporal de los principios, a cambio de poder airear a las instituciones con un cambio de autoridades, lo cual en mi opinión resultaba muy conveniente. Lo digo, para que el procesamiento de mis argumentos no sea contaminado con la creencia de que he sido un emblemático representante de la posición de no elecciones en el ambiguo escenario que propició el Régimen. Mi posición en un tramo de esta historia reciente fue de elecciones a pesar de.... Pero no tuvo eco porque la posición de respeto a la Autonomía siempre ha tenido un sólido respaldo. Para la mayoría de los académicos genera rechazo la idea de unas elecciones rectorales donde su voto tenga el mismo valor que el de los estudiantes, empleados, obreros y egresados. Esta es una verdad de Perogrullo.

En ese tramo de indecisión, elecciones sí, elecciones no, ha pasado mucha agua debajo del puente. Muchísima, diría yo. La inviabilidad llegó a las instituciones para quedarse. Cuando a una universidad como la nuestra, le asignan, presupuestariamente, tres mil bolívares soberanos para la partida de mantenimiento global de toda la Dirección de Transporte, un monto que en la oportunidad que nos lo dijo la Rectora no alcanzaba ni para tomarse un café en una panadería, uno se da cuenta que las universidades continúan abiertas de milagro.


Milagro sí, donde confluye no solamente la resiliencia de un núcleo directivo, decidido a resistir hasta más allá de lo imposible la voracidad del Régimen, sino también la contribución de gran cantidad de héroes anónimos que siguen dando lo mejor de sí, en las condiciones más deplorables que alguna vez les haya correspondido soportar, a cambio de un penoso salario que es muy inferior al de una dependienta en una tienda de celulares o el de una ayudante doméstica. La Universidad está moribunda. Cada día que transcurre pierde energía. Es una lucha diaria por mantenerla viva hasta que el Régimen caiga y se prenda una lejana lucecita en algún túnel de la esperanza, que permita pensar que un escenario para la transformación institucional en acuerdo con un estado sensato puede concretarse. Mientras tanto, en el tránsito de la agónica espera: ¿Tiene algún sentido realizar elecciones rectorales?


II-Argumentación central y los limones amargos



Mi opinión de entrada es negativa. Creo que mi producción neuronal nocturna –una especie de surrealista pesadilla-, se debió al cercano recuerdo de dos conversaciones con buenos amigos, sostenidas poco antes de venir a Madrid. Ambos, con dilatadas carreras universitarias y muy legítimas aspiraciones a ser Rector algún día. Les dije a los dos, cada uno por separado, con un cierto tono imperativo: ¡Por ahora, olvídate de elecciones! En el momento actual, no tienes nada que ofrecerle a la Universidad. Es más si yo fuera tú y por alguna locura se convocaran elecciones, no me metería en ese berenjenal, a pesar de tu prolongada querencia. Hasta que no haya un cambio político, la Universidad no tiene salida, apenas intentar sobrevivir, como lo estamos haciendo muchos en lo personal y también, lo sabes, gran cantidad de organizaciones, incluyendo industrias y comercios.


Sólo uno de ellos me respondió con una tímida propuesta de convertir a la Universidad en un ente más productivo. Por supuesto que ésta tendría que constituirse en una de las líneas estratégicas principales de un proceso transformador en el futuro, pero en las condiciones actuales todo, absolutamente todo, es atentatorio contra esa “revolución de productividad” esgrimible por algún avezado candidato como discurso de campaña. Quizás, podría calar en el imaginario de los electores a pesar de no tener ningún asidero con la realidad. ¿De qué magníficas dimensiones tendría que ser esa revolución generadora de ingresos para financiar la pesada carga que arrastra una institución tan dinosáurica como la nuestra? La Universidad se ha convertido, al igual que otras instituciones públicas, en una gigantesca organización cuya principal función es pagar quince y último a una gran cantidad de personas, de la cual sólo un reducido grupo – me aventuraré a estimar que inferior al 25%- se mantiene en  el frente intentando evitar que se produzca el último respiro.

Vamos a estar claros: iniciativas como la que promueve en la actualidad el Secretario de la UC, Prof. Pablo Aure, de sincerar los ingresos por concepto de preparación de documentos a egresados están en la onda acertada, pero su efecto práctico para cubrir costos es muy limitado. Y no nos extrañe que, en cualquier momento, el Régimen en una acción concertada con sus troyanos dentro de la Universidad busque clausurarla, sea por la vía de protestas de sus tarifados estudiantiles, o haciendo ver que ese cobro constituye un delito de conformidad a alguna norma incluida en su tinglado de asfixia regulatoria en la que han sumido al país y a sus instituciones.

Aclaro que mi mención particular a esta iniciativa no persigue insinuar de ninguna manera que el profesor Aure la haya motorizado teniendo en mente alguna campaña rectoral. Lo he hecho a los efectos de ilustrar un asunto que es vital para la discusión. ¿Hasta qué punto la Universidad venezolana tiene libertad para transformarse? Como podemos ver, el tema se escapa de las reducidas paredes de mi alma máter. Va mucho más allá: ¿Podría plantearse cualquiera de las universidades nacionales autónomas del país un proceso de transformación por sí sola en sintonía con las tendencias internacionales y, al mismo tiempo, en consideración anticipatoria de las restricciones financieras que habrán de imperar en una venezuela en reconstrucción?

Mi respuesta vuelve a ser negativa. No se podía hacer en tiempos de la Cuarta República. Mucho menos posibilidad se tiene ahora con el Régimen. Siempre he escrito sobre esto. Nuestras universidades autónomas son muy poco autónomas.  Son parte de un subsistema que se rige por un marco normativo vigente desde el año 1961, la Ley de Universidades, opresor de muchas de las estrategias que en un plano especulativo podrían planearse con miras a activar un proceso de transformación. Como estamos, el proceso de transformación tiene que ser nacional y debe contar con la participación principalísima del Estado. Cualquier otra acción que se salga de ese corsé legal corre el riesgo de durar hasta que a un grupo de interés se le antoje introducir una acción judicial.

Pero es que además de ese restrictivo corsé legal, bien restrictivo en verdad, en un excelente trabajo del profesor Octavio Acosta se pueden conseguir los hitos históricos en los cuales la universidad venezolana se fue dejando quitar competencias. Por ejemplo, toda la política laboral ha sido centralizada. ¿Podría un equipo de autoridades empeñado en transformar a “su” universidad, anunciar un proceso de relegitimación de los cargos docentes a los efectos de adecuar el tamaño del plantel docente a la nueva realidad matricular? Una iniciativa como esta sería muy lógica, pensando en invertir los entrantes recursos para nómina docente entre menos profesores y generar el incentivo de poder pagar mejores sueldos a los  profesores de mayores méritos que se reclasificaran. Suena lógico, pero: ¿Lo podrían plantear? ¿El Régimen y sus troyanos los dejarían?  -lo dejarían si lo fuesen a implementar sus autoridades “amigas” y entonces habría que agarrarse porque vendrían curvas-. Esta última interrogante es absolutamente pertinente. Además del corsé legal, las universidades también han estado siempre sometidas al corsé político. Quizás en la cuarta, este se ejercía de manera más disimulada y por mecanismos indirectos. Con el actual régimen, los modos de intervención son abiertamente descarados. Ejemplos sobran.

Entrando a predios aún más controversiales, pero en los que me interesa entrar. ¿Podría ese mismo empeñoso equipo de autoridades  anunciar que en “su” universidad se aplicaría una nueva política de jubilación en la que la edad mínima de egreso sería a los 65 años –como en la mayoría de los países del mundo, algunos bastante más ricos y desarrollados que el nuestro? Sería bastante lógico. ¿O no? Una universidad que renace pobre, que ya no se puede dar el lujo de mantener una muy onerosa política de jubilación debería hacerlo. Desde el año de 1992, un sensato Consejo Nacional de Universidades en sesión realizada en Puerto La Cruz reconoció que la política de jubilaciones universitarias era insostenible. Se anunciaron correctivos que no fueron implementados a nivel institucional por razones de diversa índole. No solamente no se corrigió nada, sino que en el presente contexto de miseria socio económica de los claustros profesorales han surgido explicables apetencias a desnaturalizar la función de los fondos de pensiones y jubilaciones para convertirlos en instrumentos coadyuvantes de la previsión social.

La política actual de jubilaciones, no sólo las universitarias, sino las de todo el sector público, es No Sustentable. Pero nadie habla de esto. Me voy a permitir por un momento abandonar el tema exclusivamente universitario para referirme a lo nacional. Tengo la sensación que en todos esos planes en los que se invita a la sociedad civil a participar, se evita hablar de los limones amarguísimos que nos tendremos que tragar en la realidad post Régimen. Uno no sabe si existe un libro negro del Plan País donde están condensados todos esos limones amargos de los cuales es “políticamente incorrecto” hablar, pero si esta especulación es cierta: al menos allí están, la gente que se asume futuro gobierno tiene conciencia de su deber de aplicarlos. Es el escenario menos malo, aunque en mi opinión: equivocado. Este es uno de esos momentos “oportunidad” donde lo políticamente correcto sería hablarle al país con toda crudeza de lo que vamos a enfrentar. Mucho peor sería que ese libro negro no existiera, porque ello significaría que esa gente que se asume futuro gobierno no está dispuesta a resolver aspectos que son neurálgicos para poder levantar al país. Si se pretende, por ilustrarlo con sólo un tema, que Venezuela siga operando con un sector público con jubilaciones a los cincuenta años o menos, que Dios nos agarre confesados. Todo este sacrificio de haber soportado la más terrible de las pesadillas, no habrá servido para nada.

Retornando al tema universitario, insisto en mi tesis de que unas elecciones universitarias en este momento no resolverían nada. El tiempo de realizarlas quedó atrás. Ahora sólo resta esperar a que se produzca un cambio político; a que se instalen unos nuevos actores en el ejercicio de la representación del Estado a fin de concertar con ellos cuál va a ser la universidad deseable y qué cobertura financiera le va a aportar el Estado. Será entonces cuando se abra un escenario para la transformación universitaria. Por supuesto, sería muy deseable también que se alcanzara un acuerdo para producir un nuevo marco legal menos restrictivo, en el que se liberen las fuerzas transformadoras de cada una de las instituciones universitarias, o al menos de las que cumplieren con un nivel razonable de capacidad institucional como para abordar un proceso de transformación. La idea de poner a las universidades a competir no es mala, ya se planteó en el segundo gobierno del Presidente Caldera pero la Revolución extirpó de cuajo todas esas buenas iniciativas en ciernes.

Me llama poderosamente la atención que las universidades y la Asamblea Nacional no se hayan puesto de acuerdo para iniciar actividades conducentes a perfilar con carácter anticipatorio –como sí se ha hecho en otras áreas- esa especie de acuerdo sobre lo que se va a hacer con un sector tan importante de la vida nacional. No sé si será que se nos respeta demasiado desde la Asamblea Nacional y nosotros, los universitarios, a quienes nos corresponde forzar la barra en ese sentido, no terminamos de generar la plataforma institucional representativa del sector con la que se puedan iniciar conversaciones. O,..., que a las universidades ya se nos ha reservado un espacio en ese libro negro al cual hice mención, como “elefantes” irrecuperables que lo mejor es dejarlos morir y entregar la responsabilidad de la educación a nivel superior al sector privado. Habiendo ejercido alguna vez la profesión del mal pensar, es un escenario posible que no podemos dejar de mencionar y del cual, los universitarios, deberíamos estar bien pendientes y, aparentemente, no lo estamos.  Algunas de esas mentes “preclaras”, agazapadas  en los salones de escritura de esos textos oscuros pudieran estar pensando algo como eso –es una tendencia en muchos países-. El problema es que el sector privado, salvo muy contadas excepciones, tampoco anda muy sanito que se diga. El subsistema de la educación universitaria amerita una atención importante y concienzuda.

Definitivamente, no creo que en las presentes circunstancias exista un horizonte de transformación sobre el cual comenzar a trabajar. Ni tampoco la potencialidad de resolver, autonómicamente,  unos complejos cangrejos heredados que obstaculizan grandemente la posibilidad de sacar a flote las instituciones. Alguien me podría decir, que esto también era verdad hace cinco años, o hace tres. Ciertamente. Pero entonces las universidades no estaban tan postradas. Todavía existía margen para que unas autoridades nuevas, recién legitimadas, intentaran algunas estrategias. Esa posibilidad ya se esfumó. ¿Qué alternativas pueden ofrecer los candidatos? ¿Qué ilusorias promesas van a tratar de vender? Tendrían que cuidarse muchos los aspirantes de justificar bien sus opciones para evitar que sus campañas desaguaran en el terreno de lo ridículo.


III- Final con retorno al cotarro local


He dicho que no tengo compromiso con ningún candidato. Que tomaría mi decisión en función del proyecto que presentaran. Pero después de toda la argumentación en la que he entretejido lo local, con lo nacional en el ámbito universitario y en el ámbito de la política del cambio,  dudo que puedan conquistarme con sus ideas. No veo espacio para ellas. Lo mejor sería que no se celebraran elecciones, además de que debemos acompañar el natural gesto de rebeldía que se debería producir a nivel nacional. Pero no descarto, tal como percibí el cuadro de encarnizada desunión en el marco del proceso electoral de IPAPEDI, no me extrañaría que se cuadrara una mayoría local en la tendencia de pedir elecciones.

A pesar de la acción súper letal de los DESTRUCTORES externos, no hemos sido capaces de superar nuestras diferencias. No hemos podido superar una larga historia de traiciones, deslealtades y malos tratos entre los grupos con capacidad de movilización electoral. Tampoco es que las autoridades, incluyo aquí a las cuatro y todos los decanos, en sus ya muy largos años de gestión, con algunas de sus acciones y frecuentes omisiones han ayudado a que se cree un ambiente de mínima concordia que posibilitara la gestación de un escenario de encuentro. Tan necesario que era a los efectos de discutir y concertar nuestra defensa frente a la poderosa amenaza externa. ¡Todo hay que decirlo! Ha prevalecido el clima de recriminación entre nosotros, incluso por males que nos vienen de afuera. Ha prevalecido la Política del Odio. Estamos como el país: divididos. Quizás sea este pesar que llevo desde mi último intento, un tanto tardío, de producir algún acercamiento entre los factores, lo que me causó la pesadilla.

Había una elección. Y los candidatos, a los que, luego despierto, no pude reconocer, articulaban espléndidos y encendidos discursos. Utilizaban el proyector sistemático de frases cohetes de mi amigo Fernando Burgos, quien debe estar en el cielo. Hasta aquellos tiempos de joven profesor de ingeniería se remontaron mis neuronas –porque todo lo producen ellas en respuesta a una vital angustia-. ¡Atrevámonos a soñar! Y qué coño vamos  a poder soñar, decía yo como espectador mientras agitadamente me revolvía en la cama. ¡Repensemos la Universidad! ¡Hacía una universidad conectada internacionalmente y socialmente pertinente! …. A pesar de que todo aquello parecía desarrollarse en un híper espacio de sexta dimensión donde ya no puedes saber lo que es real y lo que es ficción, luego vi largas filas de electores que iban a votar. Llevaban unas vestimentas religiosas, no nuestras togas académicas sino algo similar a la usanza de los monjes budistas. Iban como drogados. Como si se hubiesen tomado unas pociones que les permitiera reconciliar su cruda realidad con el promisorio aliciente que les había vendido el candidato de su parcela. Ganó la política del odio, lo dije y no me podría desdecir porque en los sueños tu cerebro no construye falsedades, sólo el reflejo de tus profundidades. Y en la escena siguiente, estaba el ganador, en su vestimenta religiosa un poco más decorada con estrechas bandas de color anaranjado. Tampoco lo reconocí. Pero estaba en un despacho en el que habían transcurrido varios años de mi vida. Allí supe que las elecciones se habían realizado en mi universidad. Hablaba con mis directoras de presupuesto y administración. ¡Que locura ese sueño! Le informaban de lo precario de la situación financiera. Recibió varias llamadas en las que le notificaban de nuevos problemas que no podría resolver. Al final de la mañana, lloraba amargamente porque no había tenido la paciencia de esperar el desenlace, ahora le correspondería a él, quizás, cerrar los ojos de la muerta. El terrible deceso temporal de algo tan querido fue lo que me despertó con dificultades para respirar. ¡Esa fue la surrealista pesadilla que motivó mis reflexiones!



viernes, 9 de agosto de 2019

Una crónica: ocurrió en alguna de esas tantas noches de apagón.

Donde estemos, tendremos a Venezuela en nuestro corazón. He querido compartir con mis lectores de este blog un ejercicio narrativo: una crónica con matices de ficción de una experiencia que vivimos en una de esas tantas noches de apagón. Desde que ocurrió quise escribirla. Finalmente, logré hacerlo. Ténganme paciencia pero tiene la longitud estándar de un cuento largo. En él hay mucho de lo que me tiene aquí.



Rebeldía en Toneles


Cuando entramos al lugar, estaba todo iluminado. Pero más allá de la sensación de haber hecho un viaje desde la oscuridad hacia la luz, en mi mente comenzó a insinuarse otra: la de haberme transportado en el tiempo hacia el pasado. Caminamos lentamente hacia la barra, mientras ojeaba dónde estaban los televisores. Había uno frente a una mesa que estaba ocupada. Un partido de béisbol en su pantalla. Otro justo en la barra con la misma programación.

-Nada, nos sentamos aquí mismo -le dije a mi mujer-.

El camarero de la barra que parecía el típico de una tasca española así no tuviese el tipo español, se alegró. Se le notó en la cara. ¿Qué les pongo? Y comenzó a recitar su oferta de licores. Le interrumpí, un poco bruscamente.

-Me quedo si me puedes poner en el televisor el juego de la NBA.

-Déjeme preguntar señor. ¿NBA?

Baloncesto, quise aclararle, pero ya se había ausentado para dirigirse hacia donde estaba un par de sus compañeros.

***

Era viernes en la noche. Hacía una hora y algo más, en mi apartamento, la luz se había ido -como lo decimos coloquialmente en nuestro español criollo para referirnos a una falla en el suministro de energía eléctrica-. Ya no hacía falta lanzar el dado para intentar adivinar qué noche de la semana se produciría una falla, sino en cuál no. Esa semana, sólo la noche del martes, por alguna inexplicable razón, habíamos disfrutado de normalidad en el servicio. No respetaban ni viernes ni fines de semana. Por más que intentase internalizar cuánto principio se hubiese publicado sobre la Tierra al respecto de la inteligencia emocional con la que debíamos andar por la vida, ¡me tenían harto! De nada valía que me dijese: esto no me quitará mi felicidad; ella está en mí; nada externo debe alterarla; esto no debe tener la fuerza como para sacarme de mis casillas; y así.....casi como un rezo, mientras me arrellanaba en el sofá de la sala a leer en mi tableta libros de Neurociencia. Por cuatro o cincos horas, las que a ellos les dieran las ganas, gastando la poca visión que debía quedarme con la pálida luz de una lámpara recargable, leía sobre  cómo funcionaba mi cerebro. Con la esquiva esperanza de que ello me aportase la sabiduría necesaria para ser más tolerante y paciente. Pero aun avanzando hacia al final de todo ese proceso, llamémosle de apaciguamiento, yo casi estaba seguro que, tarde o temprano: ellos, los de Corpoelec -nuestra inefable empresa nacional de servicio eléctrico-, se las ingeniarían para hallar el huequito por donde entrar a romperme a mazazos puros la paciencia. Y esa noche del Thanks God It's Friday lo habían logrado.


-¡Qué va! Hoy, no me la calo.

Mi mujer me vio con esos ojos de infinita paciencia que ya le conocía. Acumulada en la fragua de aprender a soportarme.

-Se van a acabar los playoffs de la NBA, y esos carajos no le dejan a uno ni ver un jueguito. ¿En tu apartamento no habrá luz?

-Déjame ver en el chat del edificio –se refería al chat en el  grupo whatsapp integrado por los vecinos de su edificio-.

Pasaban los minutos y mi molestia iba in crescendo. ¿Por un vulgar juego de baloncesto? Me podía imaginar la cara de asombro de un cabeza de chola de esos, oficialista, haciéndome la pregunta. Siiiií. ¿Y qué? Me la suda que me llames chupamedias de los gringos. Ese es mi deporte preferido que se juega al máximo nivel en el mundo en mi liga preferida. Forma parte de mi espacio de libertad que no voy a dejar que me lo invadas, carajo. Mi cerebro recalentado por la arrechera, como en sueños, produciendo escenas ficticias.

-¿Y qué? ¿Nada? En el chat de nuestra torre, inmediatamente se va la luz alguien lo informa. Y al regresar, también. Vamos a cambiarnos,  a algún sitio nos escapamos.

            Quince minutos después, máximo veinte, bajaba por una de las avenidas de Prebo en dirección hacia El Añil, sorprendido de la total oscuridad en la que estaba sumergida la ciudad. ¡Soledad también total! Comencé a dudar si habría sido buena idea salir de casa. ¿Será que nos devolvemos? Pregunté llegando ya a la intersección con la Andrés Eloy Blanco cuyo semáforo ni siquiera  se veía. No recuerdo si llegué a recibir una respuesta. Obstinado, doblé hacia la izquierda para continuar mi ruta. Decidí bajar hacia la avenida Bolívar. Si tenía que recorrer Valencia sumida en ese manto de tinieblas, mejor hacerlo por la vía con mayor probabilidad de ser la más traficada. ¡También estaba muy sola! Nos dimos cuenta que el apagón era muy grande. Continuábamos avanzando y el panorama no cambiaba, excepto por unos locales iluminados que sobresalían en medio de la oscuridad. Parecían chocitas encendidas en un pesebre navideño con luces apagadas. Los Molinos; Villa Madrid; Los Toneles; Casa Valencia; restaurantes que por las noches, sobre todo los viernes, se convertían en lugares de juerga.

-¡Qué te parece: locales de fiesta convertidos en bastiones de resistencia. El imparable deterioro no traspasa sus puertas!

-A lo mejor entramos allí y nos encontramos a una banda de parranderos transformado en todo un movimiento anti Régimen. Se autodenominan: los Rebeldes de la Noche. ¿Qué tal?

Comienzo a cantar a los strangers in the night de Sinatra, con el nuevo título: “Rebels in the Night”.  Y así atravesamos la Redoma de Guaparo, carcajeándonos de la gracia Luego, el cuartel de la Brigada Blindada también sin luz. Ni siquiera los militares se salvaban del apagón. Lo cual, nos pareció muy extraño porque el circuito que les alimenta tiene máxima prioridad. Comenzamos a preguntarnos en serio cuál sería la verdadera naturaleza del apagón porque, por su extensión, no parecía responder a una situación de administración local de cargas. Cuando llegamos a Valle Encantado: ¡Milagro! Seis de las ocho torres tenían energía eléctrica. Entre ellas la que supuse me había salvado la noche. Vería a la maravilla griega Giannis Antetokounmpo, candidato a ser jugador más valioso de la temporada, versus Kawhi Leonard. Me instalé como un rey a ver el partido. Hasta lancé un anzuelo a ver si pescaba: ¿Por qué no abres una de esas dieciocho años que tienes reservadas para celebrar cuando se vayan los carajos?  Mi alegría fue de tísico. Ni siquiera tuve oportunidad de saber si accedería a picar mi anzuelo. Repentina, abruptamente: en plena antesala con los comentaristas argentinos de DIRECT TV, la luz volvió a brillar por su ausencia. Como un relámpago a la inversa. Luego, el trueno: una carcajada venida del más allá. Les juro que la escuché.   Y una vez más: no me la calo, dije. Nos vamos de acá también. Bajamos las muy oscuras escaleras de escape con la insuficiente luz linterna de mi celular -su torre no tiene planta-. Menos mal que eran sólo cuatro pisos. Nos lanzamos de nuevo a la aventura de una tenebrosa noche en Ciudad Drácula. Tomé la ruta del Jardín Botánico y estuvimos, a punto,  de desviarnos para ir al hotel isla de los enchufados. Allí habría energía eléctrica, con toda seguridad, a sus plantas nunca les faltaba el gasoil que tan difícil era de conseguir para los condominios de los escuálidos. Pero no. Era otro nivel de gasto –apenas me había metido un billetico de veinte dólares en el bolsillo para afrontar alguna eventualidad- y otro tipo de gente.  Y fue así como esa noche terminamos recalando en Los Toneles, uno de los focos iluminados de resistencia que nos había llamado la atención en nuestro recorrido por una oscura y entristecida avenida Bolívar.

***

-¿Por qué tendrán que tardar tanto para cambiar el canal de un simple televisor?
-Está cerca de la Caja, como en una deliberación con otros dos mesoneros.

Me pareció que desde donde estaba había escuchado que comentábamos su tardanza. Se arrancó inmediatamente hacia nosotros. ¿Ya se decidió patrón? ¿Qué les sirvo? –me interrogó en tono amistoso-. Creo que fui particularmente cortante.

-Pero van a cambiar el canal para ponerme el básquet: ¿Sí o no? Es que te soy sincero hermano: si no me lo puedes poner yo lo entiendo. Tranquilo, no pasa nada. Pero, yo me voy. A ver si consigo otro sitio donde pueda ver el juego. ¿Sabes lo que pasa? Que he decidido esta noche que no me la calo. Que no voy a dejar, pasivamente, que los de este régimen de mierda se salgan con la suya por enésima vez. Decidí que no me iba a quedar en la oscuridad de mi sala un viernes, rumiando la amargura de no poder ver algo en la televisión para distraerme. Pudo haber sido una peli. Pero me empeciné en el jueguito y qué le voy a hacer.

Mi interlocutor cambió su expresión en el rostro. No sé si sería extremo decir que le había mutado hacia el temor. No tanto, pero algo intermedio sí. Comenzó a darme explicaciones.

-Sí lo vamos a hacer. Es que de los tres decodificadores se han dañado dos, por eso las tres pantallas ya no están independientes –pensé: cuándo no es pascua en diciembre-. Para ponerle el canal que usted desea, debemos hacerlo en el televisor que está allá.

Y apuntó hacia la primera mesa que había visto al entrar, la que ocupaba una familia corta: los dos padres y una hija. Estaban de espaldas a nosotros.

-Comprenderá que debemos preguntarle a ellos. No creemos que estén viendo el béisbol, pero por cortesía.
-Vale, vale. Entiendo.

Transcurrieron todavía unos minutos más. Muy lentos el par del compañeros para conseguir el canal -se notaba que el basket no era su fuerte-, hasta que, por fin, la imagen del griego apareció en la pantalla que tenía al frente. Todo parecía indicar que mi empecinamiento rendiría el fruto de satisfacer mi capricho. El partido iba en el segundo cuarto con una diferencia bastante grande a favor de los Milwaukee Bucks.

-Me da un whiskito y a la dama una solera verde. ¿Está bien fría?
-Sí señor, está como las que sirven los dominicanos. Y a usted: ¿Un etiqueta?
-Nooooo amigo, esos eran otros tiempos. Ahora estamos en los de la pobritud. ¿Cuál ocho años tienes?

Al final me decanté por un Black and White, en honor a mi amigo Bogdan. No había tanta gente como en los buenos tiempos. Un viernes en la noche otrora, aquello habría estado a rebosar de gente. El partido muy abierto. Había perdido interés para mí. Por lo que estaba más receptivo a lo que ocurría en el entorno.

-Esa canción es de Yordano pero la voz no es de él.
-Creo que hay música en vivo. ¿O karaoke? Es otra voz la que la canta.
-¿Tú crees música en vivo? Las cosas no están como para que sea rentable contratar a un cantante en vivo, por muy barato que cobre. No creo que arriba haya muchas parejitas.

Me refería al piso de arriba de donde bajaba la música. Ya en el mismo hall de entrada de Los Toneles se presentaba una escalera para subir a quienes no querían comer, ni ver un partido en la barra, sino pasar directamente a la fase pachangosa. Sobre todo los viernes en la noche era muy concurrido: parejitas, maridos escapados con sus…

-¿Por qué no subes para averiguar? A lo mejor, te sorprendes. ¿No estarás recordando tus tiempos aquellos donde vendrías aquí con algunas de las corderitos que ansiaban ser degolladas por ti?

Le sonreí socarronamente. Me pareció escuchar de mi homúnculo la sugerencia  de no incorporarme a ese intercambio verbal. Sólo le dije: ya viene el medio tiempo. Una manera ambigua de solicitar diferimiento para analizar qué se me ocurría como respuesta. Continué viendo el partido o más bien: haciendo que lo veía, porque la verdad era que mi red neuronal de modo de operación por defecto me invitaba continuamente a ausentarme del lugar.   Te quiero tanto que me encelo hasta de lo que pudo ser, la letra de una canción viajante desde un muy distante pasado para acrecentar su nostalgia por los viejos tiempos.  No me platiques más, escuché a Luis Miguel cantarlo en la lejanía como si fuese mi mujer que allí, a mi lado, se había puesto en Modo Celos, y que luego de provocarme, prefería susurrar no le platicara más sobre mi pasado.  Quizás el lugar,  mantenido todavía para producir reverberaciones de aquella vida que nos fue tan nuestra y que ahora parecía mentira que la pudiésemos haber vivido, y mis ausencias de las que ella tenía un sofisticado radar para detectarlas, habrían sido los causales de su ácido comentario. Pero la verdad era que mis ausencias no se estaban gestando por el recuerdo de algún tipo de ovejita, era más bien la sensación que me embargaba desde el mismo momento de entrar a Los Toneles de estar viviendo una especie de Deja Vú.  El lugar tenía toda la potencialidad de transportarte en un viaje hacia otra era donde se recreaba el pasado tal cual lo disfrutábamos. Sí, como los parques de Disney que te transportan hacia el futuro, o los de Mérida, más módicamente, hacia la Venezuela de antier. Tenía todos los ingredientes: la música; la iluminación; los amables mesoneros; la decoración; hasta el olor a comida española, todo era igual, como si se hubiese quedado estático en el tiempo. Pero algo se había roto en su transcurrir, como si un cuchillo de preocupación y tristeza hubiese desgarrado el ambiente. El problema residía en quienes asistíamos al lugar. La festiva confianza en el futuro de los asiduos de aquellos tiempos ya no era recreable ni por la mejor gerencia. El reflejo de lo que nos ocurría afuera como sociedad era imborrable. Eran estos mis pensamientos: un nostálgico viaje temporal arrullado por viejas melodías de La Billo y Olga Tañón que, quizás, me había sustraído un lapso más largo de lo debido de la necesidad de estar presente allí y en el momento. Ya se me ocurriría algo para escaparme del envite. Sin embargo, concluyó el segundo cuarto de un juego excesivamente desabrido, arrancaron las propagandas del intermedio y no me fue necesario decir nada. Mi mujer siempre había sido de muy fácil entender en tales menesteres. Cambió de tema:

-No sé por qué tienes que ser tan cortante a veces. Tenías al pobre asustado con tu presión para que le cambiaras el canal. Además, nadie te entiende esa expresión que tanto te encanta: ¡por enésima vez!

-No puedo negar mi genética matemática. Por enésima vez: ¡los carajos nos iban a joder otro viernes! Me siento bien con que hayamos venido aquí. Hemos ejecutado un acto de rebeldía; un tonto acto de rebeldía; ¡un baladí acto de rebeldía! Pero igual te sientes muy bien cuando puedes demostrarte a ti mismo que ellos no pueden reducirte a conformarte con su programación del deterioro.

-Porque tienes platica. Mucha otra gente no puede. ¿Te has puesto a pensar cuánto te va a costar este acto de rebeldía que tú llamas?

-Me traje veinte dólares y van a ser suficientes. En este país, dolarizado a los coñazos, cada whisky ocho años me está costando lo mismo que en algún lugar barato de casi cualquier parte del mundo. No llegan a los cinco dólares. Me tomo dos. Y las soleritas, y la tortilla española que estaba bien rica –habíamos pedido una y nos la habíamos engullido quedando con ganas de más-, te aseguro que estamos cerca. Y si nos pasamos, no será por una cantidad que no pueda cubrir la única y casi inservible tarjeta de crédito que cargo en la cartera.

-Está bien. Te dio la gana de darte un gusto y te lo diste. Pero veinte dólares deben ser más que la cuarta parte de tu sueldo mensual, cuidado si no es más que la tercera parte. Te das el gusto porque tienes ahorritos en dólares. Pero cuántos de tus amigos, profesores universitarios jubilados, no les alcanza ni para comer.

-!Touché! Acepto tu argumento. Si me pones a pensar en los ucistas, o peor: en los que viven en cualquiera de los miles de barrios de Valencia y no se han podido, a esta hora, llevar un bocado de comida al estómago, por supuesto que vas a lograr aguarme esa sensación de bienestar que tenía por mi acto de rebeldía. De hecho, la estás aguando. El problema es que cuando extrapolas a la inmensa tragedia colectiva en la que estamos sumidos: ¿Cuál podría calificarse de auténtico acto de rebeldía?

Se produjo un silencio. En la pantalla repasaban los mejores momentos de la aguada primera parte. Kawhi Leonard estaba siendo, feamente, deslucido por Antetokounmpo. A la postre, los Bucks ganarían ese juego por una abrumadora ventaja. Todo el mundo pronosticaría que la serie se la llevaban en cuatro partidos. Los Raptors ganaron los siguientes cuatro y la serie. Y luego batieron a los del Oeste para alcanzar el campeonato de la NBA. ¡Esa era mi liga!

-Qué tal ponerme un chaleco lleno de explosivos, sí, así como lo hacen los jóvenes palestinos. Máxime en el caso de un viejo como yo, que ya tiene poco que perder. Y haberme ido al evento que organizó el joker payaso ese que tenemos como gobernador para cagarse en el alma de los cientos de miles de carabobeños que apenas sobreviven. Ese, en Puerto Cabello, a la orilla de la playa, en el que contrató no sé cuántos disc jockeys internacionales y se gastó una millonada en fuegos artificiales. Irme pallá e irme colando, poquito a poquito, y cuando lo tuviera cerca: Buuuuuumm, volarme yo, pero llevándome empalado al infierno al maldito emperador del Novísimo Estado Vampiro de la Quinta República.

-Baja la voz, que te pueden oír. Mira con discreción hacia tu derecha.

Giré lentamente mi rostro y vi a un tipo que aparentaba estar embelesado en su celular. Creo que es el cantante, me dijo ella con voz muy queda.

-En otros tiempos, se habría traído una novia para que le acompañara y le estaría invitando una copa. Pero, claro, eran otros tiempos, ahora todos somos pobres de solemnidad. ¿Qué te pareció mi auténtico acto de rebeldía? Una cosa como esa es lo que debió haber ocurrido en este país, ¡hace tiempo! Hemos sido demasiado pacíficos a la luz del inmenso daño que nos han hecho.

-¡Loco!

-¿Loco? Si lo piensas detenidamente, como vos insinuás que un acto de rebeldía, para realmente hacerse merecedor de tal calificativo y poder cacarearlo aquí, tendría que ser una acción vengadora de todos los que sufren de verdad. ¿Qué tal una voladura de ese calibre en una noche tan linda como aquella? Aunque recluido en La Tumba, o lanzado por un noveno piso, me convertiría en un ídolo de las redes sociales. Como el Sr Bombita de Ricardo Darín en “Relatos Salvajes”. ¿Lo recordás nena?

-Al final, no existe viernes que no terminemos hablando del inevitable tema país.

-Tú lo has traído a colación. Yo estaba muy orgulloso de mi pequeño y muy personal acto de rebeldía y tú, desde la perspectiva colectiva, me lo empequeñeciste. Pero, ¿sabes una cosa? Pensándolo bien, voy a continuar sintiéndome de pinga por lo que hemos hecho. No fue planificado. Surgió desde nuestra circunstancia muy específica. Reaccionamos y desplegamos una respuesta a tono con nuestra potencialidad en ese momento. No nos conformamos y salimos airosos. Bueno, hasta ahora. A lo mejor ahora salimos del local y nos matan. Pero, no sé si logro explicarme: si todos comenzáramos a desplegar nuestros propios actos de rebeldía, quién sabe, los vectores de fuerza comenzarían a alinearse y entonces, algún día, buuuuuumm. Lo que es imperdonable es esta maldita sumisión. Si continuamos bajando la cabeza, habrá que emigrar.

¡Hay que hablar! Es muy importante conversar. Lo más que podamos. Sólo así podemos saber lo que llevamos dentro, que en realidad en muchos casos todavía no lo llevamos porque ello no ha sido articulado en palabras. Me explico: el conversar nos lleva al punto de tener que hilar razonamientos y poner en palabras un determinado planteamiento, que ni nosotros mismos conocíamos hasta ese momento de su existencia. Y no lo podíamos conocer, simplemente porque no existía, no nos lo habíamos escuchado. Ni a través de las ondas sonoras emitidas en nuestras conversaciones ni en el silencio de nuestros pensamientos. Claro, que en muchas otras ocasiones, lo que hacemos es replicar vocalmente lo que ya hemos pensado. Pero en muchas otras, hablando hacemos mágicos descubrimientos. Como si estuviésemos minando en nuestro cerebro. Pero, debe ser entonces que algo sí llevamos dentro, me replicarán ustedes. Llevamos la consecuencia emocional de eso que todavía no conocemos. Alegría, orgullo, tristeza, dolor, resignación, pérdida de fe, qué sé yo. Sentimientos de cuya causa todavía no tenemos plena consciencia pero que ya propugnan por emerger como la lava de un volcán.

Esa noche, después de la imaginativa voladura del aspirante a Sr Bombita, el diálogo comenzó a fluir con mayor intensidad, hasta alcanzar una inusual erupción de una exploración interior que se producía en el momento menos pensado. También, por el contexto,  el menos adecuado. El juego fue quedando en un muy distante segundo plano, hasta casi convertirse en desapercibido ruido ambiental. Era yo quien más hablaba.  Incluso, pensé en pedir el tercer whiskito, pero los dólares en la cartera representaban una limitación muy concreta. Volvía a hablarle de mi viaje a Maracaibo en Semana Santa para visitar a mi familia, pero ya no de los detalles descriptivos que le había comentado a mi regreso - no había podido acompañarme-.

-Creo que ese viaje ha tenido un efecto sobre mi persona que todavía no alcanzo a calibrar en su real dimensión. Lo que yo te pueda haber dicho sobre las penurias por las que allá están pasando no es suficiente para transmitirte lo que he sentido. En vez de diluirse su efecto, es como si fuese un ácido que se hubiese quedado en mi interior para corroerme toda mi confianza. Ver a la segunda capital del país, la capital de los maracuchos, los tipos más vergatarios y arrechos de toda la bolita del mundo. Y que conste, quizás porque yo me vine muy joven, que siempre he creído que lo eran. Verla convertirse en una ciudad zombie, calles desiertas, vehículos sólo en las estaciones de servicio esperando pacientemente que llegue la gasolina, basura tirada en la calle, niños sin clase, LUZ destruida al igual que nuestra UC, un gobernador que decomisa plantas a entes privados como comer cotufas, y que allá se lo estén calando sin que se produzca una irrupción de arrechera maracucha como la que uno anticiparía. Esto me ha dado mucho que pensar.

-¿Cuál es tu conclusión?

-Que eso va a pasar aquí también y sabes qué: tampoco va a pasar nada. Eso viene como una ola, desde la periferia hacia el centro, pero los de aquí preferimos voltear la cara hacia otro lado pensando que acá no va a llegar. Finalmente, cuando llegue nos la calaremos. Y cuando llegue a la burbuja caraqueña, igual. Se salieron con la suya. ¿No lo ves? Lograron minar la confianza en ese gran poder ciudadano que teníamos, que todavía tenemos, y nos hemos hundido en un pantano donde las arenas movedizas son el divisionismo y la anemia de nuestra voluntad de lucha.

-El otro día leí a un tuitero que tiene muchos seguidores y que, por cierto, le echa mucha vaina a Guaidó,  afirmar que nuestro problema era antropológico. No me gusta que se meta con él,  pero admito que a veces dice algunas cosas que, en mi opinión, trascienden a la banalidad de la inmensa mayoría de los análisis políticos.

-¿Búfalo?

            Me miró y no emitió palabra. Su memoria es muy mala para los nombres. ¿Cómo interpreto lo de antropológico? -me preguntó-.

-Las raíces de nuestros males tenemos que identificarlos en el desarrollo histórico de nosotros como sociedad; en los valores y cultura que hemos engendrado. ¡Algo hemos hecho muy mal!

            Absortos en nuestra conversación, no habíamos caído en cuenta que ya éramos los últimos  clientes en la tasca.

-Quizás ahora salgamos por esa puerta y el Gobierno haya caído, pero: ¿sabes una cosa? Nuestra amiga América, tenía razón. Y yo siempre pensé que no la tenía, ahora admito que me he equivocado. Aquí no ha pasado nada para lo que tendría que haber pasado ya.  Y puede ser, que transcurran muchos años para que algo pase.

Articulé en palabras algo de lo que no tenía consciencia hasta esa noche: Había perdido la fe en nosotros mismos. La visita a Maracaibo habíase constituido en un hito esclarecedor. Ella trató de matizar esa confesión que consideró extrema.  Siempre ha querido creer. Le dije que era una comeflor, en la agonía de una conversación precipitada hacia el desencanto. Se molestó. Sé que bastante más de lo que dejó aflorar. ¿De cuál futuro podíamos hablar? ¿De cuál futuro se habla en una familia en la que para los hijos ha sido mejor irse y para los padres quedarse temiendo el duro desafío para el cual ya se ven sin condiciones? El desencanto de lo incierto es el más perverso ácido de la crisis. Va penetrando hasta el tuétano de cualquier organización humana, desde las más complejas como una universidad hasta una simple pareja. Corroyendo todo el armazón óseo que la ha estructurado al cabo de años; sembrando dudas; creando conflictos de interés donde antes no los había. Lo que era sólido y firme, se hace endeble. Sentimos que todo se nos viene encima. Llegó un momento en que la conversación me produjo miedo de continuarla. Justo en el cual, nuestro fiel amigo de esa noche se nos acercó con la cuenta.

-Usted sabe patrón, por razones de inseguridad no podemos quedarnos hasta tan tarde como antes.

-Claro que lo entiendo amigo. Yo tampoco tengo tantos reales para consumir como antes.

Pagué en caja. Los veinte dólares sirvieron para consumar el baladí acto de rebeldía que me había propuesto. Salimos afuera. Traspasada la medianoche, en Valencia del Rey: ¡todavía imperaba la Oscuridad!