viernes, 17 de febrero de 2017

El primero de una trilogia universitaria: Los destructores y la Universidad


¿Están destruyendo a la Universidad?

Asdrúbal Romero M. (@asdromero)


Discutíamos sobre los pros y los contras de la apelación genérica “Los Destructores”, como un significante lo suficientemente eficaz para invocar, en este país y en estos tiempos, a la mente de la mayoría de sus ciudadanos la terrible realidad de la destrucción que el Régimen viene llevando a cabo, cuando a uno de los participantes se le ocurrió exteriorizar su pregunta: ¿Están destruyendo a la Universidad? Una interrogante que tiene mucho sentido planteársela y cuya espontánea emergencia sonó muy natural que ocurriera, habida cuenta que todos los allí presentes éramos profesores universitarios (específicamente: ucistas).

La primera aproximación a una respuesta surgió de inmediato, con una lógica contundente: si estamos de acuerdo en que el país está siendo destruido y la Universidad es una institución contenida en él –nos estamos refiriendo a la universidad venezolana-, a ella se le hace imposible sustraerse a tal destrucción. Máxime cuando uno de los ejes fundamentales de la destrucción es el casi súbito empobrecimiento radical del país, de todas sus instituciones y de la inmensa mayoría de sus ciudadanos. A fin de justificar lo de ¨súbito¨, nos apoyamos en las cifras aportadas por nuestro prolífico investigador en temas económicos, Dr. Francisco Contreras,  en su trabajo “La historia numérica de la inflación en Venezuela (1831-2017)”. La inflación acumulada en el más reciente trienio, 2013/2016, bajo la Presidencia de Nicolás Maduro, es del 2440%. ¡El estimado conservador para los dieciocho años de la V República es un 533992%! Las cifras son tan inasiblemente altas que casi pierden el significado de su real impacto sobre el quehacer humano por estas tierras. Ninguna institución, por muy fuerte que estuviera, podía haber resistido el tan vertiginoso embate sobre su capacidad para poder gestionar el cumplimiento de los fines para los cuales fue creada.

Adicionalmente, dentro del cuadro de instituciones: la Universidad es aún más vulnerable porque depende casi exclusivamente de los ingresos financieros que le aporta el Estado. En el caso de otras instituciones, por ejemplo: las alcaldías, la posibilidad de acceder a otros ingresos, vía tributación, puede haberles permitido compensar, al menos parcialmente, el tsunami inflacionario. De hecho, fue lo que intentó hacer el Alcalde del Municipio Valencia al lograr la aprobación de un incremento de los impuestos municipales que se percibió como demasiado elevado. Desviándome por unas líneas del tema principal: lo malo fue que el Alcalde, el Sr. Cocciola, gestionó tal incremento mediante un procedimiento muy poco transparente. En lugar de fajarse a explicarles a los pobladores de su municipio las razones que tenía para hacerlo, optó por recurrir a una puerta trasera. Le hubiese bastado con dolarizar el presupuesto del municipio y compararlo con el de muchas otras ciudades en el mundo de dimensiones comparables, para evidenciar el empobrecimiento radical de la dependencia a su cargo y de cómo este incidiría, progresivamente, en un significativo deterioro de la calidad de vida de los valencianos. En mi opinión, le faltó valentía para democratizar su intención y ya sabemos lo que ocurrió: se le atravesó un político regional, autoridad universitaria además, quien teniendo total razón sobre la opacidad inaceptable del procedimiento, logró detener a nivel de los tribunales la iniciativa del Alcalde. Esta, moderándola un tanto y haciéndola progresiva en el tiempo como resultado de una sana discusión democrática, se habría convertido en una pertinente y razonable medida de protección municipal frente al embate inflacionario. En una clarinada de realidad, añadiría yo, sobre todo dirigida a los que arduamente responsabilizan del deterioro a los gestores locales, sin tomar conciencia de la existencia de la fuerza mayor que lo está causando. Al final de este breve relato, le queda a uno la sensación de la prevalencia de ese ubicuo tufillo populista negador de la realidad al que tanto nos hemos hecho adictos los venezolanos.

Quizás nos desviamos del tema  relatando, muy a grosso modo, los intríngulis de un frustrado intento municipal de resarcir en algo la apabullante pérdida de la capacidad de hacer gestión. Quizás no, porque estableciendo un paralelismo con lo que ocurre en las instituciones universitarias, cuya vulnerabilidad ante el ya resaltado tsunami es aún mayor, también a las autoridades universitarias  pareciera hacerles falta una inyección de valentía que les impulsara a activar una auténtica discusión reflexiva al interior de sus organismos institucionales, en aras de, primero, democratizar una descarnada toma de conciencia sobre cómo ha sido destruida la posibilidad de continuar funcionando con un nivel mínimo de calidad académica y segundo, lo más importante, estructurar un plan que les permita afrontar, aunque sea de manera parcialmente compensatoria, una realidad corrosiva que ya no puede seguir siendo tratada como si no existiera.

Las autoridades siguen empeñadas en caracterizar la dantesca situación actual dentro del marco mental harto conocido del “Déficit Presupuestario”, sí, el mismo que se ha utilizado por más de cuarenta años, en la Cuarta y en la Quinta, y que sirve muy poco para diferenciar las rutinarias carencias del pasado con esta pavorosa cotidianidad actual cuyo gran tema omnipresente es la “Inviabilidad”. A los ministros de educación superior -los pluralizo porque a cada rato los cambian-, les es muy cómodo batirse en el imaginario cuadrilátero montado a través del prevalente “framing” alusivo al manido déficit presupuestario. Les basta para responder: un cuadro contentivo de los “fabulosos” incrementos interanuales que describen el crecimiento del gasto por institución en estos últimos años.

Nadie podría negar que el gasto universitario ha venido creciendo a tasas verdaderamente significativas. Seguramente, en forma muy similar a cómo han venido creciendo los sueldos y salarios del sector –en términos generales, más de un 90% de dicho gasto se dedica a pagar la nómina-. Esta similitud nos sirve como anillo al dedo para develar el auténtico problema. Es verdad: nuestros salarios han venido incrementándose con unos porcentajes verdaderamente llamativos, pero siempre por debajo de unos estratoféricos índices inflacionarios, hecho éste que al mantenerse por  varios años ya, ha conducido a una destrucción acumulada de nuestra calidad de vida. Progresivamente, muchos de los renglones de gasto familiar que en el pasado los asumíamos como implícitamente normales se nos han convertido en inviables. La calidad de vida se reduce a alimentación y para muchos ni siquiera a eso. Si la mismísima vida nos la vienen haciendo inviable, extrapolemos desde lo que nos ocurre en nuestra esfera personal y familiar hacia lo que acontece en nuestro entorno institucional: ¡También los aspectos más básicos y fundamentales de la vida universitaria nos los han venido inviabilizando! Las universidades cada vez pueden hacer menos y esta tendencia sólo nos puede conducir a un cierre técnico.

Todas las proyecciones nos indican la inevitabilidad de arribar a un cierre técnico, pero mientras llegamos allá deberíamos reflexionar sobre la calidad de lo que venimos gestionando. Cuando uno tiene la oportunidad de hablar con algunos decanos de facultad, los percibe genuinamente preocupados. Ellos son los que tienen que dar la cara a sus profesores y estudiantes. Uno me cuenta: el otro día llegaron unos profesores a reclamarme porque no podían reproducir sus exámenes. Tuve que decirles que no tenía “toner”, ni dinero conque comprarlo, que no podía satisfacer su demanda. ¿Y cómo resolvieron? –le pregunté asombrado de que las carencias estuviesen llegando a ese nivel ínfimo de funcionamiento-. Que inventaran, que resolvieran ellos, que yo no les podía resolver. ¿Qué habrán inventado tales profesores? A lo mejor publicarlo vía internet. ¡No les extrañe! Estamos hablando de la prueba escrita que debe llevar el profesor al salón de clase, dando por sobreentendido que el papel para el registro de las respuestas ya no se les suministra a los alumnos. Ellos deben llevarlo. Más de uno habrá faltado a alguna evaluación por no contar con el dinero suficiente para adquirirlo. El modelo de educación gratuita va muriendo por inanición. Pero el Gobierno sigue haciendo propaganda a cuenta de él.

Así estamos. El acto de clase se da en condiciones cada vez más deterioradas, cuando se da. Asignaturas de alta tecnología con profesores dictándolas a punta de pizarrón y tiza en aulas pésimamente iluminadas. Los estudiantes pierden horas de clase porque no pueden asistir al tener que abocarse a resolver problemas más álgidos de vida –muchos ya han sincerado su situación y abandonado la Universidad-. Puede ser que sea el profesor quien falte, por el mismo tipo de razones. Los laboratorios se “virtualizan” porque no hay materiales ni equipos en condiciones para hacer las prácticas.  Se pierden clases porque no hay servicio eléctrico, o no hay aguas para los baños porque se robaron la bomba, o unos estudiantes cerraron los portones de la Facultad porque se produjo el enésimo atraco en un salón de clase. El número de horas hábiles por curso y por período académico se reduce. La Universidad como un todo se va convirtiendo en universidad virtual sin haberse preparado para ello: también se “virtualiza”. Ni que hablar de la farsa de los turnos nocturnos. Los semestres siguen concluyéndose con mermados índices de exigencia académica. Los títulos siguen entregándose. A muchos de los estudiantes que continúan adentro, esto parece ser lo único que les importa: “Graduarme de esta “m..” de universidad, que me den el papelito, después resuelvo”. ¿Cuántos de ellos se contarán dentro del 88% de jóvenes que quieren irse del país? –titular del diario “El Nacional” este domingo 12/02- ¡Pobrecita Alma Máter que va agonizando de destrucción y no tiene estudiantes que la defiendan!

Por otra parte, muchas dependencias de naturaleza extra académica paralizadas. Varias por varios meses; algunas incluso por años. Sea porque no tienen recursos con qué funcionar; las condiciones de trabajo son genuinamente intolerables o no lo son tanto, pero sus trabajadores han aprendido a protestar para no trabajar.  Igual, los procesos de nómina no se detienen, quince y último, para todos, se trabaje o no. Esto va creando hábitos de sinvergüenzura. En verdad, la Universidad no sólo se “virtualiza”, se va convirtiendo en una gigantesca maquinaria de pagar sueldos y salarios por cada vez hacer menos. Sólo eso y la entrega periódica de unos títulos académicos que van valiendo menos académica e intelectualmente, parecieran ser las razones límites de existencia de una universidad que se debate en el territorio de lo inviable. ¡Es una visión tan dolorosa!

Recuerdo haberle preguntado a mis interlocutores decanos: ¿Y ustedes no discuten a lo interno esta situación? ¿Y en el Consejo Universitario no hay nadie que se levante y plantee la necesidad de establecer un límite admisible de mediocridad? Se los pregunto, porque si el criterio directivo prevalente es mantener la Universidad con sus puertas abiertas a como dé lugar: ¿hasta qué niveles de mediocridad académica imaginan ustedes que se podría llegar? De sus respuestas y comentarios, pude inferir que sí se venían dando discusiones aunque un tanto incipientes. Mi recomendación fue que había que sacar la discusión de ese círculo tan hermético, democratizarla, bajarla a todos los sectores. Se ha hecho un gran esfuerzo, descomunal, para mantener a la Universidad abierta. Es bueno que se difunda y se conozca a nivel de todos los miembros de la comunidad (algunos lo desconocen o se hacen los locos). Pero, el ácido destructivo de la “Inviabilidad” ya se ha encargado de corroer capacidades esenciales para poder llevar a cabo una normal vida académica.  ¡Ya va siendo hora de sincerar! Y, ojo, sincerar no implica necesariamente cerrar, puede significar tomar medidas de sinceración duélale a quien le duela.

A la “Inviabilidad” hay que retratarla con datos concretos, para demostrar cuál ha sido su gran causa motora: una inflación galopante por un período de tiempo excesivamente continuo. Su efecto acumulado es el gran factor diferenciador entre el pasado del “Déficit Presupuestario” y este doloroso presente de la “Inviabilidad” del modelo del financiamiento actual. Los “Destructores”, como en tantas otras instituciones que han destruido, han acabado con el modelo de universidad gratuita que tanto pregonan defender. Su discurso y la realidad transitan por rutas antípodas. Este es el “framing” dentro del cual se debe debatir con el “Regimen.

 Hay que plantearle la realidad a los universitarios, con honestidad, valentía y entidad democrática, como primer paso para plantearse el qué podemos acometer sin recurrir a atajos populistas (la segunda parte de mi conversación con los imaginarios decanos). De no hacerlo, la Universidad continuará su inexorable camino asintótico a no ser más que una maquina pagadora de nómina y emisora de títulos cuestionados por su bajo nivel académico. Sería muy triste que continuara por ese camino: la “Universidad Embobecida”, como en una selva de cachivaches producto de la destrucción, inhalando ad infinitum  el vaho adormecedor de una gigantesca boa: el cruce genético de la falta de sentido común; el miedo paralizante y ese destilado de tufillo populista del cual tuvimos una muestra a nivel municipal.

Continuará: Ante la Inviabilidad: ¿Qué Hacer?



 

3 comentarios:

  1. Excelente artículo.. Ya es totalmente evidente la Destrucción en la que se encuentra la Universidad, convertida actualmente en un Liceo Grande lamentablemente...

    Ante el planteamiento central del artículo, quedo a la espera de ese Continuará final ¿qué se requiere para hacerla Viable?, ¿Cuales son los pasos que deberían ir dándose en este transitorio que tenemos? establezco el transitorio porque mientras sigamos en Dictadura será imposible hacerla viable por completo, pero me niego a aceptar tener que esperar sentado a que salgan los Destructores del poder para lograr hacer algo..

    Y además como hacerlo con la Destrucción que también existe puertas adentro, pues muchas veces ciertas actuaciones te dejan la duda de si el espejo refleja hacia ambas caras, es decir, somos el reflejo de las malas políticas del Gobierno, o hay unas políticas de Gobierno que son reflejo de la Universidad también..?? Hacia donde ve el espejo..??

    Espero que esa tendencia asintótica sea recuperable mas temprano que tarde, para que me permita ver algo parecido a esa Universidad que me cuentan que un día fue y ya no es, e incluso poder participar en la reconstrucción de la misma en lo que me sea posible..

    Prof. José Nieto.

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  2. Estimado Asdrúbal, lo que describes de la Universidad es exactamente igual en la industria privada debido a que sus costos se elevan en función del incremento de las materias primas, consumos, servicios y la nómina; y si bien es cierto que tales incrementos se trasladan a los precios, los mismos tienen un límite que lo fija la necesidad de lo significa el bien producido para el público: si produces artículos de primera necesidad la gente hará lo buscará adquirir pero si produces algo que no es imprescindible, entonces vas camino a un cierre de la empresa.

    Termino con una pregunta: ¿Acaso las universidades privadas no están transitando el mismo calvario de las públicas?


    Saludos,

    José

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    1. Gracias por sus comentarios. En el caso de lo expresado por José Barrios, no me extraña lo que me señalas con respecto a la industria privada. Ciertamente, la destrucción es total. Las universidades privadas también están transitando por severas dificultades, la crisis las agarró pagando sueldos de miseria a docentes y ahora ya no pueden salir de esa trampa. Excesiva rotación de profesores, bajo nivel, etc..Lamentablemente, a nivel universitario no se consolidó ningún reducto de calidad académica, como si ocurrió en la secundario donde perviven algunos colegios muy costosos pero que todavía dan buen educación. Exceptúo de estos comentarios a la UCAB porque su realidad la desconozco.

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