domingo, 7 de febrero de 2016

La tercera parte de la serie: ¨La Universidad en su Laberinto¨

La Universidad en su laberinto

III-La camisa de fuerza electoral y otros


Asdrúbal Romero M. (@asdromero)

Antes de continuar nuestras reflexiones sobre el laberinto e intentando aportar alguna realimentación a comentarios recibidos respecto a las dos primeras entregas –sobre todo la segunda-, he considerado oportuno hacer una aclaratoria de índole genérica sobre el estilo y la intención de estos escritos. No ha sido mi pretensión presentar una visión exhaustiva de los distintos aspectos que pudiesen conformar una agenda de transformación de la universidad venezolana. Si esa hubiese sido mi visión al inicio, muy posiblemente, lo amplio y complejo de tal desafío habría operado como un temible factor disuasorio de escribir con relación al tema –suele ocurrir en el intento de abordar temáticas de profundo calado-. Me he atrevido a escribir desde mis experiencias como vicerrector administrativo y rector en la década de los noventa, las cuales pudieran apreciarse como un tanto anticuadas y desintonizadas de los nuevos tiempos, de no haber ocurrido que, precisamente, el tiempo para avanzar pareciera haberse detenido para la universidad venezolana en este, ya muy prolongado, tránsito de retroceso revolucionario.

Trato de mezclar experiencias con propuestas que no han perdido vigencia, enmarcadas dentro de un estilo heterodoxo que no se sujeta a la formalidad más rígida del ensayo. Escribo pensando en un futuro, que se ubica con posterioridad al desenlace de esta pesadilla. Como lo he expresado en cuanto foro me han invitado: no habrá avance, ni desarrollo, ni transformación en positivo de la Universidad hasta que no salgamos de este régimen que le ha confeccionado a nuestras instituciones la camisa de fuerza más opresora de todas. Contribuir a su partida debiera ser la primera tarea en la que ocuparnos los universitarios. Así debió haber sido desde hace ya unos cuantos años, pero quizás sea ahora cuando este mensaje comienza a tener aceptación. Antes, la excesiva carga política que él conllevaba producía temor, como si los universitarios prefiriesen quedarse en su burbuja pretendiendo abstraerse de una realidad exterior que, inevitablemente, les afectaría, tanto en lo personal como en la posibilidad de seguir teniendo institución.  En lo relativo al agravado empobrecimiento salarial, por ejemplo, la mayoría prefería percibirse a sí misma como meros integrantes de un conglomerado laboral al cual el “Papá Estado” debía garantizarle el mantenimiento del nivel de su calidad de vida, con independencia de que allá afuera, unos irresponsables, estuvieran arrasando con la sustentabilidad económica que posibilitara tal garantía. ¡El problema no era laboral, era político! De alguna manera, en ese ejercicio de abstracción de lo político, desestimamos el ser miembros de una institución llamada a cumplir un rol orientador hacia el país.  Que no se nos olvide esta falta: en esta hora tan menguada del país la Universidad también le ha fallado.

En este andar, un tanto libre y sin mayor planificación, combinando memorias con planteamientos, pensados e incluso, algunos, puestos en blanco y negro con mucha antelación al inicio de esta secuencia, apuntamos hacia un futuro que ojalá sea pronto. En el que, reconociéndose la vital importancia de la Universidad de cara al desafío de retomar el desarrollo y el progreso de la nación, quienes ejerzan la representación del Estado se aboquen a sentarse con actores universitarios de reconocida experticia a redibujar esa renovada institución universitaria que necesitará el país. Sólo de esa concertación necesaria, puede emerger el nuevo marco legal y de financiamiento que imprima reimpulso a la universidad venezolana. Ese futuro bonito no lo podemos construir los universitarios por sí solos. Requerimos de la participación activa y convencida del Estado, de sus demandas para el futuro y de su aval.

Por supuesto que en ese andar soñando despierto levitamos sobre la feúra del presente y perseguimos ideas que transciendan al terrenal debate local.  Sin embargo, como tan bien lo manifestó Cortázar: las flechas que se lanzan al escribir, dejan de ser propiedad de quien las escribe. Estas pueden caer en terrenos fértiles a otro tipo de interpretaciones distintas a lo que se ha querido comunicar. Creo que así ha ocurrido, a juzgar  por algunos comentarios provenientes de mi base lectora ucista –la cual cuido por ser significativamente mayoritaria-. Hay quienes han interpretado del material contenido en la entrega anterior: un llamado a desactivar la lucha para que se celebren las elecciones universitarias, hasta esperar los cambios legales que tendrían que producirse en ese soñado futuro. Imagino que sea el calor de ese intenso debate local el que se encarga de activar ciertas redes neuronales, para colocar a estos lectores en un estado de mayor propensión a recibir supuestos mensajes subliminales. ¡Nada más lejos de mis intenciones enviar una señal como esa! Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Yo también quiero: ”Elecciones Ya”. Y, por cierto, este deseo no es una señal subliminal para insinuar una futura aspiración rectoral. Aprovecho esta excelente oportunidad para ratificarlo. Sé que mi reiterada e insistente presencia tratando de hacer opinión universitaria ha generado algunas expectativas en ese sentido. Pero no, ya no me puedo visualizar a mí mismo en ese rol tan enclaustrador –para no incurrir en una malinterpretación recomiendo leer la entrega anterior-. Tampoco creo tener la fuerza para desempeñarlo en estos tiempos por venir en el corto plazo: serán aún más duros que los de ahora. Además, practico lo que predico. Es harto conocida mi prédica de que nosotros, los jubilados, debemos contribuir, aportar todo lo que se nos pida, pero deberíamos abstenernos ya de optar a cargos de máxima responsabilidad rectoral dentro de las instituciones de las que nos hemos retirado.  Me puedo visualizar, pasada la tormenta que viene, sentado al lado de la investigadora Carmen García Guadilla, discutiendo alternativas para mecanismos de financiamiento universitario; ejerciendo, en caso de ser convocado, el rol de facilitador y ensamblador de propuestas en ese necesario espacio de concertación Estado- Universidad que debe darse en ese nuevo país pobre que resurgirá, como ave fénix, del esterero en el que lo van dejando.  Ya se verá si la providencia nos regala esa oportunidad de aportar nuestro granito de arena. Por lo demás, ojalá las elecciones para renovar cuadros a todos los niveles se pudieran comenzar a organizar inmediatamente.

Sin embargo, en estricto apego al valor de la honestidad con el que ejerzo esta nueva profesión mía de opinador, me permito manifestarles mi parecer: la posibilidad de que se convoquen la percibo muy disminuida a estas alturas, cuando ya se respira la cercanía de un desenlace. Desentrabar la camisa de fuerza electoral que nos impuso el Régimen, con la aprobación del apartado tercero del artículo 34 en la Ley Orgánica de Educación que luego, por conveniencia política, se abstuvo de reglamentar, no es un asunto de fácil resolución. Incluyo el texto para facilitar la compresión del nudo gordiano en el que nos encontramos: “Elegir y nombrar sus autoridades con base en la democracia participativa, protagónica y de mandato revocable, para el ejercicio pleno y en igualdad de condiciones de los derechos políticos de los y las integrantes de la comunidad universitaria, profesores y profesoras, estudiantes, personal administrativo, personal obrero y, los egresados y egresadas de acuerdo al Reglamento”.  No siendo aceptable la aplicación del criterio una persona-un voto como lo insinúa el texto subrayado, han surgido dos posiciones que en el tiempo no ha sido posible compatibilizar. La posición principista de seguir aplicando el criterio tradicional de conformación del Claustro, de conformidad a lo preceptuado en la ley vigente, que ha conducido en la práctica a que no se realicen más elecciones. Y la de quienes, en aras de viabilizar la continuidad de la democracia,  han propuesto la búsqueda de una salida negociada con los gremios de empleados y obreros, en la que éstos acepten una limitación a su participación dentro del Claustro mediante la fijación de unos porcentajes de proporcionalidad (la experiencia UNET). Personalmente, era del criterio que entre una ausencia total de democracia y una democracia negociada que no me complacía, optaba por la segunda, pero el tiempo ha transcurrido sin una solución al complicado dilema. Se está barajando en la actualidad la posibilidad de que a través de la nueva AN se destranque el problema.

Tuve la oportunidad de asistir a una reunión con varios diputados de Carabobo en la que, además de cargar a las espaldas de los pobres diputados toda la problemática empobrecedora de las instituciones universitarias, se planteó el tema. Supongo que reuniones similares a ésta deben haberse producido unas cuantas en el país, el problema es que las dos posiciones, la principista y la pragmática, siguen aflorando. Permanece el desacuerdo entre los universitarios: ¿qué podemos esperar entonces que decida una AN con la complicada agenda de todo el país y la persistente amenaza del “choque de trenes” que conduzca a su temporal desconocimiento?   No creo, sinceramente, que los tiempos en el país den la oportunidad para que en la AN se produzca una solución. Pero, si llegase la oportunidad de dar el debate, ahora me inclinaría por una simple derogatoria de ese apartado tercero con el que logró el Régimen paralizar la democracia universitaria. Plantearse la modificación de ese texto para incorporar lo de los porcentajes de participación proporcional, involucra la negociación con unos gremios dominados por unos troyanos oficialistas –los mismos que traicionaron a la Universidad en la discusión de la convención colectiva- que siguiendo lineamientos políticos van a intentar obstruir el logro de una salida salomónica del problema. En definitiva, es un problema de tiempo y éste se ha convertido en el recurso más escaso del que dispone la AN. Opto por esperar. La crisis, ya devenida en tragedia, viene aceleradamente precipitando el curso hacia un gobierno de transición. De ser militar: ni modo; de ser civil, que debe ser el deseo de todos los universitarios, aspiramos a que sea este gobierno el que autorice las elecciones por el método tradicional, con la justificación de facilitar la recuperación del curso democrático en nuestras instituciones. Se abre así un lapso de cuatro años, tiempo que debería ser suficiente para que en los siguientes procesos de escogencia de sus autoridades, cada universidad aplicara el método aprobado intra institucionalmente. Amparándose para ello, en el nuevo marco legal que, como propusimos en la anterior entrega, debería ser menos prescriptivo y dar libertad a las instituciones en la determinación de sus métodos de escogencia.

 Espero, por aquello de las neuronas activadas al calor del debate político local, que este cambio de opinión atendiendo al “timing” de los acontecimientos, no se interprete como una solapada defensa del equipo de autoridades ante la problemática de su decreciente legitimidad. Si bien es cierto que a través del grupo “Pensamiento Universitario” (GPU), se produjo  un acercamiento institucional con la Rectora en el contexto del conflicto gremial a finales del año pasado, con la finalidad de ahondar en una prospectiva sobre  la muy delicada situación de nuestra magna casa de estudios, no se trata de que ahora me haya convertido en “su nuevo mejor amigo”, como sarcásticamente especulan quienes desean obtener provecho político de una situación de debilidad institucional que, en verdad, fue creada por el mismo régimen.

Otra situación electoral muy distinta, y con esto vamos finalizando, es lo que acontece con las elecciones estudiantiles en la Universidad de Carabobo. Ya son inútiles las excusas para no celebrarlas, así se lo hicimos saber a las autoridades y decanos presentes en la reunión con el GPU a la que aludí anteriormente. Al problema se le ha ido dando largas, hasta convertirlo en una fea mancha institucional que no puede ser ocultada con nada. El meta mensaje del presidente “abuelo” de la FCU es severamente dañino para la Institución, porque él se ha constituido en un emblema de esa cultura de ineficacia universitaria en la que un estudiante puede continuar siendo estudiante de por vida sin estudiar, eso sí consumiendo recursos universitarios si se trata de un estudiante común –academia, comedor, transporte, servicios de salud, etc.-, o lo que es peor, si se trata de enchufados dirigentes estudiantiles, dándose lujos que no pueden darse ni siquiera los profesores de mayor escalafón, a cuenta de una corrupta economía paralela que parasita a la Universidad. Esta cultura debe ser desterrada en la renacida universidad para el nuevo país pobre que, visualizo, le demandará sin contemplaciones una mayor eficiencia en el manejo de los recursos públicos asignados.

El otro día vi un twitter de nuestra federación, contentivo de una foto de nuestro flamante presidente, representándonos, en la reunión con los sectores estudiantiles de la comisión designada por la AN para analizar la problemática universitaria y no pude evitar sentir la más profunda vergüenza ajena. Desde que fue electo en el 2007, en la UCV se han elegido cinco presidentes de federación. ¿Hasta cuándo se puede seguir tratando de tapar el sol con un dedo? Son diputados miembros de esa comisión dos ex presidentes de la FCU-UCV ya graduados: Stalin González y Juan Requesens, electos respectivamente en 2005 y 2007, contemporáneos con nuestro abuelo. ¿Qué pueden pensar esos diputados de cómo se manejan los asuntos en nuestra institución? ¿Y el ejemplo que le estamos dando a nuestros estudiantes? No se crea que ellos no conocen al dedillo la situación y cuando hablan nos preguntan: cómo se nos puede pedir que salgamos a defender a la Universidad cuando las autoridades –generalizan- mantienen en el poder a dirigentes estudiantiles de esa calaña. Me pregunto yo: ¿Propiciamos el aprendizaje de conductas cínicas? Cuando escribí: “Sobre la eternidad de los liderazgos gremiales”, tenía planificado un capítulo adicional sobre el gremio estudiantil con la información que he venido recibiendo a lo largo de todos estos años. Era tan horrendo sobre lo que iba a escribir, que opté por no hacerlo –se cansa uno de procesar tanta basura radioactiva-. ¿Hasta cuándo? Soy yo el que pregunta ahora.

En la próxima entrega, quizás la última por ahora, podré entrarle de lleno al tema de la camisa de fuerza más perceptible de todas: la económica- financiera.







4 comentarios:

  1. Apreciado Asdrubal, en el futuro deseado que mencionas a mi consideración debe ampliarse los nexos a la industria privada como un medio de lograr la verdadera autonomía de las universidades y pensando que la industria privada también anda en la búsqueda de un futuro de emprendedores que aporten en la construcción de un país libre de populismo. José Barrios

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  2. A traves del twitter, un grupo de Mérida identificado bajo el alias @AlianzaGeneracional me plantea varias preguntas con respecto a lo que he publicado hasta ahora en la serie “La Universidad en su Laberinto”. Utilizando esta sección de comentarios intentaré, progresivamente, dar respuesta a sus interrogantes. No lo haré en una sola sesión sino en varias y no necesariamente me apegaré al orden en el que me fueron formuladas.
    Pregunta #1- ¿Por qué en la Universidad sigue existiendo sólo Rector,… y Secretario? Debe existir vice de extensión.
    Mi respuesta- A menos que la universidad sea experimental, la estructura de gobierno está prescrita sin ambigüedades en la Ley de Universidades. Precisamente por la misma inquietud que ustedes plantean, abogo porque en una agenda de transformación se estructure una ley menos prescriptiva, que dé libertad a las instituciones en cuanto a decidir cuál es la estructura de gobierno que mejor se adapta a sus características. Así, por ejemplo, si en una universidad la misión de extensión está muy desarrollada, podría perfectamente normarse la existencia de un Vicerrectorado de Extensión. La pregunta #2 es muy parecida. Si dentro de las fortalezas de una universidad está la investigación, o si no lo es: la Institución se plantea a futuro asumir un perfil más orientado hacia la producción de conocimientos, perfectamente podría, en ejercicio de su autonomía y amparado en un marco legal como el que proponemos, convertir el Vicerrectorado Académico en dos, uno que atienda la docencia de pre y postgrado y el otro volcado hacia impulsar la actividad de investigación. La idea es que cada institución asuma con responsabilidad el perfil cómo va a desarrollar su misión y en función de esa visión pueda diferenciarse organizativamente de las otras instituciones del sector para ser más eficaz. Se incentivaría de esa manera la sana competencia entre las universidades bajo un criterio de heterologación institucional, que luego tendría su contraparte en mecanismos de financiamiento con indicadores de productividad.
    Pregunta #5- Si la Universidad es la academia, cree ud. que las autoridades rectorales deben ser Doctores y Profesores Titulares sin excepción.
    Sí, sin excepción. Además recuerden que planteo la posibilidad de utilizar mecanismos distintos a la simple elección para la escogencia de las autoridades. Mecanismos en los que se incorporen criterios de meritocracia académica, entonces con mayor razón: las exigencias académicas para poder optar a dichos cargos debieran ser las más altas posibles que se permita la Institución. ¿Por qué no investigan el método que propuso y aplicó una vez la Universidad Simón Bólivar? Es muy interesante. Además así ustedes hacen tarea también.

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  3. Amigos de @AlianzaGeneracional continúo con varias de las interrogantes planteadas via twitter:
    Pregunta #4- EL voto de los empleados y obreros deber igual al de los profesores o equivaler al 50 o 25% del voto profesoral.
    Ya me manifesté a favor de un mecanismo de selección de autoridades que incorpore criterios de meritocracia académica, pero esto es un planteamiento que se puede proponer pero no imponer. Mi posición es que cada institución dé la discusión y decida si sigue por un método basado en lo puramente electoral y, tomada esa vía, decida qué tipo de participación pueden tener los empleados y obreros, o si opta por otro mecanismo en el que se privilegie la Academia.
    Pregunta #6- Las autoridades rectorales deben ser sólo profesores activos.
    Sí. De igual forma con relación a los Decanos, deben ser activos y Doctores, de manera tal que respondo la Pregunta #9
    Pregunta #7- Debe descentralizarse el poder del Rector en cuanto al ingreso del personal administrativo y obrero.
    El Director de Recursos Humanos debería ser un cargo administrativo permanente, elegido por concurso y sujeto a evaluaciones periódicas por parte de otro organismo de gobierno encargado de realizar cabalmente funciones de contraloría. Este director debería actuar apegado a unas normas que especifiquen los requisitos a ser aplicados para cada cargo del RAC y los procedimientos. La Universidad, como el país, debe reinstitucionalizarse. Ni siquiera el Rector puede estar ingresando personal por vías que no sean las que prescriben las normas. En general, el poder del Rector debe desconcentrarse, para lo cual hay que plantear un rediseño de los organismos de cogobierno para garantizar un verdadero equilibrio de poder. A este respecto, reconozco no tener una propuesta todavía de cómo podría ser esa estructura. Sí me parece bien que en el órgano en el cual los diferentes sectores de las comunidades deben tener representación, haya representantes de los profesores jubilados, empleados y obreros, con lo que respondo otra de sus interrogantes en el sentido de si los representantes profesorales al CU pudieran ser jubilados. Deberían tener al menos un representante.

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