sábado, 16 de enero de 2016

Primera parte de la serie: "La Universidad en su Laberinto"

La Universidad en su laberinto

I-En la transición de la cuarta a la quinta


Asdrúbal Romero M. (@asdromero)

En este estado de quiebra generalizada en el que han sumido al país, en el sector universitario, finalmente, parece surgir  un consenso colectivo en cuanto a reconocer el agotamiento del modelo por el que nos hemos regido por más de cinco décadas. Tuvimos que llegar a un tornado híper inflacionario, en lo que respecta a los gastos de funcionamiento e inversión para la Academia, para tomar conciencia colectiva de la muy débil sustentabilidad del modelo de financiamiento mediante el cual se ha decidido la asignación de recursos presupuestarios a las universidades dependientes del erario público. Por esto, el reconocimiento cobra particular énfasis en el tema financiamiento, que incide sobre todo lo demás, pero, en mi opinión, el agotamiento aqueja a todas las áreas del quehacer universitario nacional.

Cabe preguntarnos: ¿Desde cuándo resultaría válido hablar de agotamiento del modelo? Ya en los tiempos de la Cuarta República, se hablaba de la imperiosa necesidad de transformar a la universidad venezolana. Una manifestación de ese deseo fue la tendencia heterologadora que, tal cual la Onda Nueva en otros tiempos de nuestra historia musical, tuvo sus años de moda en el segundo gobierno del Dr. Caldera. Efectivamente, ya para aquel entonces se tenía conciencia a los niveles más altos de la necesidad de ajustar el modelo y someterlo a una evaluación continua mediante una estructura de acreditación institucional con cobertura nacional. Luego entramos a esta revolución, que ha resultado ser como una cava congeladora del progreso en muchas áreas del quehacer nacional, entre ellas, y lo digo sin abrigar la más mínima  duda: la universitaria.

A mí, como Rector de la Universidad de Carabobo en el período 1996-2000, me correspondió dirigir a la Institución en los dos últimos años del segundo gobierno del Dr. Caldera y los dos primeros del Comandante Chávez. Deseo iniciar esta secuencia de artículos titulada “La Universidad en su laberinto” –aspiro a poder trasmitirles a mis lectores, progresivamente, una nítida imagen del laberinto al cual me deseo referir-, compartiendo una experiencia vivida al inicio del segundo de los gobiernos mencionados.

El Ministro de Educación y Presidente del Consejo Nacional de Universidades (CNU), Héctor Navarro -todavía no se había creado el ministerio para la educación universitaria ya que recién había tomado posesión el flamante nuevo gobierno-, nos convoca a su despacho para una reunión a los cinco rectores de las universidades autónomas.  Compartía con Navarro en aquel momento dos cosas: ambos éramos profesores de Ingeniería Eléctrica, él de la UCV, y ambos teníamos una relación muy cordial con Trino Alcides Díaz, Rector de la UCV, por lo que albergué buenas expectativas con respecto a esa reunión.  En ella, Navarro, que siempre fue en esos dos años un cultor de las buenas formas, nos invita a ser partícipes de un gran proceso de transformación de la universidad venezolana impulsado desde el CNU y, prácticamente, nos propone a los cinco el liderazgo compartido con él en ese proceso. Nos reuniríamos previamente a cada reunión del máximo organismo nacional de conducción universitaria, a fin de debatir las propuestas de transformación que serían llevadas al seno del cuerpo. En la reunión, además de Trino y mi persona, participaron los rectores Felipe Pachano, Neuro Villalobos y Viridiana González de la ULA, LUZ y UDO respectivamente. Navarro nos invita a cada uno de nosotros a que expongamos en esa primera reunión de intercambio informal de ideas: cuáles creíamos nosotros eran los cambios más urgentes que debían promoverse en el subsistema de educación universitaria.

No logro recordar lo que expusieron mis compañeros, apenas: que ninguno de ellos quiso comentar un tema traumático que yo había puesto en el tapete en mi intervención. Fui el primero que expuse. Me referí al inmenso capital político que había aglutinado Chávez en el proceso de advenimiento a la Presidencia, al recibir de los electores un claro mandato para cambiar muchas de las cosas que andaban mal en el país. Esto nos brindaba una brillante oportunidad para introducir los urgentes cambios que se ameritaban en el ámbito universitario, algunos de ellos lo suficientemente controversiales para suponer que en circunstancias políticas más adversas resultaría muy difícil implantarlos. Hablé de la necesidad de ponernos de acuerdo en una ley de financiamiento para la Educación Superior, del carácter sistémico de un proceso de transformación y expuse la necesidad de un cambio urgente, al cual no se le debía dar demasiadas largas: la modificación del régimen de jubilaciones para el personal universitario a fin de incrementar el número de años de servicio –el tema traumático por excelencia que nadie, ni siquiera Navarro, se dignó a comentar-. Lo hice argumentando que la jubilación a los veinticinco años de servicio estaba descapitalizando, académicamente, a nuestras instituciones a un ritmo demasiado acelerado y aludiendo, también, a la inmensa carga presupuestaria que dicho régimen representaría en el tiempo, habida cuenta que no se habían tomado las debidas previsiones financieras para hacerlo sostenible. Por supuesto que este es un tema muy complejo en sí mismo para extenderme aquí en mayores justificaciones. Sí deseo reiterar mi sincera convicción en aquel momento de la necesidad de detener tan doloroso y costoso desangramiento.

Después de todas las intervenciones de los rectores, habló Navarro. Nos hizo saber que su principal propuesta transformadora era una mayor democratización: empleados y obreros debían votar en los procesos de elección de las autoridades rectorales y decanales. También expuso su criterio de permitir la reelección a nivel de las autoridades rectorales –los decanos ya se podían reelegir-. Que yo recuerde no hizo mención a ninguna otra propuesta, ni tampoco se extendió mucho en comentar las nuestras. No podía saber en ese momento si más bien hablaba a nombre propio o, si en verdad, la gran promesa de cambio que el Chavismo le tenía reservada a la universidad venezolana era simplemente esa. Salí perplejo de esa reunión. Y decepcionado debo decirlo, por lo escueto del planteamiento que contrastaba con la impostergable y profunda transformación que demandaba nuestro subsistema universitario. Adicionalmente, no simpatizaba para nada con su tesis principal, convencido como ya estaba de que el excesivo electoralismo con sus vicios y triquiñuelas le estaba haciendo daño a la Universidad. Había demasiada política y poca academia en los procesos de selección de autoridades. Por ello, había seguido con sumo interés el último –para aquel tiempo-  proceso de selección de autoridades rectorales que se había aplicado en la universidad experimental Simón Bolívar. Un interesante experimento que había incorporado el principio de meritocracia académica en la selección del equipo rectoral de esa institución. No me extenderé en el procedimiento aplicado por ellos. Quizás algún día, ojalá las circunstancias en el país lo permitan y pueda tener el placer de retrotraer aquella novedosa experiencia a una mesa de discusión nacional  sobre las estrategias de transformación a considerar en el desafío de reflotar a nuestras instituciones universitarias. Si tuviese que hacer una lista de las organizaciones sobre la Tierra en las que se amerita recurrir  a un proceso de selección de quienes la dirigen aplicando principios de meritocracia política, en el primer lugar de esa lista colocaría a la Universidad, en ajustada consideración al carácter intrínsecamente meritocrático de su misión académica.

No se produjeron posteriormente más reuniones de esa naturaleza. Los desencuentros en el CNU comenzaron a producirse demasiado prontamente. Han transcurrido más de diecisiete años desde aquel intercambio cordial muy bien intencionado y, como le ha ocurrido a la Revolución con tantos otros temas, el balance de los logros obtenidos en la implantación de sus propuestas de cambio orientadas hacia el sector universitario ha sido apabullantemente nulo.  ¡El inmenso capital político dilapidado! No sólo se trata de que los empleados y obreros en nuestras casas superiores de estudio todavía no voten para elegir autoridades, sino que han logrado paralizar la democracia en aquellas instituciones autónomas y experimentales donde funcionaba –con sus problemas, pero funcionaba-. En el interín, en todas las que malamente intervinieron o posteriormente crearon, se han consolidado autoritarismos sometidos a una provisionalidad epiléptica regida por los constantes cambios que se producen a nivel de las cúpulas oficialistas en el sector. Se van unos y llegan otros, de Guatemala a Guatepeor, improvisación y anarquía reinantes en un doloroso cuadro de destrucción.

¿Qué sentido tiene traer ahora del pasado una experiencia personal que raya en lo anecdótico? –seguramente se lo preguntarán algunos lectores-. Un amigo mío, a raíz de algunas otras publicaciones vertidas en este blog, siempre ha insistido en incentivarme a que plasmara por escrito este tipo de memorias. Con el tiempo me he convencido de la validez de su insistencia. Quienes como yo, hemos tenido la responsabilidad de dirigir al más alto nivel instituciones universitarias u otros organismos públicos de similar complejidad, debiéramos asumir como un deber el recuperar esas memorias personales como una contribución a recuperar la memoria colectiva de este país. Pedacito a pedacito, debemos reconstruir ese pasado tan cuestionado por unos cara’e tablas que siguen llenándose sus getas con ínfulas transformadoras, a pesar de su más estruendoso fracaso en casi todos las áreas del quehacer nacional. Si antes ya teníamos conciencia de la urgente necesidad de introducir profundos cambios en el ámbito universitario y todavía disponíamos de instituciones que alcanzaban a cumplir su función social a pesar de las debilidades y carencias que estaban patentizándose, qué verbo necesitamos utilizar hoy para describir cómo las sacamos del tremedal en el que se están hundiendo.

Pero además de la catarsis justa y necesaria que me permite este relato anecdótico, lo traigo a colación como prolegómeno de esta secuencia de artículos que me he prometido escribir para plantear una interrogante que sirva de abreboca a los siguientes artículos: ¿Puede una universidad en este país realmente transformarse sin la concertación con el Estado y su cooperación? La respuesta a esta pregunta es dependiente de las coordenadas de espacio y tiempo en el que nos propongamos responderla. Repregunto de una manera más explícita y acorde con la dependencia espacio-temporal que he asomado: ¿Podía la Universidad de Carabobo auténticamente transformarse para adaptarse a los retos que se le planteaban en los tiempos de agonía de la Cuarta República? Mi tesis es que ya no podía –enfatizo que estoy refiriéndome a real transformación y no a mejoras-. Los argumentos los desarrollaré en la continuación de esta secuencia. Pero insisto en repreguntar: ¿Lo podría hacer en estos tiempos? Ya hemos visto como a lo largo de la Quinta, la falta de claridad sobre la universidad que requería el país, de parte de unos actores políticos en ejercicio de la representación del Estado, se convirtió en imponente factor de bloqueo a cualquier intento de transformación universitaria realmente pertinente.

Chávez, en sus inicios, puso al frente del manejo de la educación superior a los amigos universitarios que le visitaban todos los domingos en su cárcel. Ellos visualizaron en la democratización la gran fuerza impulsora de los cambios que se necesitaba en las universidades. No podían ver más allá de sus narices. ¡Menuda insensatez! Vívidamente retratada en la anécdota de aquella esclarecedora reunión de lo que iba a ser nuestro futuro universitario.  Ni siquiera Chávez les compró su tesis. Se dedicó a repotenciar a la UNEFA a la que él, con sus carencias intelectuales y como estadista, se imaginaba como la gran universidad militar que necesitaba el país, eje central del subsistema universitario paralelo que montó.  Mientras tanto, las otras, las de verdad, las que sí podían servirle al país se las dejó a las riendas de quienes a cuenta de su tibio sueño igualitarista las colocaron en el congelador a morir de mengua. Una dura lección sobre el rol decisivo que  pueden ejercer quienes detentan el poder del Estado de cara a la posibilidad real de la transformación del sistema universitario de un país.


5 comentarios:

  1. Estoy en Caracas sólo con mi celular. No me desempeño bien escribiendo por aquí. Cuando regrese a Valencia haré un comentario. Saludos

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  2. Muy importante recordar, yo viví la pesadilla UBV detrás de la UCV

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  3. El profesor Asdrúbal Romero, ex Rector de la UC ha iniciado la publicación de una serie de artículos sobre la crisis del sector universitario. Su punto de partida es el reconocimiento, hoy en día generalizado, del quiebre del modelo “por el que no hemos regido por más de cinco décadas”. Posa su atención, en esta ocasión, sobre la inviabilidad del modelo de financiamiento mediante el cual se asignan los recursos presupuestarios a las universidades. Desde luego, apunta igualmente, hacia otros planos confusos del quehacer universitario
    En forma breve y, a manera de contribución, me voy a permitir señalar algunas áreas problemáticas que requerirían atención inmediata en el marco de una propuesta de reforma universitaria. Este, es bueno recalcarlo, es un ejercicio de naturaleza pedagógica. Son de carácter general y su propósito es de servir de insumos para el debate.
    Veamos. 1) Deformación de la misión e insolvencia en su compromiso con la sociedad. 2) Alto nivel de burocratización que se expresa en la relación desproporcionada de profesor-empleado-obrero. 3) Baja productividad en las actividades de investigación y desarrollo y una excesiva vocación docente.4) egresados con perfiles inadecuados en relación a la demandas del entorno. 5) Departamentos y cátedras anquilosadas 6) Centralización y concentración en la toma de decisiones.7) Excesivo electoralismo, 8) Bajos sueldos y pocos incentivos para el desarrollo de actividades intelectuales 9) Perdida de autonomía y concentración de las decisiones en la instancia Central.
    Desde luego existen otros temas perturbadores en la organización académica y administrativa universitaria. Esta breve descripción es solo una muestra del tipo de problemas que el actual modelo universitario no será capaz de resolver. En otras palabras, al igual que el país, la crisis universitaria es terminal. Enorme reto, pues, para aquellos que deseen involucrarse en la conducción de estas instituciones universitarias.

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    1. Saludos, respecto al punto 3) Baja productividad en las actividades de investigación y desarrollo y una excesiva vocación docente
      No estoy muy de acuerdo con lo de excesiva vocación docente, creo que al contrario ha empezado a menguar esa vocación tanto docente como investigadora,ambos elementos importantes en la Universidad. Al contrario, cada vez más nos llenan de formularios, papeles, oficios y oficios por responder (trabajo administrativo) que nos consumen el tiempo y dejan poco espacio a la creación, investigación y atención adecuada a los propios estudiantes. Además, siendo cada vez menor la cantidad de docentes a dedicación exclusiva y tiempo completo, el trabajo de gerencia universitaria se concentra en unos pocos de ese sub-total de docentes.

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