lunes, 5 de agosto de 2013

Algo muy malo puede estarse incubando

Con la Embajadora de Suráfrica y amigos de FACES

No se sabe lo que se tiene
Asdrúbal Romero Mujica (asdromero@gmail.com)

Hasta que se lo pierde. ¿Cuántas veces no habremos escuchado en nuestras vidas tan sencillo pero profundo mensaje? Estoy seguro de haberlo escuchado de labios de mi madre unas cuantas, desde los tiempos en los que mi memoria se pierde. El viernes 25 de julio, en un sencillo acto celebrado en el salón de sesiones del Consejo Universitario de la Universidad de Carabobo, con motivo de la conmemoración de los veinticinco años de haberle otorgado nuestra alma máter el doctorado Honoris Causa a Nelson Mandela, fui impactado por la apelación a tan sabio refrán que hiciera la Excelentísima Embajadora de la República de Suráfrica en nuestro país. No creo haber sido el único. Me atrevería a decir que en ese auditorio encantado por la inesperada brillantez de un discurso hilvanado con sencillas palabras, la resonancia de un mancomunado silencio de entendimiento colectivo marcó la profundidad con la que, todos los que allí nos encontrábamos, acogíamos como sabia advertencia la amarga lección de vida macerada por años de un ser humano que, por momentos, nos pareció venido de otra dimensión.
Dijo que no nos iba a hablar sobre la vida de Mandela. ¿Quién no conoce los aspectos más resaltantes de su legendaria vida? Nos habló sobre el Apartheid. Sin necesidad de dramatizar lo que ella pudo haberlo sufrido, sus sencillos ejemplos bastaban para trasmitirnos lo que significó para los habitantes de su país el terrible estigma de vivir en un estado de discriminación institucionalizada. Si una ambulancia que sólo podía atender a blancos, llegaba a prestar auxilio en un accidente de tránsito en el cual también había víctimas de color, sin importar si éstas estuviesen en condición de gravedad mucho mayor que el de las víctimas blancas, incluso a punto de morir, el vehículo sólo podía retirar a los blancos heridos.
Nos narró sobre cómo Suráfrica, había estado en un par de ocasiones a punto de entrar en guerra civil. Fue entonces cuando se refirió al discurso de Nelson Acosta, Secretario Ejecutivo de la comisión organizadora de los actos conmemorativos y quien le había antecedido en el derecho de palabra. Nelson había hecho referencia a la peligrosa circunstancia de desencuentro entre dos mitades de un país, el nuestro, sin que se visualizara, a corto plazo, la posibilidad de construir un escenario de encuentro a partir del cual se pudiera plantear el relanzamiento de una nueva Venezuela. La Reconciliación, tal cual como la que el liderazgo de Mandela había cimentado en Suráfrica, constituía el tema impostergable en la agenda política venezolana.
La experiencia vivencial de cada cual determina la mayor o menor sensibilidad con la que percibimos los rasgos sociales de un país al que visitamos. Con apenas siete meses entre nosotros, la Embajadora hizo hincapié en su agrado por la naturaleza amable y muy sociable  del venezolano. Pude deducir que nos consideraba un pueblo naturalmente inclinado a confraternizar y contrario a la desunión e intolerancia. Tienen algo muy bello ustedes, que no se pueden permitir perderlo. Tienen un país muy bello ustedes y deben luchar para que se mantenga unido. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Así, de sopetón, en muy correcto español, nos sorprendió con un decir muy nuestro, alguien venido de una dimensión donde el simple hecho de nacer era la rifa de tu destino, incluyendo el número malo que te podía granjear gratuitas calamidades por el resto de tu vida. Como si fueran las paredes de mi casa materna las que me hablaran, la frase resonó ofreciéndome una perspectiva desde la cual nunca se me había ocurrido analizar nuestra situación presente como país.

Desde ese día, estas nueve palabras  rondan por mi cabeza. Lo hacen en un momento muy oportuno, porque les confieso mi sentir desesperanzado sobre el futuro de esta bella tierra. Será cansancio, desmotivación, la sensación de que he perdido el rumbo, la impotencia de no poder ayudar por no hallar cómo articularme a un esfuerzo colectivo con el que me sienta identificado y le vislumbre alguna posibilidad de impacto positivo, no sé qué, pero lo cierto es un inhóspito vacío que comienza a llenar mis días. Aunado a ello, una rabia sorda que produce respuestas reflejas de intolerancia. Como universitario que he sido toda mi vida, me entrené para la confrontación de ideas, para el respeto a la diversidad de ellas, para relacionarme con gente de todas las tendencias y comprender sus posiciones intentando verlas desde su perspectiva, en fin: para el diálogo sincrético. Vi a muchos universitarios de los que todavía hoy comulgan con el Oficialismo, criticar a la corrupción, abanderarse con un gremialismo a ultranza, protestar por las violaciones de los derechos humanos, y me toca verlos hoy defender este presente en el cual todos los males del pasado han sido aberrantemente superados. Por varios de estos más recientes años, he intentado darle una explicación a su ceguera, pero ya no la soporto más. Ya no los tolero. ¿Será acaso un ánimo guerrerista y vengativo en contra de todos estos cómplices de la destrucción del futuro de mis hijos y de mis nietos y del mismo mío que todavía tengo derecho a uno aunque sea por pocos años? Quizás. Y no soy el único. He escuchado a gente decir cosas como ésta: ojalá se instale aquí un Pinochet y les persiga como ratas. Definitivamente, debajo de la aparente calma, algo muy malo se está incubando. Por eso es que saludo a las palabras de la Embajadora, se destilaron en mi conciencia como una plegaria de la Venezuela afable que conocimos, cayeron en el momento justo para exorcizar los malos espíritus. Ojalá estemos a tiempo y no lleguemos a perder lo que sí sabíamos que teníamos.

5 comentarios:

  1. Bravo, Asdrúbal, ¡Qué buen artículo!

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  2. nelson romero díaz9 de agosto de 2013, 21:24

    Asdrúbal, hermano, tarde es para añadir un comentario, pero pareciera que los únicos que no saben lo que tienen son los venezolanos de a pie. Otros lo sabemos, pero como quiera que el Legado de Chávez nos divide en dos no hay posibilidades de recuperar la sindérisis

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  4. http://t.co/mc3u79S5Z4

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