lunes, 11 de octubre de 2010

Venezuela Insensata

Venezuela Insensata

Asdrúbal Romero M.

Cuando me fue solicitado un aporte para la más reciente edición aniversaria de “El Carabobeño”, titulada: “Nuestro Hogar Venezuela: Una mirada a través de la familia”, el primer texto que produje es el que les voy a presentar. No pasó el requisito de la longitud, lo que les resultará comprensible. Mi tendencia es hacia textos largos. Es muy personal además. Permaneció invernando en mi disco duro, hasta hoy que lo releí y decidí que deseaba compartirlo con ustedes.

Hay quienes dicen que un país no es más que una fiscalidad y una historia, pero ello no es cierto. Un país (o nación) puede y debe cumplir funciones complementarias que favorezcan, aun más, aquellas que nuestros núcleos hogareños suelen rendir para nosotros. Es lo normal, por ejemplo, que la familia oriente y propicie la construcción progresiva de nuestros proyectos individuales de vida. De alguna manera, el país debería facilitarlos, eso lo haría “Hogar”, que es sobre lo que esta edición aniversaria de “El Carabobeño” desea indagar: ¿En qué medida Venezuela es extensión de ese hogar que todos sus pobladores tenemos? Supongo que la respuesta dependerá del rasgo de funcionalidad familiar que elijamos. Yo me voy a enfocar en la que antes señalé como ejemplo: ¿Está nuestro país ayudando a que los proyectos de vida de sus habitantes puedan concretarse dentro de sus límites territoriales?

La más reciente experiencia: Un sencillo almuerzo con tres ingenieros electricistas desempleados.

La última vez que fue solicitada mi colaboración ad honorem para dictar un curso de pregrado en mi escuela, me tocó un pequeño grupo de alumnos del último semestre. El nivel de convivencia que alcanzamos a construir fue excepcionalmente grato. Dos de ellos se convirtieron en mis tesistas, pero también a otros ayudé en la realización de sus proyectos de grado. Transcurridos pocos meses después del acto de grado, al cual asistí motivado por ellos, recibo una inusual llamada telefónica. Me invitan a un almuerzo. No quieren que se pierda la relación, me dicen. El encuentro se da en la feria del Veneto. Resultó inevitable que cayéramos en el tema de la falta de trabajo. No sólo ellos, todos los jóvenes de la promoción de la escuela seguían desempleados, excepto por una de las chicas; también se refirieron a egresados que conocían de otras escuelas: su situación era muy similar. Uno de mis tesistas está dedicado a la administración de un negocio familiar de crianza de cerdos, le da más dinero de lo que podría ganar como ingeniero recién graduado, pero me confiesa su preocupación de si no podría ir progresivamente perdiendo su profesión. Es brillante, en cualquier país del mundo, con una actividad económica medianamente normal, le auguraría un prometedor futuro desarrollando la excelente competencia tecnológica que ha alcanzado en nuestra universidad. ¿Qué le puedo decir?

Las otras dos chicas también poseen en su haber una sobresaliente formación profesional, una de ellas reconoce que ha comenzado a evaluar la opción de irse del país. ¡Qué insensatez! Nuestras mejores universidades, que tanto le cuestan al erario venezolano, producen buenos profesionales para otros países. Cómo culparles porque consideren concretar en otros lares el proyecto de vida profesional para el cual decidieron prepararse. La conversación sigue rodeada por un halo de tristeza mal disimulada. Les prometo, sin albergar mucha esperanza, que les ayudaré a conseguir alguna oportunidad de trabajo. Ellos muestran más interés en que les hable de cómo son las cosas afuera, en que les cuente de mi experiencia madrileña.

Mi experiencia como cofundador de la Plataforma Democrática de Venezolanos en Madrid.

Industrióloga de la UCAB, economista de la UC, abogado de la Santa María, ingeniero de la Simón Bolívar… imágenes de carne y hueso que efluyen espontáneamente de mi memoria de esos tiempos de activismo. Jóvenes venezolanos, de todas las profesiones, de todas las universidades, llegados a Madrid en busca de una oportunidad que les permitiera concretar el proyecto de vida que sentían ya no podían realizar en su país. Todos buscaban el contacto con el movimiento, querían manifestar a viva voz su frustración, algunos colaboraban más, otros menos, comprensible, considerando el diario compromiso de luchar por la sobrevivencia de su proyecto personal en país extraño. Una excelente periodista, egresada de la UCV, ganaba, cuando podía, ocho euros la hora limpiando salas de cine, como las de “Cines Unidos”, pero no cejaba en su empeño en luchar, desde la distancia, por un entrañable pedazo de tierra que había dejado de ser su hogar. También: un poeta falconiano y un novelista larense ya convertido en doctor salmantino. Algunos no pudieron, regresaron, no sé con cuánta tristeza o con cuánta alegría. Otros, todavía están allá, han conseguido un nuevo país- hogar donde trabajan todos los días por realizarse. Sus ojos miran con creciente lejanía a esa insensata patria de la que, todos los días, parte de sus más valiosos hijos se escapan. ¿Cuántos volverán algún día?

Mi recomendación final en el Veneto

Sobre este desastre, ya existen fríos datos de la pérdida para el país que representa ese derrame de cerebros que no se alcanza a ver cuándo se taponeará. Les dejo a otros la exposición de los datos, la cuantificación de lo irreversiblemente perdido, prefiero el vívido testimonio de lo experimentado con asombro y creciente tristeza, máxime cuando la férrea decisión también se engendró en dos de mis hijos.

En el 2003 observé con impotencia cómo mi pensión jubilatoria se reexpresaba en moneda dura a un cuarto de su antiguo valor, hora de regresar, también en una edad donde la valoración de lo qué es para uno el país- hogar tiene que ser distinta a la de los jóvenes. Regresamos los padres, se quedaron los hijos y algunas habitaciones vacías de un arrendado viejo piso madrileño donde podían caber los corotos y los muchos estantes de libros. Nuevo proyecto de vida, luchado y forjado con las palabras. Mientras las habitaciones vacías pasaron a ser ocupadas por jóvenes médicos, también ellos, ahora, se escapan. Piensan en el MIR, en sus postgrados y, en general, son bien valorados.

A mis apreciados interlocutores del Veneto – al momento que esto escribo todavía no he podido conseguirles nada-, les narré muchas más experiencias individuales, sólo correspondientes a compatriotas que habían logrado consolidar su estadía, al final sólo les dije: es una decisión muy individual, es dura, se puede pero es muy duro. Bajó la tristeza: son mis hijos y los “como mis hijos”, son los hijos de tantos y tantas como uno, que cada vez somos más. Algunos preferimos decir que estamos contentos porque ellos estén allá, luchando por hacer verdad su proyecto de vida que un poco bastante nos excluye. Ocultamos la tristeza por el desmembramiento de la familia, disimulamos la rabia que nos embarga el reconocer que esta nueva Venezuela no sabe ser hogar para nuestros hijos.

1 comentario:

  1. Estimado profesor el venezolano o venezolana que se va de nuestro país generalmente se va a cumplir un desempeño el cual no es para el q está preparado en cierta forma hay q admirarlos. Yo soy ingeniero y no tengo empleo, trabajo sí he conseguido y bastante, no sabe cuanto. Y esto es porq no quieren tener empleado a un ingeniero dándole beneficios ni pagándoles lo justo, se imagina q si en nuestro país se reconociera a los profesionales como debe ser? Yo jamás me iria de este país el cual me ha dado todo lo q tengo, tiene lugares maravillosos q no los cambiaria por nada. Habrá maravillas en el mundo pero para mí nada como mi país, hace 1 año conocí a un italiano y me dijo q el vive mejor aquí q en Italia, q lo q el tiene aquí jamás lo tendrá allá y q nosotros no apreciamos este país, tiene playas, ríos, mares, paisajes maravillosos, gente amable y sobre todo bajo en impuestos, qué lujos nos dábamos aquí q allá no se pueden....!!!! Y ahora tienen una ley q nos les permite expresarse, ah y también a los pensionados les redujeron la pensión y los años para jubilarse se los extendieron... que tal ? y nostotros quejándonos... Se despide de usted Matdyel Alvarado

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