sábado, 6 de julio de 2013

El segundo de una trilogía sobre el conflicto universitario.

La Confrontación Entre Dos Modelos

Asdrúbal Romero Mujica


A muchos profesores que han deseado visualizar el actual conflicto universitario como uno de naturaleza, estrictamente, laboral, les tengo una mala noticia: este conflicto es Político. ¡Es inevitable que lo sea!

Es Político, con P mayúscula, porque se trata del conflicto entre dos modelos de Universidad. A lo largo de todos estos años, el Régimen fue dejando que la universidad tradicional se cocinara en su propio caldo, mientras se abocaba a crear su propio sistema paralelo que les formara los profesionales que, a su criterio, requería el país. Un sistema muy masificado que le ha permitido al oficialismo hacer propaganda porque, en verdad, la escolaridad a nivel de educación superior se ha elevado hasta los dos millones y medio de estudiantes –sería necio desconocer el efecto propagandístico que ha tenido el alardeo sobre esta cifra-. El problema es la calidad de formación que se imparte en ese sistema, como muchos autores, incluida mi persona, lo hemos apuntado.

Ahora bien: ¿Qué es lo que conseguimos al interior de ese modelo? ¿Hay democracia? Las autoridades de las nuevas universidades siguen siendo designadas por el Ejecutivo, como también las de las universidades experimentales que ellos intervinieron al inicio de su gestión (la Rómulo Gallegos y la Francisco Miranda por señalar sólo dos ejemplos). Nos encontramos en el transcurso del décimo cuarto año de mandato del Oficialismo, y no se observa tendencia alguna a corregir ese autoritarismo imperante en el subsistema universitario oficialista. Sin embargo, los simpatizantes del Gobierno al interior de nuestras universidades se dan el tupé, cuando participan en foros sobre el actual conflicto, de apuntalar su posición sobre la base de los defectos de nuestra democracia universitaria. ¡Claro que es defectuosa! En lo particular: me he convertido en un empedernido crítico sobre nuestra dinosáurica inercia para emprender la urgente transformación de nuestras instituciones, pero no me vengan éstos con su típica actitud gobiernera a sacar petróleo de la pajita en el ojo ajeno cuando ellos tienen una viga en el suyo.

Creo, además, que una eficaz transformación de nuestro sistema universitario requiere, como premisa fundamental, la concreción de un diálogo verdaderamente bilateral entre Estado e Instituciones, lo cual no ha sido posible con este gobierno –entre otras cosas por estar demasiado ocupado en montar su propio sistema-.

Desde los tiempos en los que Navarro fue el primer ministro de Educación de este gobierno –para mí es una continuidad que incluye a Chávez y Maduro- y Ministro- Presidente del CNU (no existía el Ministerio de Educación Universitaria), la “joya de la corona” emblema de su vocación transformadora de la universidad venezolana era la democratización, es decir, expresado en términos más coloquiales: que empleados y obreros también votaran para elegir autoridades. Así nos lo confesó a los rectores de las universidades autónomas de aquel entonces. Pues bien, retorno a la misma cantaleta: han transcurrido trece años y algo más y el objetivo principal de su transformación no lo han implantado.

A duras penas lo incluyeron en el numeral tercero del Artículo 34 de la Ley Orgánica de Educación, pero no lo reglamentaron, con lo cual dieron pie, hoy día creo que con total intencionalidad, a que se generara una verdadera anarquía que ha desembocado en la paralización de los procesos de renovación democrática de nuestras autoridades rectorales, decanos y representantes a organismos de cogobierno. Elección que se intenta realizar, elección que es detenida por un mandato de la Sala Electoral, en una clara manifestación intervencionista de nuestra autonomía. Tiene uno que volver a calarse a los adláteres internos del oficialismo escuchándoles decir que ya no existe democracia en nuestras instituciones, que las autoridades vencidas son ilegítimas (yo añadiría que están muy agotadas, en todos los sentidos), etc., etc., cuando el problema lo ha creado el mismísimo gobierno. ¿Y por qué no han reglamentado el bendito numeral? ¡Porque les conviene de esta manera! Por un lado: debilitan a las autoridades de las universidades donde hay elección, creándoles problemas de gobernabilidad, y por el otro: no se ven en la necesidad de instaurar su tan mentada “democracia protagónica y participativa” en las universidades regidas por el autoritarismo oficialista. Maquiavélicos en verdad y sus troyanos: tontos útiles o cínicos.

No suficiente con lo anterior, tampoco a la democracia de nuestros organismos gremiales la han dejado funcionar. Ni la FAPUV ni las respectivas asociaciones profesorales han podido hacer elecciones, como tampoco lo han podido hacer la mayoría de los colegios profesionales y muchos sindicatos a lo largo y ancho del país. ¿Por qué? Simplemente porque requieren autorización del CNE y a éste no le ha dado la gana de otorgársela, así vemos como ese vigor renovador propio de los procesos democráticos ha sido congelado en nuestras instituciones. Más alpiste para sus troyanos, que salen a repetir como loritos que la FAPUV no es más que un club de viejos dirigentes gremiales pastores de la vieja política. “Es por eso que no se quieren sindicalizar” –argumentan-, y no porque hayamos visto hasta la saciedad cómo se maltrata a los sindicalistas que se atreven a defender a sus agremiados de los abusos del todopoderoso patrón gubernamental.

Retornando al análisis del modelo universitario oficialista, nos conseguimos que sus instituciones más emblemáticas se han estructurado sobre la base de una organización académica muy débil e insuficiente: muy poco personal fijo. En un porcentaje muy mayoritario, pero que muy muy, sus clases son impartidas por profesores contratados por horas a los que no se les ha hecho concurso. Por supuesto: cómo puede haber en ellas investigación o extensión, si esas universidades son como moteles académicos donde el profesor va, da su clase y ya, luego deben esperar hasta seis meses para cobrar rezando que el desorden administrativo no les haya desperdigado sus pagos. Así subsisten, sin protección social, intentando trabajar por horas en tres o cuatro universidades mientras esperan la apertura de un concurso en alguna de las universidades de verdad: las nuestras, que aun en su proceso continuado de desmejora siguen ofreciéndoles un ambiente académico muy superior a las oficialistas.

Cuando se sientan con uno en las aulas de postgrado, aquellos a los que todavía les queda energía para formarse, después del inicial recelo se sinceran para compartir la nefasta realidad educativa en esas instituciones, que vienen a ser como una réplica académica del buhonerismo informal que pulula en las calles. Un modelo de muy bajo costo, es verdad, pero también de pésima calidad. Y lo más triste es que sus estudiantes están conscientes de ello, pero no se atreven a decir nada. Que los profesores también lo saben, pero en cuanto entran  a esos campus de la “verdad única” deciden actuar como autómatas, con tal de preservar sus escasas condiciones de subsistencia. Nadie protesta, nadie critica, ya sabemos porque. ¿Es ésto en lo que vamos a permitir se conviertan nuestras universidades?   No creo haber sido sólo yo quien haya recibido, desde hace ya varios años, múltiples testimonios en este sentido, pero nadie se atreve a alzar la voz, quizás porque tampoco existen en este país informes de evaluación institucional que los sustenten. Una obligación de Estado que tampoco se cumple, porque rinde más, políticamente, fantasear con los grandes números y no permitir que el gravísimo problema de calidad de los egresados de sus instituciones aflore al debate público.

¿Es este el modelo que el Régimen quiere imponer en nuestras universidades? Al principio pareció que no; desde el 2004 arrancó su política de empobrecimiento salarial de nuestros docentes e investigadores hasta traernos al punto que el típico sueldo de ingreso al plantel académico de cualquiera de nuestras universidades es apenas superior al salario mínimo, lo cual, obviamente, nos empuja a esa igualación por debajo con sus instituciones oficialistas en el renglón de mediocridad académica; desde el 2007 el cerco presupuestario ha sido impuesto con inusual descaro. Luego nos quita la democracia y ahora pretende quitarnos la dignidad.

Mi respuesta entonces es afirmativa, creo que ellos creen que ya llegó la hora de entrarnos con todo. Si seguimos como vamos, es posible que lo logren porque muchos docentes no han tomado una conciencia suficiente sobre la gravedad de este conflicto que les active; porque, exceptuando una vanguardia, los estudiantes se fueron para sus casas y después hay quienes se santifican diciendo que no nos preocupamos por quienes son las víctimas de este conflicto. Verdaderas víctimas van a ser cuando conviertan a nuestras universidades en esos pésimos liceos del submundo académico oficialista, si ellos y sus padres todavía no han tomado conciencia de esto es porque hemos fallado.

Como suele ocurrir en este país a cualquier sector que luche en defensa de la institucionalidad a la que ha pertenecido, el sentimiento de soledad es inmenso. Hay que darle un viraje estratégico al conflicto, pero para ello debemos responder antes a una crucial interrogante: ¿Debemos politizar el conflicto? Yo creo que sí, mis razones y lo que esto significa en la próxima entrega.



martes, 2 de julio de 2013

Reflexiones sobre cómo veo en este momento el conflicto universitario

¿Cuándo se termina este conflicto?
Asdrúbal Romero Mujica

Difícil predecirlo. Aunque la propuesta económica del Gobierno dista bastante de ser realmente efectiva en cuanto a la recuperación del salario perdido por los universitarios en los últimos años (los expertos calculan que habría que aumentar en un 156% para llevar los sueldos al mismo nivel de enero 2008), opino que el tema salarial no constituye el auténtico nudo gordiano de este conflicto.
La insistencia del Régimen en desconocer a la FAPUV, como la legítima representante de los docentes universitarios que decidieron ir a paro indefinido, constituye el punto de desencuentro que a estas alturas percibo como insalvable. Independientemente del grado de descontento que unos u otros pudieran albergar con respecto a las actuaciones de FAPUV, en esos años que los incrementos unilaterales decretados por el Presidente prevalecieron por encima de una correcta negociación amparada en las Normas de Homologación, lo cierto es que la Federación logró activar un proceso democrático mediante asambleas, plebiscitos, etc. que arrojó una decisión, evidentemente mayoritaria, de los profesores de acogerse al paro indefinido aun reconociendo su carácter de recurso extremo. Es de suponer que esta decisión extrema -nótese que repito el adjetivo calificativo- se produce como consecuencia de la nula efectividad de todo ese largo preludio de paros escalonados, que no alcanzó a lograr respuesta alguna del Gobierno en cuanto a disponerse a abrir algún escenario de fructífero diálogo y, por otra parte, del cansancio ante ese continuado abuso que sepultó nuestros niveles de remuneración salarial a niveles nunca antes vistos, con su pernicioso efecto sobre las posibilidades de mantener un sano proceso de regeneración académica.
Se presenta entonces una disyuntiva fundamental que puede resumirse en los siguientes términos: cómo un gobierno cuyas políticas económicas han generado un notorio empobrecimiento de los sectores asalariados de este país puede pretender darse el lujo de desconocer a la representación, buena o mala, agotada o no, que un segmento significativo de los trabajadores universitarios ha asumido como suya. ¿Cómo puede un segmento intelectual de la sociedad calarse que una reiterada maniobra de promoción del paralelismo sindical, que en algún otro sector laboral pueda haber tenido relativo éxito, prospere impunemente ante nuestras propias narices? Pretender esto es un grosero insulto a nuestra inteligencia y debe internalizar el Régimen que está lidiando con un estamento de la sociedad que está obligado, por su propia condición, a ejercer un rol pedagógico hacia el resto del país, sobre el maniobrero intento patronal de un gobierno, que suda copiosamente inflación por todos sus poros, de evadir esa responsabilidad suya en la mesa de negociación laboral.
De que el profesorado optó por asumir a FAPUV como su representación gremial, como la única y legitima contraparte con la que este Gobierno debía sentarse, no debe quedar duda. El paro indefinido es la principal demostración. Por lo tanto, me gustaría ver cómo es que esos profesores van  a asistir a una asamblea a decirle, a los que le echaron pichón, que no importa que el Gobierno los haya ninguneado y que ellos ahora quieren incorporarse a clases. Eso sería de una INCONSECUENCIA tal que no le quedaría a uno más remedio que tener, muy tristemente, que admitir el que este Régimen logró su objetivo de barrer el piso con la dignidad de la Universidad Venezolana. ¿Están dispuestos los profesores a esto? Por ahora, no veo que exista una mayoría dispuesta a rendirse en condiciones de tanta indignidad. Aun cuando reconozca que el nivel de activismo con el paro esté muy deteriorado en instituciones como la nuestra (UC), donde factores contaminantes vinculados a la política interna le han hecho mucho daño al conflicto. Aun cuando sospeche que eso de ser parte de la “luz” que vence las sombras, es decir: el ser parte de ese ejercicio pedagógico al resto de los trabajadores de este país del cual les hablaba, comience a saberle a nada a muchos profesores. Aun cuando entienda y sopese las razones de quienes ven en lo que está ocurriendo: las líneas maestras de un macro plan, cuidadosamente, diseñado por el Gobierno para ponerle finalmente la mano a la Universidad y, quizás, perpetrar en ella una reiteración de la salvajada de PDVSA –con este paro le estamos entregando al Gobierno la Universidad con lacito y todo, dicen-. Aun así, no percibo que las condiciones estén dadas para que LA HORA MENGUADA DE LA INDIGNIDAD se aposente en nuestros recintos universitarios.
El Gobierno también debe hacer una lectura acertada de la situación. La Universidad no es PDVSA. Las complejas y múltiples ramificaciones dentro de la sociedad venezolana de la identidad universitaria, podrían confabularse para crearle a este gobierno un Vietnam de imprevisibles consecuencias. A esos estudiantes que se fueron a sus casas y dejaron en hombros de los profesores la defensa del último reducto de la Academia que nos queda, y a sus padres, les digo: se verán mil veces más perjudicados cuando en nuestras universidades se pretendan instalar remedos de la Bolivariana o de la UNEFA. ¿Cuál será entonces su reacción?
Por eso, Sr. Maduro, lo aconsejable es que se ocupe de crear las condiciones para una sentaíta (rememoré la ayudaíta que la misteriosa candidata requirió de Aymara). Si usted se compromete a incluir en el ajuste salarial del 2014 el porcentaje de devaluación que, a lo mejor, se vea obligado a aplicar en lo que queda de año. Si se compromete a incluir a este sector universitario en una discusión, así sea a marcha forzada, de un proyecto de ley de educación superior que incluya un nuevo modelo de financiamiento que sincere la situación del sector y se abandona esa recalentada pretensión de introducir extractos de una ley vetada en una convención colectiva –ya se produjo un gesto bastante positivo en este sentido-. Si usted reconoce al “otro” porque ya no están dadas las condiciones ni políticas ni económicas para que ese “otro” se siga calando que lo desconozcan,  usted acaba con este conflicto universitario a muy bajo costo. ¡Usted es quien puede hacerlo!




jueves, 27 de junio de 2013

De nuevo, sobre la situación política en Carabobo

¿Un Aveledo para Carabobo?

Asdrúbal Romero M.

Soy un firme convencido que el eje central de la propuesta política que debiera presentársele al país tendría que sustentarse en el federalismo descentralizador. De la redistribución del poder político hacia las regiones que ello implica, se generarían los escenarios para una mayor eficiencia y control ciudadano de la gestión pública, mayores índices de participación y desarrollo de ciudadanía e, incluso, el surgimiento de liderazgos emergentes que pudiera fungir de contrapeso al excesivo poder central. Por esta razón, accedí a la invitación que me hicieran los fundadores del Observatorio Venezolano de las Autonomías para ejercer  la presidencia pro tempore de esta ONG.
 Ahora bien, para que la propuesta federalista asuma un cierto protagonismo en el debate político a nivel nacional, luce lógico y natural que su empuje provenga de las regiones. A estas alturas del proceso tendiente a lograr un cambio en el país, a uno le gustaría ver unas plataformas políticas fortalecidas en el ámbito regional, dispuestas a asumir con mayor autonomía y responsabilidad la gestión política en el plano local. A estas alturas, quisiera ser testigo del accionar en los distintos estados, o al menos en los estados más importantes, de unas mesas de la Unidad Democrática regionales más funcionales y consustanciadas con el rol político que ellas, ya, deberían estar jugando en sus respectivos ámbitos.
Esa funcionalidad a la que me refiero, demandaría, entre otras iniciativas, el fortalecimiento organizacional de las MUD regionales con comisiones técnicas, de forma similar a como lo implementó la MUD central. Lo bueno hay que imitarlo: en Caracas se integraron comisiones en las que participan muy distinguidos profesionales expertos en distintas áreas y de cuyas deliberaciones se nutre la mesa de los partidos. Seguro estoy que en la mayoría de los estados también se puede contar con gente muy valiosa y además interesada en participar en la regionalización de los grandes temas.  Aquí en Carabobo, por ejemplo, sería muy interesante instalar una comisión de seguimiento de la gestión de gobierno de Francisco Ameliach. En verdad que no sé si será por su inclinación a mantener un bajo perfil comunicacional, que no logro enterarme de los logros de sus inicios de gestión; lo curioso es que, al parecer, tampoco existe una oposición que se ocupe de señalar los aspectos negativos, porque tampoco logro enterarme de éstos, aunque suponga que los habrá, habida cuenta de lo, endiabladamente, complicado que está el país.
Así como se debe imitar lo bueno, las MUD regionales deberían intentar superar las debilidades que todavía aparecen en la lista de los “debe” de la MUD central. La más notoria, ya lo señalaba, muy oportunamente, Jose Antonio Gil Yépez en su libro “Cómo ganar o perder la elección presidencial de 2012”: la falta de acompañamiento a la sociedad civil en su lucha social. Lo reitera Jesús Petit Da Costa en su blog: Hay un divorcio evidente entre la “partidocracia”, ocupada en las municipales, y la sociedad civil que sufre las inclemencias de una crisis económica y social sin antecedentes. Consecuencia de la no incorporación efectiva a la alianza de los partidos de los diversos entes representativos de ese quehacer civil, académico, social y económico que deambula fragmentado, en espera de una dirección política que le confiera organicidad a su lucha.
 Retorno a Carabobo para señalar un ejemplo de este divorcio: los universitarios libramos una lucha agónica y qué han dicho al respecto los personeros de la MUD carabobeña. ¡Nada! ¡Mudez total! ¿Ha visto usted a alguno de ellos acompañarnos en nuestras actividades de protesta?
Las MUD regionales, por ser entes políticos más cercanos a la sociedad, deberían tener una mayor potencialidad para hacer suyos los problemas de la gente y encauzar su descontento. No sé si esto esté ocurriendo en otros estados del país, pero no aquí en Carabobo, definitivamente. Cuando uno indaga sobre las posibles causas para esa reinante orfandad política, obtiene informaciones que apuntan a una obstinante lucha interna por el poder. Es verdad que la MUD carabobeña nunca ha funcionado como debiera. Antes de las elecciones presidenciales de octubre y las regionales para elegir gobernadores, se rumoraba que la MUD era teledirigida desde la Quinta de Carabobo con una cierta inoculación de sustancias anestésicas. Se produjo un vacío y la designación de un nuevo coordinador, el Alcalde Scarano, pero por ser él un evidente contendor de la lucha política por el trofeo del poder regional, no pareciera ser el personaje indicado para alcanzar los consensos que se requieren, no sólo en aras de canalizar una selección concertada de candidatos a las Municipales sino en aras de desarrollar esa inmensa tarea de dirección Política, sí, con P mayúscula, que se demanda en este estado.
¿Se requiere entonces de un Aveledo para Carabobo? Todo pareciera indicar que sí. Aclarando que la referencia al apellido involucra la búsqueda de un líder integrador que no aspire a cargos de elección en el contexto regional, con la suficiente capacidad negociadora para lograr consensos y la visión necesaria para estructurar una plataforma política regional con la suficiente fortaleza para hacer verdad la consigna: la política para Carabobo la hacemos los carabobeños. Si no alcanzamos esa madurez política, cómo podemos darnos a respetar de los que siguen sosteniendo la tesis de que Venezuela debe ser dirigida con una óptica centralista. ¿Cómo así le damos fluidez a la propuesta federalista?
Algunos me acusarán de contradecirme. En un artículo previo señalé que la transición de Aveledo al frente de la MUD central debía concluir –a pesar del respeto que me merece su ejecutoria-. ¿No se suponía acaso que la Oposición había conseguido, finalmente, su líder indiscutido? ¡Debía ser Capriles quien se pusiera al frente de la vocería de la Oposición! Reconozco haber puesto en revisión esta tesis mía –difiero mis razones para otro artículo-. En todo caso, en Carabobo, hoy día no contamos con un liderazgo que se aproxime al de Capriles. Conseguir a un Aveledo es un asunto urgente.




jueves, 6 de junio de 2013

¿Hasta dónde llegará la farsantería?

Derogatoria de la Ley de Gravedad

Asdrúbal Romero M.

Un tribunal ordenó fin del paro de “pobresores” en el Pedagógico de Caracas. Sentencia con la cual dio respuesta a un recurso de amparo introducido por tres estudiantes, seguramente oficialistas, que demandaban por la violación a su derecho al estudio. Cuando leí esta noticia (El Nacional, 4/6/2013) me vino a la mente una delirante escena en “Árbol de Luna”, una novela de Juan Carlos Méndez Guédez, barquisimetano residente en Madrid que se ha convertido, a fuerza de tenacidad y brillantez,  en uno de los más destacados representantes de esta nueva generación de escritores nuestros.
 Ocurre en Barquisimeto: una severa escasez de agua ha concitado una protesta estudiantil que apunta a generar un ambiente de exaltación peligroso para el partido que está de turno en el poder (transitan los tiempos de la Cuarta). El Presidente llama a Gerardo, un típico maniobrero “componelotodo” que, en ese momento, se encuentra en Maracaibo montando un negocio de compra de unos tanques militares viejos por el cual recibirá una comisión. Aunque teme que a los larenses no se les haya olvidado todavía lo de las maquinas quitanieve que le había vendido al Alcalde de la ciudad, no le queda más remedio que trasladarse. Se incorpora a una reunión de la Asamblea Legislativa, la gritería es total, pero él, con sus habilidades, logra que todos se callen para escuchar el informe del Ingeniero Municipal. Al joven no le queda otra sino reconocer que el acueducto recientemente construido padece de un serio problema: la ley de la gravedad no permite que el agua llegue, ¡no tiene la presión suficiente! El tal Gerardo consigue inspiración en su repertorio de farsanterías y grita: “Señores, el bien de la Patria nos exige acabar con esa maldita ley que evita que crezcan las flores en los corazones y en los jardines de nuestra gente”. Acto seguido: propone la derogatoria total de la ley de la gravedad en todo el territorio de la ciudad de Barquisimeto. Después de algunos cuchicheos entre los diputados, todos alzan ardorosamente sus brazos, incluyendo los de la izquierda que eran minoría, y así, por unanimidad, la ley queda derogada.
Cuenta Estela Dublín, protagonista y amante del Gerardo, que cuando se montan en el avión para regresar a Caracas, el piloto le llama para consultarle si la eliminación de la ley de la gravedad afectaba también a las líneas aéreas. Por supuesto que les recomiendo lean la versión original, mucho mejor construida e hilarante que esta sintética versión libre que me he atrevido a compartir con ustedes. Como ésta, se encuentran en la novela otras tantas anécdotas que confluyen en trasmitirnos una revisión paródica de nuestra historia política contemporánea. Se trata de un “país atenazado por la falsedad política”. Seguro estoy que Juan Carlos no confrontaría problema alguno  para surtir una segunda parte de su original novela, con un renovado y formidable anecdotario gestado en estos tiempos de la Quinta. Si en algo se han destacado, ha sido en superar con creces todo aquello que con tanta energía criticaron cuando eran minoría.
Cualquier gobierno democrático entiende que la bondad o perjuicio del impacto de su manejo macroeconómico sobre los bolsillos de los trabajadores tiene que ser, naturalmente, sometido al escrutinio de éstos en las mesas de negociaciones. Si las políticas económicas resultan en un fracaso del tema inflacionario, es cuestión, simplemente, de ponerse en el lugar del otro para asumir que tendrá que sufragarse el costo, de ese fracaso, mediante su sometimiento a un proceso de negociaciones mucho más arduo y en el cual, muy probablemente, se verá visto obligado a ceder incrementos salariales más elevados. Es una verdad de Perogrullo, pues bien: este régimen que nos preside se resiste a aceptarlo como un hecho lógico y natural. No suficiente con ello, cuando se ve presionado a conversar: también pretende seleccionar a sus interlocutores y desconocer el legítimo derecho de los trabajadores  a decidir libremente quiénes ejercerán su representación. En el caso de la problemática del sector universitario, no albergo duda alguna que a la Federación de Asociaciones de Profesores Universitarios de Venezuela (FAPUV) le autentica un prolongado, y profusamente documentado, aval histórico para ser reconocido como la natural contraparte en las conversaciones sobre el tema salarial. Si algún cuestionamiento pudiera hacérsele a los representantes de FAPUV, en el sentido de tener demasiados años en sus cargos representativos, es consecuencia de la maldita treta, también de este régimen, de maniatar a través del CNE el funcionamiento democrático de la mayoría de las organizaciones gremiales y sindicales de este país.
A pesar de los elementales argumentos señalados, el recientemente designado Ministro para la Educación Superior (otra treta muy utilizada por este gobierno para dilatar lo ya desesperadamente impostergable es designar, a las puertas de un conflicto, a un nuevo rostro de autoridad) insiste en no reconocer a FAPUV o, en el mejor de los casos, remitirla como simple oyente a una mesa que tienen montada desde hace tiempo con sus sindicatos amigos. Este simple hecho ya justifica el Paro Universitario, otra cosa es que sea una herramienta estratégicamente efectiva frente a un régimen tan abusivo como el que sufrimos (sobre esto albergo ciertas dudas: cómo no tenerlas ante un gobierno que ya decidió quitarse su máscara de democrático).
Lo cierto es que estamos frente a un estruendoso fracaso económico del Gobierno que, evidentemente, nos conduce a un acelerado empobrecimiento de todos los asalariados compatriotas, sobre todo: de los adscritos al sector público. No obstante: se insiste en no dar la cara; en desconocer a la otra parte; en pretender tapar el sol con un dedo apelando a subterfugios como el desvergonzado argumento que el tema salarial universitario no es asunto de su incumbencia o ese  de mandar a unos estudiantes a demandar la violación de su derecho al estudio. ¿Para qué contamos con todo el aparato judicial rodilla en tierra? –dirán ellos-. Cualquier juez sensato e independiente se habría pronunciado sobre la imposibilidad de otorgar un amparo ante la evidente colisión de dos derechos constitucionales. También los “pobresores” tienen el derecho constitucional de recurrir a la medida extrema, habida cuenta de que ni siquiera un espacio les es concedido para plantear su justa queja laboral. ¿Qué nos extraña? Este régimen viene recorriendo, desde hace mucho tiempo, un camino empedrado a punta de falsedades. Recurrirán a la interpretación sesgada de las leyes; harán nuevas de ser necesario y cuando se les oponga a sus designios una ley física, como la de la gravedad, den por seguro que la derogarán. Así, próximamente, nos verán a todos flotando indefinidamente.



lunes, 3 de junio de 2013

Esta vez mi opinión la doy en video



En mi entrevista con la Dra. Rosa Indriago en su programa Encuentro Académico tuve la oportunidad de dar mi opinión sobre el actual conflicto universitario. Deseo rescatar de ese segmento: el que se aprovechen las energías de esa gran cantidad de profesores jóvenes que realmente están motivados en su lucha y que han logrado convencer a muchos estudiantes de que les acompañen porque su lucha no es sólo salarial sino por la Universidad que estamos perdiendo, que además de protestar organicen foros o asambleas donde se discuta también la muy grave problemática interna de la Institución.

martes, 28 de mayo de 2013

Con retardo, pero nunca es tarde cuando la dicha llega

Kuznets y Gini en el facebook

Asdrúbal Romero M.

Leí un comentario muy inusual en las redes sociales: “En todas las discusiones que he tenido con los adoradores de Chávez y su ‘paraíso socialista’ que viven en el extranjero, todos tratan de chapearme con el mentado índice Gini. Todos citan el condenado índice como el Santo Grial que prueba en forma definitiva como todos los que criticamos a Chávez (incluidos los venezolanos que vivimos acá) estamos equivocados (y que somos, indudablemente, seres demoníacos)”. Sorprendente en verdad: conseguirse con un texto como este en el Facebook; no pude evitar la tentación de entrar en el coloquial intercambio entre unos jóvenes, al parecer, con llamativa inquietud intelectual. Les sugerí una tarea, la cual pretendo resolver, lo más sencillamente que pueda, en este artículo.
  El índice de Gini es un indicador de la desigualdad en los ingresos de los pobladores de un país. Un valor de cero se corresponde con la perfecta igualdad (todos perciben los mismos ingresos) y un valor de cien se correspondería con la hipotética desigualdad perfecta (una persona percibe todos los ingresos y los demás nada). Es más sofisticado que el indicador que utiliza el Banco Mundial para medir la desigualdad social, resultante de dividir la suma de los ingresos de los pobladores ubicados en el quintil más rico entre la de los ubicados en el quintil más pobre. En todo caso, debería quedar claro, ahora, porque a los defensores de las políticas oficialistas les encanta que Venezuela se ubique en el puesto 84, mientras Chile está posicionado mucho más atrás, en el 141, en una lista ordenada de menor a mayor índice de Gini de todos los países del mundo. ¡Como en Chile hay más desigualdad, nosotros estamos mejor!
Al respecto, recordé lo que sostenía Simon Kuznets, Premio Nobel de Economía de 1971. Analizando la relación entre crecimiento económico y desigualdad social, él defendía la hipótesis de que la misma iba cambiando según fuera el grado de desarrollo de las naciones. Si nos vamos a una aldea tribal en África, independientemente de las desigualdades políticas que podamos conseguir –no es igual el estatus del reyezuelo o del hechicero que el de los demás-, en el plano económico todos serán pobres. En las sociedades premodernas se daba la coincidencia de un bajo nivel de desarrollo y un bajo nivel de desigualdad social. Sin embargo, eso cambia cuando se inicia el proceso de desarrollo económico. En la primera etapa se da lo que Marx denominó “acumulación primitiva”. Los acumuladores comienzan a enriquecerse antes que los demás. La desigualdad económica, por lo tanto, se instala en el sistema. Es la durísima etapa donde crecimiento y desigualdad avanzan simultáneamente, que fue lo que suscitó la severa denuncia moral de Marx.
Cuando se llega a un cierto nivel de desarrollo económico, la desigualdad social comienza a bajar. Kuznets señalaba dos razones para ello. En primer lugar, una estrictamente económica: como a los industriales “acumuladores” les interesa un mercado creciente en el que puedan colocar su producción, les conviene aumentar los ingresos de sus propios trabajadores a fin de convertirlos en consumidores. Un juego de suma positiva, donde todos ganan. Aludía, como ejemplo, a la revolución del industrial norteamericano Henry Ford.  Pero también hay una segunda razón de orden político: como los países económicamente desarrollados tienden a democratizarse tarde o temprano (averigüen si hoy existe un país realmente desarrollado que no sea democrático), la votación de la mayoría más pobre pesa más que la de la minoría más rica y se genera una acentuación de las políticas distributivas.
Kuznets lanzó entonces su famosa curva de la U invertida, como una descripción gráfica de la evolución de la desigualdad en el curso de los procesos de desarrollo económico. Cuando los países son muy pobres, se ubican en el piso de la primera “pata” de la U invertida.  Fue lo que ocurrió con la India, que a raíz de su independencia se acogió a un socialismo precapitalista. Debido a esa tradición política, en 1995 todavía ocupaba un excelente lugar en la lista ordenada de menor a mayor desigualdad, un excelente 4,7 (índice del BM), pero su producto territorial por habitante era apenas 300 dólares.  Repartía bien, sí, pero migajas. Hoy eso está cambiando, al igual que China, un excelente ejemplo de lo que ocurre cuando la acumulación crece a la par que la desigualdad. Todo el mundo habla de los “nuevos ricos” chinos que les encanta comprar bolsos de Louis Vuitton y vehículos Ferrari, mientras que una gran parte de su población se mantiene todavía en escandalosos niveles de pobreza. Fue el caso de Brasil  que creció espectacularmente durante la dictadura militar (1964 a 1985), pero en 1995 tenía la relación de desigualdad más alta del planeta: ¡un descomunal 32,1!
Después de alcanzar el lomo de la “U” invertida, se da una tercera etapa donde la desigualdad comienza a bajar por la segunda “pata”. Se comenzarán a reflejar desigualdades semejantes a la de la primera “pata”, sólo que ahora irán acompañadas de niveles de vida incomparablemente superiores. Chile se encuentra en la bajada, su índice de desigualdad todavía es muy alto, peor que el de Venezuela, pero su PIB per capita es 18354 dólares (puesto 49 según estimados 2012 del FMI) y sólo 11% de sus pobladores se considera que viven en estado de pobreza. En nuestro país es el 30% y el PIB per capita es 13242 dólares (puesto 71). ¿Cuál de los dos países anda mejor?
La tarea que les sugerí a los chicos fue que revisaran la “U” invertida de Kuznets. Fue así como él y Corrado Gini se encontraron en el Facebook con mis jóvenes amigos, mientras recordaba mis tiempos de ocio madrileño leyendo a Mariano Grondona. El ensueño se convirtió en angustia: ¿Y será que éstos que nos gobiernan nos quieren retroceder a la India de 1995? Todos muy pobres, mendigando por migajas. ¡Si los dejamos!