jueves, 4 de enero de 2018

Universitarios debemos asumir exigencia al Régimen de Dolarización


Dolarización: ¡Es urgente!


Asdrúbal Romero (@asdromero)

I-Propuesta en una noche universitaria


Si mediante el establecimiento de algún plan de políticas económicas, quisiéramos que nuestro poder adquisitivo no se continuara licuando de la manera como lo ha venido haciendo – en los meses más recientes a una velocidad que produce vértigo-, tendríamos que unificarnos alrededor de la exigencia de la implantación de tal plan. Este es el leitmotiv que me anima a proponer la tesis de la Dolarización en el marco de una conversación en la que sólo participábamos profesores universitarios.

Tal como ha venido avanzando el proceso destructivo de nuestra moneda, mi premisa, a estos centenares de metros hundidos en el subsuelo, es que el plan con la mayor eficacia para detener la progresiva y rapidísima erosión del poder adquisitivo nuestro en un corto plazo es la Dolarización. Reconozco que pudieron haber existido otros planes con ese objetivo, pero el tiempo, inexorablemente, continúa transcurriendo. El Régimen, con su destructiva obstinación, no hace nada que no sea continuar echándole gasolina al proceso ya hiperinflacionario, mediante ficticios incrementos salariales y el consecuente incremento de la base monetaria. La economía del país reacciona como uno de esos ríos, que con imparable fortaleza, ha decidido retomar su cauce llevándose por delante lo que tenga que llevarse. Todos los indicadores coinciden en que ya estamos mucho peor que Ecuador, mucho, demasiado, cuando a ellos no les quedó de otra sino adoptar la Dolarización.

Las opciones a las que podíamos recurrir han ido, progresivamente, tornándose poco atractivas, al menos en cuanto a su potencialidad cortoplacista  de poder frenar con la suficiente fuerza el ritmo hiperinflacionario. Sólo nos va quedando como opción: la  inmediata dolarización que, además, por evidentes razones se va haciendo casi inminente. Esta es mi premisa. La que me motivó a lanzar en la mencionada reunión de profesores, sin mayor preparación previa, la Dolarización como el Plan, el único alrededor del cual debíamos unificar nuestra posición. Por supuesto, se produjeron reacciones encontradas. La sola mención a la moneda del Tío Sam contenida en el apelativo del Plan evocó naturales manifestaciones de temor, incertidumbre e incredulidad. Debo decir que yo también pasé por tales estados cuando, por primera vez, en el ámbito de las discusiones del TREN se planteó el tema de la Dolarización.

Demasiada agua ha circulado debajo del puente desde aquellas fechas. El Régimen con su eterno correr de la arruga ha logrado transformar mis temores en aceptación del carácter irremediable del tratamiento. Una connotación al interior del “frame” salud, para transmitir lo mal que estamos y la necesidad que tenemos de ponernos la vacuna a fin de tratar de salvaguardar el pésimo salario que ya devengamos –en términos de su real poder adquisitivo-. Es en este sentido que voy a desarrollar la argumentación contenida en este texto.

II-La Expedita Ventaja Principal


No voy a entrar en la repetición de los diversos argumentos, a favor y en contra, que excelentes articulistas del tema económico ya han presentado a la opinión pública sobre la opción dolarizadora. Voy, más bien, a permitirme el enfoque coloquial con el cual se desarrolló el intercambio de opiniones con mis colegas, a cuenta de mi argumentación sobre su principal ventaja. El asunto más álgido, comprensiblemente, fue cómo iban a quedar los sueldos. En el renglón de los egresos, el ciudadano de a pie ya tiene que obligadamente admitir su inmersión abrupta en el mundo de los precios dolarizados. Las dudas surgen en el lado de los ingresos. ¿A qué tasa de cambio aplicable al cálculo de los sueldos y salarios arrancaría la famosa dolarización?

De plano hay que decir que la Dolarización no le permitirá a cada cual saltar, por obra y gracia de un milagro del Espíritu Santo, a un nivel de sueldo en dólares comparable al devengado por los profesionales similares en otras latitudes. A los profesores universitarios, la Dolarización no nos servirá para ganar los tres mil quinientos dólares mensuales que pagan en Ecuador. Tal grado de recuperación salarial ya no es posible en nuestro país, habida cuenta de los efectos devastadores sobre la economía que ha tenido el accionar de los DESTRUCTORES. ¿Y entonces? ¿Podemos pensar que la fulana dolarización nos retrotraerá al menos a un sueldo en el rango de los mil dólares? Tampoco, les dije, ese tipo de sueño ya nos ha sido vedado por la revolución empobrecedora.

En el otro extremo, tampoco resulta agradable pensar que en el marco de una dolarización factible fuéramos a quedar con un sueldo de quince dólares –suponiendo un ingreso promedio mensual de mis interlocutores de un millón quinientos mil bolívares y una tasa de cambio, muy cercana a la “innombrable”, de bolívares cien mil por dólar-. Aunque quién sabe, si continuamos en rol de observadores pasivos viendo  como el Régimen sigue destruyendo el poder adquisitivo de nuestros ingresos laborales,  pudiéramos terminar sumidos en tan nefasta circunstancia a la hora de acordarse una obligada dolarización en un futuro más lejano.

Lo rescatable de esta discusión sobre escenarios salariales en dólares, desde los soñados hasta el exageradamente realista al momento presente, es tomar conciencia sobre dos aspectos. El quid de la cuestión está en el cálculo de la tasa de cambio factible con la que se podría arrancar el proceso de dolarización de nuestra economía. Lo segundo: los profesores universitarios, como sector muy representativo de las élites intelectuales de este país, deberíamos en este 2018, que recién está arrancando, organizarnos para exigirle al Ejecutivo Nacional la Dolarización a la brevedad posible, como la única vía creíble que se percibe de cara al objetivo de preservar el poder adquisitivo de nuestros ingresos salariales.

Los gremios universitarios deberían empoderarse con este discurso. Y apoyarse de los expertos con los que contamos en las diversas instituciones, a los fines de involucrarnos en la discusión de los aspectos técnicos del proceso; elaborar propuestas y asumir la representación del sector que corre el mayor riesgo de salir golpeado en la Dolarización: el asalariado del sector público. En Carabobo, por ejemplo, contamos con un Francisco Contreras, reputado profesor de la escuela de Economía, que viene trabajando los cálculos para computar tasas de cambio para el arranque sobre la base de diversos criterios y escenarios.  Este es un tema de trascendencia para nosotros. Para que tengamos una idea, si como tasa de cambio inicial se tomara la tasa implícita que para la fecha que escribo estas líneas, dos de enero, se aproxima a los diez mil bolívares por dólar, entonces el salario dolarizado para el mismo ingreso promedio que les mencionaba con anterioridad sería de 150 dólares. Y este es como la cota máxima de lo que podemos soñar, porque así de majestuosamente furioso ha sido el empobrecimiento propiciado por los DESTRUCTORES.

No faltará quien diga: ¡Pero eso es muy poco! Y verdaderamente lo es, pero es lo que nos va dejando el Régimen como espacio para aspirar. El punto a resaltar es: con la Dolarización lo que se persigue no es tanto lo más que podamos ganar en dólares, comparado al informal monto que pudiésemos calcular hoy consultando la temida página, sino que no sigamos perdiendo poder adquisitivo. El objetivo es abatir la inflación. Que si vamos a comenzar a devengar 150, 100, 75, 50 dólares o…¿¿??, al menos ya sabremos que contamos con ese piso firme y que nuestro sueldo no va a seguir erosionándose –excepto por el impacto de la débil inflación que pueda afectar al dólar-. Los que neciamente se oponen a la Dolarización porque, en ella, van a iniciarse devengando un mísero salario en dólares, debieran saber que, de no aplicarse, podrían llegar a ver lo que mensualmente perciben  equivaliendo a una cantidad de dólares susceptible de ser contada con los dedos de una mano. ¡Y no en un futuro muy remoto! Se pueden admitir otras razones para oponerse a la Dolarización, pero no esa.

Por supuesto, ese listado imaginario que desde los 150 va bajando hasta los 15 –insisto en recordar que he tomado como ingreso promedio el que estimé como promedio para los participantes en la mencionada reunión y utilicé en ella con fines ilustrativos-, revela que hay un rango amplio dentro del cual puede ubicarse nuestro sueldo dolarizado  ab initio, el cual es dependiente de la tasa de cambio de arranque que se seleccione. Es en esta ubicación donde debemos buscar incidir. Los universitarios debemos liderar en el ámbito nacional la propuesta de la Dolarización; explicar su justificación lo más didácticamente posible al país y pelear por un rol de interlocución de nuestros expertos en el espacio donde se tomarán las decisiones.  Y debemos hacerlo, no viéndonos nuestro propio ombligo y pensando egoístamente como sector afectado, sino asumiendo la representación de todos los trabajadores del país, como nos corresponde. Nos dejamos quitar las Normas de Homologación por este régimen, es hora de retomar nuestro rol como líderes en la lucha de los trabajadores del país por la compensación salarial obligatoria de la pérdida de poder adquisitivo de la unidad monetaria. En este momento, no existe ya otra vía expedita que no sea la Dolarización. Este es el discurso que debemos asumir como bandera.

Ya para concluir, no dejo dejar fuera del tintero una pregunta que también fue recurrente en la reunión. Este régimen nunca va a dolarizar, ¿para qué enfrentarlo con esa bandera? La premisa parece muy obvia, aunque uno nunca sabe. Jamil Mahuad, Presidente del Ecuador habló pestes de la dolarización tres días antes de decretarla. No le quedó más remedio. Si este régimen  aceptara dolarizar, me atrevería apostar a que la tasa de cambio no resultaría conveniente. Tendríamos que comenzar la recuperación salarial, como se ha logrado en Ecuador, desde muy abajo. Lo ideal es que dolarizara un nuevo gobierno con acceso a financiamiento fresco. Parte de ese financiamiento, requerido para estabilizar económicamente al país, podría utilizarse para arrancar una dolarización desde un piso más alto, en el cual pudiera tratar de obtenerse una mejor paridad del poder adquisitivo con el de otros países latinoamericanos con economías de dimensiones similares a la nuestra. Es decir: con una tasa de cambio para el arranque no tan dura y lograr así implantar una dolarización más soportable. ¡Siempre va a ser dura! Esa es una realidad ya heredada. Pero la idea es ablandarla, introduciendo criterios de carácter social en las calculadoras de los tomadores de decisiones. Francisco nos ha venido presentando en el Vagón Monetario del Tren tasas de cambio “atractivas” en el contexto de la severa realidad que afrontamos. Planteadas sobre criterios sólidos, pero que lamentablemente hay que estar continuamente recalculándolas para peor, en la medida que el tiempo pasa sin tomar decisiones.

Por eso es que la presión debe producirse ya, de inmediato. Conforme más tiempo pase, peor será. La Dolarización es como un salvavidas al cual, desesperadamente, debemos asirnos, para no perecer. La Dolarización es una bandera económica, social y también política, en el sentido de que ella demanda una ventana de comunicación sencilla, orientada hacia las clases más populares, sobre del por qué el país ha sido conducido a una nefasta situación económica y de empobrecimiento social, que hace irremediable la aplicación de un trago tan amargo como es la Dolarización en lo atinente a los elementos y símbolos de nuestra identidad nacional. Es obvio que al Régimen no le va a gustar escuchar nuestros argumentos para la Dolarización. Es obvio que una exigencia como esta adquiere una relevancia política. No se va a quedar sólo en el plano económico. No tenemos por qué, nosotros, cuidarnos de restringirnos en una exigencia que ya es casi de sobrevivencia civil para no incomodar al Régimen. No es aceptable ni admisible que este pueda condicionarnos nuestros motivos de lucha y mucho menos después de la DESTRUCCIÓN Y MUERTES de las que son responsables.

Maracaibo, cuatro de enero de 2018

 

  


domingo, 17 de diciembre de 2017

Lecturas políticas a raíz de Lorenzo Mendoza como outsider


Outsider, Consenso y Transición


Asdrúbal Romero (@asdromero)

¿Debe sorprendernos la forma como la candidatura de Lorenzo Mendoza ha prendido en el sentir de mucha gente? No realmente. El anhelo de cambio en el país es poderoso. Incluso en aquellos que obligadamente tienen que darle su voto al Régimen como consecuencia del sistemático procedimiento de extorsión al que se ven sometidos. Ese anhelo demanda de alguien que lo encarne. Y todo parece indicar que ha comenzado a construirse, espontáneamente, una mayoría que exterioriza la esperanza de Lorenzo como el líder, con el perfil requerido, para conducirnos a través del complejo proceso de transición que nos espera.

Constituye la madre de los desafíos asumir ese rol. Seguramente, les desencantará un tanto el reconocimiento de mi parte que no manejo información alguna sobre su disposición anímica a asumirlo. Como ciudadano buen amante de su patria, resulta plausible pensar que se habrá contagiado con algún grado de interés por la tarea, pero hay muchas otras variables que se nos escapan. De manera tal que no escribo estas líneas para comunicarles una buena noticia para muchos. Pero sí, con la finalidad de extraer algunas lecturas políticas de la proyección que ha adquirido su candidatura.

I-Sobre la tesis del Outsider


La primera y muy obvia lectura es la evidente incorporación al debate político nacional de la tesis del outsider, como una vía alternativa para reactivar esperanzas y la motivación en el electorado a participar. Andrés Velásquez, en su visita a Valencia, reconoció que se estaban dando las condiciones objetivas de cara a considerar la posibilidad de un outsider. También Henrique Capriles, en declaraciones publicadas en El Nacional, expresó: “soy de los que he dicho que el “outsider” es una opción en el proceso electoral de primarias”. Lo cierto es, con prescindencia de como pudiera estar valorando tal posibilidad la élite política opositora, que la todavía difusa visión de un Mendoza lanzado en la carrera hacia la Presidencia le ha abonado profusamente el terreno a la inseminación en el imaginario colectivo de la idea de la necesidad de un outsider. Ahora bien, para que una iniciativa como esta pueda germinar en un proyecto político exitoso se requiere de la satisfacción de ciertas condiciones.

Lo primero es el perfil del prospecto de outsider.  Debe ser un personaje ya conocido por los electores. Los especialistas en mercadeo electoral lo agradecerán grandemente. Quien no conozca a Lorenzo Mendoza por su nombre, lo reconocerá inmediatamente al saber que preside el más importante grupo privado de empresas del país. Con el confluyente agregado que la marca Polar, por sí sola, es emblema de una enraizada tradición y de una importante presencia a lo largo y ancho del territorio nacional. Y por si fuera poco, el mismo régimen ha contribuido a promover el conocimiento del “pelucón” –una interesante opción a considerar como apodo de campaña-, como efecto colateral de su sostenida campaña para encender el odio contra los empresarios. Campaña, por cierto, que a la luz de los resultados anti humanitarios de su gestión de gobierno, ya va definitivamente enrumbada al fracaso. De manera tal que en el renglón de conocimiento por parte de la población, Lorenzo Mendoza es un “outsider natural”.

Pero no basta con exceder en este renglón. También debe sumar a su currículum de outsider un rasgo de excelencia que sea pertinente de cara al propósito en cuestión. Mendoza se anota más puntos en eso, al haber consolidado con méritos una imagen de gerente muy exitoso. Muy posiblemente, en este momento político del país, esa sed de liderazgo que colma los cerebros políticos de nuestros sufridos votantes, se satisfaga mejor con un perfil de gerente exitoso que con uno que sobresalga en el campo de la lucha política. Contamos pues con un “outsider natural”. Si, en el papel de abogado del diablo, tuviera algo que señalar: diría que un historial de exitoso desempeño en el campo empresarial no constituye suficiente garantía  de éxito en el cumplimiento de las complejísimas funciones como máxima autoridad del Estado. Por supuesto, esta afirmación es materia para un encendido y prolongado debate que no abordaré en estas líneas.

Sobre lo que sí considero vale la pena insistir es el valor que, por sí misma, contiene la idea del outsider en la actual coyuntura política por la que tristemente atravesamos, con independencia de si el presidente del Grupo Polar accede o no a dar el trascendental paso. La idea no debe ser abandonada porque un “outsider natural” –en el muy específico contexto actual- desista. El país cuenta con otros potenciales outsiders. Aunque casi sobre decirlo, a muchos les encantaría ser considerado como tales, pero son muy pocos los que pueden calificar. Además del exigente perfil, condición que ya analizamos en el caso de Lorenzo Mendoza, la idea del outsider debe ser complementada  con un proceso de selección del mismo concordante con la trascendencia con la que debe revestirse una candidatura nacional de tales características.  Una candidatura outsider no es para que se mida en unas primarias. Con respecto a esto, me atrevo a opinar que Henrique Capriles se equivoca.

II- Unidad Nacional y Consenso


El proceso de deshumanización del país ha avanzado hasta  un estadio de tal gravedad que no creo necesario abundar en ello. Tan infausta realidad reclama a gritos de las élites de esta agonizante republica la concertación de un acuerdo nacional. Sí, ya sé que se dice fácil pero que es muy compleja su articulación. Si en algo ha tenido éxito este régimen, como en la historia de la Humanidad muchos otros de férreo perfil totalitario, es en la desarticulación de la élites de la sociedad civil. Pero todavía las tenemos, casi en resiliente estado de hibernación en el ámbito de instituciones también en vías de extinción. Allí están: las diversas iglesias; las academias y universidades; las cámaras empresariales; los gremios profesionales; los golpeados sindicatos; las distintas asociaciones civiles y culturales y, por supuesto, la élite política que no sola la conforma gente de los partidos sino individualidades con comprobada experiencia en el intrincado manejo de un estado republicano. El dantesco escenario del hacia dónde nos dirigimos nos reclama a todos, en modo imperativo, el alinearnos con el Deber Ser de la Política.

Y este no puede ser otro, en tan delicado tránsito de nuestra historia republicana, que la Unidad Nacional a los fines de: la construcción de una propuesta de Transición que reordene el Estado; la definición del perfil deseable del conductor de ese proceso por un lapso específico y en condición de no reelegilibilidad; la constitución de una alianza unitaria para gobernar y la selección mediante un mecanismo conducente al consenso alrededor de ese conductor. Este proceso unitario constituye, por sí mismo, el apalancamiento que le permitirá al “outsider” seleccionado compensar esa carencia de “naturalidad” que en las presentes circunstancias exhibe Lorenzo Mendoza. Es de hacer notar que recurrimos ahora a la apelación de outsider como el producto de ese proceso de concertación y consenso nacional y no en el sentido que connota la interpretación literal del término –de allí las comillas: pudiera resultar que el outsider terminara siendo uno no tan outsider-.

La otra alternativa que se nos presenta en el horizonte político: la de recurrir al tradicional proceso de primarias para elegir a un hombre de partido como el candidato para las elecciones presidenciales adelantadas con las que amenaza el Régimen, constituye una apuesta demasiado riesgosa en el actual contexto. Me cuento entre los que cree que la candidatura de Maduro es derrotable. El Régimen no ha podido avanzar, a la velocidad que quisiera, en el agrandamiento de ese universo de electores controlable a través de su infame estrategia de dominación política por hambre. El potencial de votos alcanzable por el Régimen es pronosticable con muy aceptable precisión, incluso municipio por municipio, sin necesidad de encuestas. Ese potencial es superable con creces si la inmensa mayoría social que se opone al Régimen sale a votar. El fenómeno del 16D, cuando se eligieron los diputados de la actual Asamblea Nacional, puede ser rebasado por mucho, habida cuenta del agravamiento de las condiciones de vida de los pobladores de este aquejado país. Pero, la pertinente interrogante es: ¿saldrá arrolladoramente a votar esa mayoría social que todavía no la puede controlar el Régimen?

¿Saldría a votar por el candidato electo en unas primarias organizadas por unos partidos que atraviesan el peor momento desde el punto de vista de su imagen ante la ciudadanía?    ¿No se correría el riesgo de que tales primarias se percibieran como un episodio reiterado de una ya casi eterna lucha de intereses donde no se asoma gesto de desprendimiento alguno? En la valoración de estos imponderables, merodea nuestro cerebro la fulgurante presencia del fenómeno de la abstención por rechazo que ha brillado en las dos más recientes elecciones. No es nada desestimable que unas primarias se conviertan en confrontación de maquinarias y, de ser así, ¿puede un candidato de maquinaria hacer renacer las esperanzas en el voto y por ende la motivación a participar? Me permito dudar.

Se requiere de un camino distinto, como se lo manifestaba en mi intervención a Andrés Velásquez en la AEEC; se requiere de la creación de un clima político en el que se evidencie la colocación en primera prioridad de los más altos intereses de la nación y sus ciudadanos; de una ruta unitaria en la que la gente perciba que los más diversos sectores de la sociedad civil han participado, con notable desprendimiento, para elegir a la mejor opción para la impostergable transición con un mandato bien concreto y delimitado en el tiempo. El quid de la cuestión es conseguir el reverdecimiento de las esperanzas ciudadanas y su compromiso, en primera instancia con su voto, en la construcción de una salida a esta deplorable trampa en la que nos han hundido. Creo que la modalidad del consenso nos garantiza mayores probabilidades de lograrlo. Hablo de un proceso que demanda ingentes esfuerzos y nobles desprendimientos, como la gran palanca para levantar  la fe en que todos sí podemos lograrlo. ¡Es muchos más que el outsider¡


Tanto en el camino de las primarias como en el del consenso trabajado, el costo de perder es demasiado alto. Atrevamos a imaginarnos, sólo por un momento, un mandato de seis años más de los DESTRUCTORES. Además de la tragedia en lo económico y social, significaría la consolidación de la DICTADURA; el avance en el control cultural, político y electoral del país por la vía de sus deleznables mecanismos de control social y económico, hasta convertirse el Régimen en IDERROTABLE por la vía democrática; la consecución de su objetivo totalitario nos alejaría casi hasta el infinito la posibilidad de revertir los nefastos cambios que han venido implantando para alterar la mayoría de nuestros rasgos positivos como sociedad y pervertir todo el entramado institucional. No podemos perder. No podemos seguir jugándonos a Rosalinda en la interminable confrontación de intereses subalternos. No puedo concluir sin un mensaje a los partidos. El entusiasmo público alrededor de la figura de un outsider debe convocarles a reflexión sobre el problema de imagen que confrontan. Ojalá esta apreciable merma en su credibilidad sea un bajón de naturaleza coyuntural, porque los necesitamos muy fuertes en la construcción de un mejor futuro. Ahora es el momento de sumarse a un proyecto de unidad nacional e incluso, de ser posible, liderarlo abriéndose a la sociedad civil e integrándose con ella  a los fines de ensamblar un escenario de TRANSICIÓN bajo los principios de UNIDAD NACIONAL, CONCERTACIÓN y CONSENSO. Creo que UNIDAD es la otra palabra que debería ir en el título de este texto: UNIDAD de corazones; UNIDAD de capacidades, voluntades y esfuerzos; UNIDAD con desprendimiento por nuestra querida Venezuela que la podemos perder definitivamente. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Conversaciones sobre La Pava


Los “Neo Hércules”


Asdrúbal Romero (@asdromero)

A raíz de algunos tuits en los que mencioné este apelativo, así como en una publicación en Facebook en la que quise exteriorizar mis razones para votar este domingo 10 de diciembre por el Sr. Miguel Cocchiola, algunos amigos han tenido la curiosidad de preguntarme cuál es la idea que deseo transmitir con esto de los “neo hércules”.

Es una invención mía. Pero no es el producto de un razonamiento rebuscado, sino más bien el contenido de una de esas pompas –“pop ups”- que aparecen en tu nivel consciente sin uno realmente saber de cuál recóndita parte de tu cerebro pudiera provenir. Supongo que en su nacimiento participaron las neuronas de mi “Default Mode Network”. Me explico: la “red neuronal por defecto” –es la traducción que consigo en Google- está conformada por circuitos neuronales caracterizados por presentar mayor nivel de activación cuando, precisamente, no estamos haciendo nada en particular. A través de estudios de fMRI ellos son localizables en ciertas regiones del cerebro. Cuando nuestra mente anda vagando -el fenómeno del “mind-wandering”-, es cuando las redes neuronales de nuestra DMN más se activan, lo cual suele asociarse a bajos niveles de felicidad.

Como lo expresa Judson Brewer, el autor principal de un muy referenciado artículo publicado por la Academia Nacional de las Ciencias de USA, la DMN transporta nuestra mente a un lugar distinto de donde realmente estamos. Consecuentemente, su activación es indicio de que no estamos para nada enfocados en lo que se supone debiéramos estar haciendo en ese momento, sino pensando con arrepentimiento en algo que hicimos y no debimos hacer, o abrumados por las preocupaciones sobre lo que nos puede deparar el porvenir. No debe extrañar entonces ni a tirios ni a troyanos que, inmersos en este cuadro de dantesca destrucción de nuestro  modo de vida, la mayoría de los venezolanos andemos por allí con nuestras DMNs activadas.

Ese debe haber sido  mi caso. Pensando sin saber que pensaba en el país, estado en el cual con mayor frecuencia me sumerjo significativos lapsos, las andadurías de esas regiones del cerebro que, obstinadamente, se niegan a ser acalladas así lo intente con fallidos ejercicios de meditación, trajeron a mi conciencia esta idea sobre una nueva clase de “prohombres” que la Revolución ha parido. Son los “neo hércules”.

El haber sido transportada esta idea  en una pompa, no implica que sea desestimable el nivel de compleja elaboración que la concibió allá en las profundidades. Esta idea, me dije, tiene que tener su anclaje en unos seres de carne y hueso: los arquetipos de esta nueva raza. Y allí parecieron en imágenes  recreadas por mis pensamientos: la mayoría, sino todas, de las nuevas figuras candidaturales del PSUV para las elecciones regionales y municipales cuyos discursos pude valorar a través de distintos medios.

Estos tipos, ¿o sería mejor decir tipejos?,  se presentan como seres impolutos. No asumen para nada la mancha de ser los representantes de una revolución fracasada hasta el hartazgo. Nos describen la situación del país, o de sus regiones, como si fuesen candidatos de cualquier partido opositor. Reconocen todo lo malo, pero ellos lo van a componer todo. Sin sonrojo alguno, estos “caretablas” –como los tipifica el pueblo-, reconocen implícitamente que todo el desastre es consecuencia sólo de la incapacidad de quienes les antecedieron en los cargos a los que ellos aspiran. Y obvian, interesadamente, la mayor contribución a ese rotundo fracaso del fallido modelo del cual son abanderados.

Les han dicho desde la sala situacional que todo lo controla con asombrosa verticalidad: “no importa que arrojen fango hacia atrás, si con ello pueden presentarse como los adalides de la nueva esperanza”. Ellos constituyen la mejor demostración que el Régimen ha alcanzado nivel post doctoral en la línea de reciclar esperanzas. A los que cubren de oprobioso fango, no les importa o fingen que no les importa, porque, como dice un amigo analista que bien les conoce por dentro: todo se reduce a un apestoso pegamento clientelar que mantiene unido a ese partido. Mientras sigan teniendo su cuota de prebendas y les permiten preservar lo mal habido, morirán callados en el altar de las nuevas promesas. Hasta ahora ha sido así, aun cuando el estrangulador empobrecimiento del país les estrecha márgenes de maniobra y el caso PDVSA permite avizorar algunas probabilidades de que la podrida lógica clientelar pudiera cambiar.

Suceda lo que suceda, al Régimen sólo le queda continuar practicando su deporte preferido: ganar tiempo corriendo la arruga en espera de un milagroso acontecimiento que les salve de la hecatombe. No terminan de darse cuenta que la han corrido tanto que ya ni esa escasa esperanza pueden albergar. Pero no importa, han llegado los héroes de la nueva mitología con habilidades y capacidades especiales por encima de lo normal, tal cual los “comics” de Marvel o la Liga de la Justicia. Han heredado esos poderes supra terrenales del gran Zeus que yace eternamente en el Olimpo del Infortunio. Vienen a resolvernos la vida en los estados y alcaldías.

Y es así como ahora contamos con Héctor Rodríguez;  Rafael LaPava; también algunas mujeres maravilla y, casi le olvidaba,  con el Willy Casanova que va a salvar a Maracaibo de la pavorosa oscuridad y del tremendo basural que pulula en sus calles como he podido, dolorosamente, constatar en mi más reciente visita al añorado terruño. Se pueden observar algunas diferencias entre ellos. El Héctor de Miranda, nótese la referencia mitológica a la distante Troya, no halla cómo bordar su discurso para no desapegarse de su principales manantiales ideológicos, dada su condición de  lejano heredero, con la imaginativa venta de lo que podrá conseguir con sus titánicos poderes. Mientras LaPava, pensando desde ya en su futuro post revolucionario, no se cansa de decir en cuanta reunión privada monta que eso de izquierda y derecha no va con él. Que lo suyo es gobernar para todos y entregarle también cajas CLAP a la clase media.

Pero, la terca realidad se hace presente todos los días para reírse de sus súper poderes. El colapso es indetenible. No importa cuántas groserías y mamarrachadas se digan por twitter. Al LaPava, por ejemplo, un “comando especial” de Hidrocentro se encargó de dejar a su capital sin servicio de agua corriente. Ya va para un mes con ese complejo. El sistema eléctrico le recuerda a cada rato que tiene años funcionando, casi que de milagro según decir de quienes se encargan de operarlo, sin el debido mantenimiento. Ya la gente lo que hace es reírse de ese carro de Drácula supuesto a convertirse en el inefable símil del súper roncador vehículo de Batman. La verdad: ninguno de estos “neo hércules” va a detener la caída por el precipicio que ya iniciamos como sociedad.

Hace unos días, una querida amiga me interpeló. Me cuestionó el cambio de apellido que he utilizado en algunos tuits para referirme al “neo hércules carabobensis”. Tú, tan racional que siempre te muestras en tus escritos, ¿Por qué La Pava? Todo lo que ocurre y acontece tiene causales concretas que se han estudiado y que no dependen de fuerzas del más allá. Haciéndote eco de ese mote que el pueblo le ha acuñado, no haces más que reforzar esa confusión discursiva que la Revolución ha inseminado en el imaginario colectivo. El desastre hacia el cual vamos no es consecuencia de ninguna pava, continuaba su ataque dialéctico y yo no hallaba cómo responderle. Al final, no me quedó más remedio que sentarme a explicarle lo de mi “Default Mode Network”; de cómo no podía tranquilizarla ni siquiera apelando a la “mindfulness meditation” que había encontrado en mis estudios del budismo secular.

Le dije: lo he intentado todo para tratar de olvidarme de este colapso sistémico que nos embarga. Mi cerebro insiste en vagar cual judío errante por insólitos parajes de destrucción y desolación. Recrea imágenes que laceran mi corazón. Me transporta hacia un lugar donde la superstición y la magia vuelven a ser creíbles como castigo al tanto desprecio por la sensatez de la Lógica y la modernidad científico-técnica. De allí la pavosa pompa que ha contagiado mi lenguaje, contaminándolo. De allí la razón de ser de este extraño cuento donde algunos futuribles, pretendidos “neo hércules”, nacieron chamuscados, con horrendas quemaduras en su piel, testimoniales de algún ceremonial en ese volcán del odio que ruge en el abandono de los más débiles a la más infausta de las suertes.









miércoles, 29 de noviembre de 2017

La necesidad de diferenciar las victorias políticas de las electorales

Andrés Velásquez vino en gira a Valencia. Dentro de su agenda incorporó una reunión con el Tren. Nos presentó su tesis de la necesidad de unificar a la mayor brevedad posible a la Oposición alrededor de un líder elegido en una primarias. Hubo comentarios, planteamientos, preguntas y respuestas. El Dr. Frank López le planteó al visitante la necesidad de diferenciar entre victorias políticas y victorias electorales. En el siguiente artículo queda muy bien plasmada su propuesta, la cual encuentro muy recomendable analizar.




NOS URGE COMPRENDER EL GIRO POLÍTICO DEL RÉGIMEN
Frank López



Primera advertencia: El primero de mayo de 2017 debemos leerlo como la primera señal que enviaba el régimen de que su forma de hacer política había llegado a su punto de inflexión. Un punto de quiebre a partir del cual el régimen, ya fuera del marco democrático y constitucional, forzaría a la oposición a ajustar su estrategia democrática, electoral y constitucional que había venido desplegando con tanto éxito desde el año 2006. Quiero explicar esta primera sentencia. Ese primero de mayo, el presidente de la república, invocando el artículo 348 y 349 constitucional, decidió por voluntad propia y bajo el cálculo frio de su inminente pérdida del poder, convocar, a troche y moche, a un proceso constituyente. Semejante convocatoria, hecha desde el exterior del marco democrático y constitucional, no podía sino violar el artículo 7 constitucional que obliga al presidente a mantenerse dentro de los límites constitucionales, y violar también - y abiertamente- principios sagrados de la doctrina democrática, contemplados además en nuestro ordenamiento constitucional: me refiero al artículo 347 de la constitución que establece que la soberanía reside en el pueblo, y el artículo 63 constitucional que obliga a actos electorales libres, secretos, universales y directos. Por tanto, cuando el 30/7/2017, desafiando la enorme presión nacional e internacional, el régimen impone su voluntad de efectuar la consulta referendaria para imponer su ANC, la señal había aparecido con suma claridad: El régimen, ya fuera del límite democrático y constitucional, e imposibilitado de actuar democrática y legalmente, se disponía a desconocer las dos reglas de oro de la democracia: al pueblo soberano como titular del poder y las elecciones libres, secretas, universales y directas como forma de expresión de la soberanía. Es decir, a partir de entonces ha debido quedar claro para las fuerzas democráticas que el régimen había decidido, al costo supremo de convertirse en tiranía, no entregar el poder por ningún medio.

Segunda advertencia: Pero si aquella señal no prendió las alarmas en las fuerzas democráticas, que siguieron distraídas sin variar su visión política, todas las violaciones constitucionales y de las normas electorales que le precedieron a las elecciones regionales del domingo 15 de octubre de 2017, que bien pueden leerse como la continuidad y la confirmación de la voluntad tiránica del régimen, adoptada el 30/7/2017, de no entregar el poder por ningún medio. Porque, ya sin ningún tipo de escrúpulo democrático ni legal, el régimen, en su determinación tiránica de no entregar el poder, actuó violando, sin ningún disimulo, todos, absolutamente todas las regulaciones democráticas y constitucionales del proceso electoral. Por ejemplo, como las ha enumerado la periodista Ashley Flores Montesinos en los RUNRUNES del06/10/2017, se violaron los artículos 160 y 162 constitucionales, al no realizar las elecciones regionales de 23 gobernadores y 237 legisladores estatales cuando correspondía, en diciembre del 2016. Se violó el numeral 1 del artículo 2 de la Ley de Regulación de los Períodos Constitucionales y Legales de los Poderes Públicos Estadales y Municipales, al separar las elecciones de gobernadores de las de los diputados a las Asambleas Legislativas. Se violó, además, el artículo 42 de la Ley Orgánica de Procesos Electorales (LOPE), al iniciar el proceso electoral antes de publicar el Cronograma Electoral. Se violaron los artículos 62 y 63 de la misma ley al no permitir la sustitución de candidatos. El artículo 75, al no regular la propaganda oficial. Y se mantuvo la violación de dicha ley al modificar el registro electoral luego del cierre de la auditoría del padrón, eliminando 17 mil personas en el Estado Táchira y 7 mil mesas de votación a nivel nacional; cambiando arbitrariamente los votantes de sus centros, 48 horas antes del día de las elecciones; suprimiendo el sorteo de mesas, el simulacro electoral y la acreditación de observadores nacionales e internacionales. Y como si fuera poco, expulsando con las fuerzas militares y en pleno proceso de totalización, a los ciudadanos que, como testigos amparados en la LOPE, presenciaban los conteos, según lo ha denunciado Andrés Velázquez. De manera que, si las elecciones de la ANC no prendieron las alarmas, esta violación masiva de todas las garantías electorales y ciudadanas, han debido indicarnos que se estaba produciendo un giro en la actuación política del régimen.

Tercera advertencia: En este sentido, el arrebatón arbitrario y delictivo que el régimen le hizo a los gobernadores Andrés Velázquez y Juan Pablo Guanipa en las pasadas elecciones, no deja ningún rasgo de duda de que ya existe, claramente, en este giro político, una determinación del régimen de no permitir triunfos electorales como los obtenidos en las elecciones parlamentarias del 15/12/2015. Y ello resulta más que evidente, porque si el 30/7/2017, cuando violó las dos reglas sagradas de la democracia, como los son el poder del pueblo y las elecciones libres, decidió desafiar al mundo y asumir los altísimos costos políticos que ello suponía, nada podía indicar que en estos desafíos electorales menores no fuera a reafirmar su propósito.

Cuarta advertencia: Por tanto, la determinación del gobierno de arrebatarle también el poder a los gobernadores adecos Laidy Gómez, Antonio Barreto Sira, Alfredo Díaz y Ramón Guevara, mediante el uso de la ilegal e ilegítima ANC, no puede interpretarse sino como la consecuencia de esta nueva forma de actuación política, en la que –como ya dijimos-no se contempla permitir ningún triunfo electoral como el de la AN, que ponga en riesgo el poder del régimen, porque, seamos francos, si el régimen fue capaz de violar, al enorme precio de su aislamiento y de su división interna, los principios sagrados de la democracia como son el poder del pueblo y las elecciones libres, entonces no hay razones para pensar que no esté dispuesto a violar normas y reglamentos electorales de menor jerarquía. En fin, se ha producido un punto de inflexión, un giro político, en el actuar político del régimen, que las fuerzas democráticas deben comprender para ajustar su estrategia.


FRENTE A ESTE GIRO POLÍTICO ES IMPERATIVO UN AJUSTE A LA PRAXIS POLÍTICA OPOSITORA.


1.  En razón a lo expuesto, creo que la oposición no ha tomado nota adecuada de este giro político que ha dado el régimen, de este punto de inflexión, que se ha producido en la política oficial y que la obliga a introducir un cambio de perspectiva y una reconsideración en sus prácticas políticas. Quizá esa sea la razón por la cual, en cada proceso electoral, la oposición sigue esperando resultados similares a los de la AN del 2015, sin percatarse de que, se ha producido este giro que hace que la voluntad tiránica del régimen, salvo una mayor presión internacional, no está dispuesto a permitir ningún otro triunfo electoral que lo ponga en riesgo de entregar el poder.

2.   Y esta podría ser la causa por la que los argumentos de la oposición para participar en estos nuevos procesos electorales, sigan siendo invariablemente los mismos que se esgrimieron a lo largo de los 11 años que van del 2006 hasta hoy: que no hay que ceder espacio, que se puede ganar las elecciones si se tienen todos los testigos electorales, etc., cuando el arrebatón a Velázquez deja claro que el juego político ha sido puesto en otro tablero.

3.     Es quizá por esta falta de precisión en la caracterización del momento político, que las fuerzas democráticas en estos procesos electorales, donde debe participar, centran su campaña electoral en la esperanza de un triunfo que, repito, el régimen no está dispuesto a permitir por ningún medio. Lo cual hace que esta esperanza de triunfo se convierta en una inflada ilusión difícil de alcanzar, que impide convertir las derrotas electorales en triunfos políticos. Triunfos políticos que son los que deslegitiman e ilegalizan al régimen.

4.     En este sentido, la participación electoral, en el contexto de este giro político, si bien no garantiza triunfos electorales que puedan convertirse en triunfos políticos, si deben ser medios para mostrar al mundo, a partir de las violaciones gubernamentales del orden democrático y constitucional, el carácter tiránico y bárbaro del régimen. Y ello, desde luego, usando los procesos electorales como medios eficaces para levantar las evidencias técnicas que sirva para que los órganos competentes de la comunidad internacional tengan razones éticas y jurídicas para escalar, al máximo extremo existente, las presiones necesarias para hacer retornar el Estado venezolano al orden democrático y constitucional. De esta manera, esta forma de participación emerge como la única forma de evitar la desmoralización y la derrota de las fuerzas democráticas.

5.     Por todas estas razones creo pertinente mantener la estrategia de participación electoral, pero desde luego, concientizando a los factores democráticos de que el propósito no es necesariamente el triunfo electoral sino el triunfo político, ya que una derrota electoral sufrida por la oposición – cuya probabilidad es elevada- no es necesariamente una catástrofe, toda vez que puede transformarla en una victoria política, tal como ocurrió por ejemplo el 15 de diciembre de 1957, cuando Pérez Jiménez ganó el plebiscito, quedando políticamente tan debilitado que se vio forzado a entregar el poder el 23 de enero del año siguiente. O en el año 2000, cuando Alberto Fujimori, habiendo ganado las elecciones presidenciales del Perú, sufrió una enorme derrota política que el 21 de noviembre, apenas 4 meses más tarde, se vio forzado a entregar el poder. O en el año 2017, cuando el régimen de Maduro, habiendo ganado las elecciones de la ANC, quedó políticamente tan debilitado que ha terminado aislado y a duras penas se sostiene en el poder. O el mismo hecho de que, los gobernadores Velázquez y Guanipa, luego de haber perdido las elecciones, tanto se han fortalecido políticamente que hoy han adquirido rango de presidenciables. En definitiva, este giro político que se ha producido en el régimen obliga a la oposición a revisar y ajustar su práctica política.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Let's Go Back to Basics!


Retornemos a los Fundamentos


Asdrúbal Romero (@asdromero)

En estos tiempos de tanto desconcierto, sostengo que puede ser útil retornar a la revisión de los fundamentos que, a nivel de los países democráticos más desarrollados, se consideran las bases imprescindibles para alcanzar la idoneidad de la dinámica política  que transcurre en ellos. Quizás, esta es mi hipótesis: podamos encontrar en dicha revisión parte de las causas que nos han traído hacia este escenario de severo desencuentro de las fuerzas opositoras y los ciudadanos –intra e inter-.

Cuando las cosas no andan bien, el equipo no gana, se dice en el argot beisbolero: “let’s go back to basics” –retornemos a los fundamentos-. Uno de ellos, cuando hablamos de procesos políticos, es el de la necesaria existencia y cohabitación de partidos cuyo funcionamiento sirva de soporte a una democracia siempre perfectible. Que los partidos son indispensables para el funcionamiento de la democracia es una verdad tan de Perogrullo, que algunos la utilizan para intentar acallar cualquier crítica que se le haga a los partidos bajo la acusación de ejercicio nocivo de la “Antipolítica”.

Los partidos políticos son necesarios, sí, pero no cualquier tipo de partidos. Las democracias exitosas han sido bien estudiadas. También los partidos políticos que les dan sustento a ellas. En un foro organizado en el contexto de la celebración de la FILUC, “Para seguir leyendo al País”, a raíz de una pregunta que se me hiciera en mi carácter de panelista, proponía que los estudiosos de las Ciencias Políticas acometieran una investigación. Que diseñaran un instrumento contentivo de todos aquellos rasgos deseables de funcionamiento que debieran ser satisfechos por los partidos políticos, que en nuestro ámbito nacional afirman estar comprometidos con un cambio de régimen y la construcción a futuro de una moderna democracia. En cada uno de estos ítems, una escala que permitiera medir cualitativamente el grado de cumplimiento por parte del partido bajo escrutinio del factor de deseabilidad en cuestión. Reconozco que es un proyecto ambicioso porque debería involucrar el examen de todos nuestros partidos, si ellos accedieran, extendido hacia todos los ámbitos regionales. El objetivo: obtener un ranking de aptitud de estas organizaciones, de cara al desafío que constituirá reconstruir una democracia donde los ciudadanos se sientan representados en los partidos.

El tema de la representatividad es fundamental. Desde hace muchos años, se ha reconocido, a nivel de toda Latinoamérica, que el principal obstáculo para la concreción de una agenda de democracia orientada hacia la ciudadanía es la crisis de representatividad de sus partidos políticos. Según el Latinobarómetro: en 2008 el 77% de los electores tenía ninguna o baja confianza en los partidos. En Venezuela, esta crisis hizo su erupción en la década de los 90 dando paso a la emergencia de esta pesadilla de la cual todavía no sabemos cómo salir. A muchos se les ha olvidado y recargan toda la culpa del surgimiento del fenómeno político del Chavismo en la “Antipolítica”.

En mi opinión, este es un argumento sobre simplificador de la realidad de aquel entonces. Una posición extrema que se contrapone a otra también extrema, y sobre simplificadora, que le achaca toda la responsabilidad a los partidos.  Hoy día, vemos como esta confrontación maniquea entre el blanco y el negro reitera su presencia en el debate político.  Se ha generado toda una corriente de opinión que les endilga toda la responsabilidad de la debacle electoral del 15 de octubre a los abstencionistas y  a los ciudadanos que no sólo se dejaron, supuestamente, seducir por ellos sino que, además, tampoco se movilizaron a participar en las protestas de las semanas anteriores con la cuantía requerida. En simultáneo, otros tantos generadores de opinión recargan la tinta de la culpabilidad sobre los errores, incoherencias y traspiés de los líderes de los partidos aglutinados hasta ese evento alrededor de la MUD. Se me podrá acusar de un cómodo eclecticismo, pero es mi más sincera y profunda convicción que las dos corrientes no son disyuntivas, como algunos pretenden, sino contributivas en el sentido de que ambas aportan con su verdad parcial a la explicación de lo que ha venido aconteciendo en el mayoritario flanco opositor. Todos, partidos y ciudadanos, le hemos añadido ingredientes y condimentos a este caldo indigesto que no terminamos de hallar la forma de cómo digerirlo.

En ese “todos” debemos incluir a los cómodos ciudadanos que no terminan de entender que este descomunal problema que afrontamos es de todos y que ya basta de exonerarse de responsabilidades asignándole exclusivamente a los partidos la titánica tarea de resolverlo. Pero también  hay que incluir a todas las fuerzas políticas.  A las que salieron derrotadas pero que, sintiéndose arropadas por el argumento extremo de señalar como única causa de su derrota al abstencionismo, continúan en una endemoniada dinámica hacia adelante como si nada hubiese ocurrido. No han dado muestras de haberse detenido a pensar si su problema pudiera ser el de haber perdido la conexión con sus supuestos representados. Hablan de Unidad, Unidad, Unidad…, pero tampoco dan muestras de haber hecho esfuerzos en la dirección de cómo recomponerla. Y también son responsables, las otras fuerzas que ubicadas en la otra esquina del maniqueo boxeo  blanco versus negro, pierden representatividad al no percibir los ciudadanos de a pie claridad ni concreción en la prometida ruta alternativa que nos conducirá al cielo –porque sí, ese día que hayamos salido del Régimen me sentiré como en el cielo-. Critican a los otros de haber acabado con la “calle” pero tampoco se muestran ellos con la potencialidad de organizar  “su calle”, quizás porque tengan miedo de que a ellos sus supuestos representados tampoco les acompañen.

En definitiva, que estamos todos quedando muy mal como país. ¡Todos! Y que en este trágico escenario del desencuentro, parece evidenciarse, de nuevo, una crisis de representatividad de los partidos. ¿Qué hacer? “Let’s go back to basics”. Los partidos deberían hacerse un profundo examen de conciencia sobre si lo están haciendo bien como partidos. ¿Están trabajando en la consolidación de una organización celular que les proporcione cobertura geográfica a sus iniciativas estratégicas, más allá de lo mediático? Esto es fundamental de cara al reto de convertirse en un auténtico partido moderno. Estoy consciente de la dificultad de avanzar en este aspecto en el contexto específico del país como lo tenemos y las severas restricciones de financiamiento, pero aún con todas las limitaciones no se debería perder el norte de hacer todo lo que se pueda, y donde se pueda, para ir ganando terreno en esta dirección. Si al menos se hubiese avanzado en el ámbito de los bastiones opositores, otro gallo hubiese cantado el 15O.

¿Se está trabajando en la estructuración y fortalecimiento de los organismos funcionales? Esto es básico de cara a la instalación de mecanismos de articulación con la sociedad civil. Se necesitan urgentemente las fracciones partidarias  de jóvenes, gremios profesionales, educadores, organizaciones obreras, universitarias, etc. Cada una de ellas haciendo política en su ámbito natural. ¿Cómo está funcionando la democracia interna? ¿Existe confrontación de ideas en el partido y se respeta su diversidad? ¿Se producen documentos sobre estas discusiones? ¿Se trabaja en el diseño de una visión estratégica compartida por todos los miembros del partido? ¿Cómo anda la formación de los dirigentes del partido a todos los niveles?

¿Se trabaja en el diseño de una narrativa política y los diversos instrumentos de comunicación para poderla permear hacia todos los ciudadanos en sus diversos niveles de formación? ¿Disponemos de mecanismos para elegir a los mejores para el ejercicio de las funciones públicas que el partido vaya a asumir? ¿Se han incorporado mecanismos meritocráticos para la designación de los representantes? ¿Se han creado las condiciones para que intelectuales, empresarios, en general ciudadanos con trayectoria en otros ámbitos no políticos pero con inquietudes, puedan incorporarse con cierta comodidad a las labores del partido?

Podríamos continuar postulando interrogantes como esta, pero no se trata de diseñar en este artículo el instrumento al cual hicimos referencia. Estamos conscientes, lo reitero una vez más, de que  los positivos de las respuestas a todas estas interrogantes apuntan hacia un ideal muy difícil de construir habida cuenta de las nefastas circunstancias. ¿Pero al menos se tiene claro el norte de hacia dónde deben enfocarse las actividades del partido y se ha comenzado a trabajar en cada una de las áreas? Porque el quid de la cuestión es el siguiente: Tenemos por delante el formidable reto de reconstruir al país; y lo queremos hacer en democracia; necesitamos para ello de partidos idóneos con visión de modernidad. No se vale eso de que ahora tengamos partidos mediocres, chucutos, que luego, cuando lleguemos al poder, los vamos a reconvertir de la noche a la mañana en los partidos que se requieren en esa visión del gran país del futuro que pretendemos vender. En consecuencia: la gran pregunta que deberían hacerse al interior de todos nuestros partidos es si ellos ya se están preparando para funcionar como los partidos de esa vigorosa democracia que nos venden como en un sueño. A lo mejor, al calor de estas respuestas, a preguntas que quizás ahora parezcan como inoportunas, podamos conseguir algunas claves de por qué la representatividad de los partidos vuelve a estar siendo tan comprometida.