sábado, 23 de marzo de 2019

Sobre la Democracia Que Queremos

Una discusión debe darse alrededor de la "Democracia Que Queremos", la cual no está tipificada en el Plan País. Al respecto un artículo esclarecedor extraído del blog de las Autonomías Políticas.


La Democracia Iliberal Venezolana

Dr. Nelson Acosta (@acostanel)



En años recientes ha surgido un concepto que intenta describir una forma novedosa de autoritarismo que se ha hecho presente en diferentes países occidentales. Fareed Zakaria, periodista estadounidense, en un escrito publicado en el año 1997 acuñó el término democracias iliberales. Con este concepto el autor llamaba la atención sobre el hecho de que un conjunto de países que lograron instaurar democracias entre 1974 y 1990 no siempre alcanzaron establecer sistemas de liberalismo constitucional. Se celebraban y ganaban elecciones pero se regían por una lógica poco respetuosa con el Estado de derecho y las libertades individuales.

Esta circunstancia, acuñada por el periodista estadounidense, en la actualidad es una realidad política en un sinnúmero de países. Describe, por ejemplo, regímenes como el de Erdogan en Turquía, la Hungría de Viktor Orban, la Rusia de Putin y Polonia de Jaroslaw Kaczynski, entre otros países. En nuestro predio, la Venezuela socialista es un ejemplo paradigmático de esta separación entre democracia y su contenido liberal.

¿Qué implica la disociación de estas dos dimensiones políticas? En un primer momento envuelve el alejamiento de la variable democrática del constitucionalismo liberal. Y, por otro lado, el intento de subordinar la garantía de los derechos individuales a la voluntad de la mayoría. En otros términos, esta orientación iliberal no obedece a insuficiencias de naturaleza democrática, sino a la falta de respeto por las instituciones independientes y los derechos individuales.

Vamos a detenernos y posar la mirada sobre la coyuntura política en nuestro país. Sostengo que estamos en presencia de una oportunidad histórica para enlazar en forma orgánica la dimensión democrática con la liberal. El propósito de intentar esta articulación es profundizar estas dos dimensiones y construir una democracia verdaderamente liberal.

Iniciemos esta breve reflexión formulando esta interrogante. ¿En algún momento de nuestra historia la dimensión liberal de la democracia ha sido relevante? Creo que la repuesta es negativa. La iliberalidad ha sido la característica básica de nuestra historia política. De hecho, la mayoría de nuestras agrupaciones políticas han asumido un perfil socializante articulado a una cierta orientación de naturaleza populista.

Una breve revisión de nuestra historia política mostrará como el relato democrático ha sido separado del constitucionalismo liberal; vale decir, instituciones liberales como el Estado de derecho o las garantías de los derechos individuales han tendido a ser subordinados o sacrificados en el altar de la voluntad de las mayorías. Es en este sentido que podríamos calificar nuestro sistema político como una democracia iliberal.

En las líneas que siguen intentaré desarrollar una hipótesis de naturaleza política. Esbozaré, igualmente, lo que a mi juicio podría constituir una oportunidad histórica para refundar nuestra democracia y lograr una articulación fuerte con los principios liberales. Vale decir, intentar generar un relato político que oferte una profundización de la democracia y, al mismo tiempo, se engarce con la defensa de los derechos individuales.

El chavismo-madurismo ha tenido éxito en desgastar la versión populista del discurso democrático. No tan solo han profundizado este desgaste. Aunque parezca contradictorio ha generado espacios discursivos para la articulación de dos relatos, en apariencia, contradictorios: el liberal del Estado de derecho, de la separación de poderes y de la afirmación de la libertad individual y el relato democrático que apunta a la igualdad y la soberanía popular.

Una estrategia opositora inteligente debería intentar conectar a su apuesta política estas dos vertientes. En otras palabras, la tarea a desarrollar ha de ser la construcción de una nueva voluntad democrática con capacidad de establecer nexos connotativos con la vertiente liberal y, a partir de ahí, construir una nueva identidad política a la diversidad de nuestros actores colectivos. Desde luego no es una tarea fácil. Sin embargo, el fracaso del socialismo del siglo XXI ofrece una oportunidad única para intentar dotar de contenido liberal a nuestra cultura democrática.

Para alcanzar este objetivo, sería imprescindible elaborar un relato que tenga una orientación transversal que desborde la división izquierda/derecha y articule armoniosamente las lógicas liberal y democrática. De alcanzar esta meta se estaría en condiciones de construir una nueva voluntad ciudadana, democrática y liberal.

Esta tarea es una exigencia de las actuales circunstancias políticas.
12 de noviembre de 2018

jueves, 14 de marzo de 2019

Sobre la Forma de la Solicitud de Activación del 187.11



¡Dejemos de hacer el ridículo!

 @asdromero


Cuatro días después del fallido ingreso de la ayuda humanitaria, la fracción 16J da rueda de prensa para anunciar que solicitará ante la Asamblea Nacional la aplicación inmediata del artículo 87 ordinal 11 de la Constitución Nacional (“Corresponde a la Asamblea Nacional: Autorizar el empleo de misiones militares venezolanas en el exterior o extranjeras en el país”). Según los declarantes, tal artículo es la alfombra jurídica en la cual podría apoyarse el Presidente Guaidó, para gestionar ante la coalición internacional el ingreso de una fuerza militar pacífica que posibilitara el ingreso de la ayuda humanitaria. Debo confesar que dicha solicitud me produjo suma extrañeza. Por cierto, similar a la que sentí cuando el General Efraín Vásquez Velasco, figura visible en ese momento del acuerdo militar que en el 2002 había depuesto a Chávez y ungido a Carmona como presidente de una transición, salió reclamándole a éste por televisión que estaba haciendo las cosas mal. Recuerdo que estaba en Madrid, me levanté del sillón y le comenté a mi ex esposa “Estamos jodidos”.

Posteriormente, líderes prominentes del movimiento Soy Venezuela, menciono en particular a María Corina y al ex alcalde Antonio Ledezma, se han hecho protagonistas de una campaña mediática en la que se demanda la activación del 187.11 ya. La misma ha venido tomando calor -demasiado para mi gusto: se podría aplicar perfectamente la frase “de aquellos polvos, estos lodos”-,  hasta llegar a una batalla donde el hashtag diferenciador de los dos polos es “Intervención Ya”. Batalla en la que participa gran cantidad de ciudadanos comunes en extremo sensibilizados, comprensiblemente, por todo lo que viene aconteciendo a raíz del Mega Apagón. Y digo esto porque no es verdad que la subida de tono de las críticas y cuestionamientos a Guaidó, provengan sólo de robots tuiteros activados por el Régimen o de miembros de alguna secta satánica cuyo objetivo sea el de destruir el liderazgo emergente del Presidente de la AN, como lo pretenden hacer ver quienes ansiosamente le defienden.

Partiendo del entendido, que fue una “nueva unidad” la que convino con la coalición internacional una ruta que arrancaba con la juramentación como presidente encargado de Guaidó –en la que sus cabezas visibles en representación nuestra fueron los dos protagonistas ya mencionados más Julio Borges y Leopoldo López (esta versión me la continúan corroborando todas las fuentes)-y que a esa unidad se integró el resto de la “vieja unidad”, en no tan perfecta armonía, para construir la “REPOTENCIADA UNIDAD OPOSITORA” de cara al capítulo final de la pesadilla, permítanme hacer el siguiente cuestionamiento que es de forma más que de fondo. ¿Cómo es que una fracción de la misma se dirige en público a la otra fracción para plantear un tema tan álgido y delicado?

¿No sería lo procedente que antes de ventilar en público tal alternativa se hubiesen sentado a puerta cerrada las dos fracciones a discutir sus pros y sus contras y, de haber arribado a un acuerdo, hacer la obligante consulta a quienes en definitiva asumirían la ejecución de la intervención militar humanitaria? No sé, me pregunto yo, en aplicación del sabio aforismo popular que no siempre al que pide le dan. ¿Qué pasaría si, dándose el acuerdo alrededor de “Intervención Ya” y haciendo pública la solicitud, incluso con posterioridad a una sanción por unanimidad de la AN como debería ser, los socios externos respondieran: nada de eso, nosotros continuamos apegados a nuestra estrategia de la Boa? –para los pormenores de ésta consultar en este mismo blog artículo de Julio Castillo “La Boa y el Halcón”: https://quepasaenlauc.blogspot.com/2019/03/inteligente-metafora-sobre-la-etapa-del.html

En lo personal, he estado convencido que existe un plan con un guion cuidadosamente elaborado. Sí, así haya tenido un puntual revés, al menos en el cuadrilátero discursivo, el 23 de febrero con lo del fallido ingreso de la ayuda humanitaria y la pérdida innecesaria de muchas vidas. Obviamente, el plan continúa. La reciente decisión de solicitar la ayuda internacional para impedir la continuidad del bombeo petrolero a Cuba es un eslabón muy importante de ese plan. Y se están produciendo otras también muy importantes a nivel internacional, como la del gobierno de la India. Al Presidente Guaidó le ha correspondido la honrosa tarea de personalizar la ejecución de dicho plan. Ese es el rol que debe jugar en concierto con quienes desean ayudarnos desde afuera y no se le puede exigir que se convierta en una especie de nuevo Superman con una capa hepta estrellada. Generar expectativas en ese sentido es irresponsable.

Aspiro que se comprenda que mi crítica, elaborada con la acidez propia de mis mañanas, sea más sobre la forma que un pronunciamiento de fondo sobre la pertinencia de una intervención humanitaria. Mal podría yo cuestionar esta opción, cuando el 16 de septiembre de 2017 publiqué en este mismo blog “El Escenario Más Probable” –ver en: https://quepasaenlauc.blogspot.com/2017/09/el-escenario-mas-probable.html -, y la intervención humanitaria, que de hecho se está dando pero no todavía bajo una presentación abiertamente militar, continúa siendo un escenario muy previsible, a menos que se produzca al interior de la coalición cuatrisoleada: un nuevo acuerdo mayoritario del cual derive la salida de Maduro. Esto ya ocurrió en 2002 con Chávez en un contexto mucho menos duro que el actual. Las consecuencias del mega apagón acelera todo al reducir los márgenes de maniobra del Régimen.

Me imagino que toda esta batalla mediática que sube y baja a Guaidó, como en una especie de montaña rusa, debe producir preocupación y sorna en nuestros socios externos. Por eso, creo que es hora y así lo solicito en carácter de encarecido favor: ¡DEJEMOS DE HACER EL RIDÍCULO!

Nota: Acompaño este post con una foto de la reunión de María Corina y Guaidó que me produjo suma complacencia. El acariciado objetivo que debe haber inspirado esa reunión debe seguir reinando. ¡Todo debe continuarse GESTIONANDO EN UNIDAD!





jueves, 7 de marzo de 2019

Inteligente metáfora sobre la etapa del proceso en la que nos encontramos


LA BOA Y EL HALCON

                                                          Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar


Aunque pareciera sugerirlo: el título del artículo, no trata de la glosa de ninguna fábula de La Fontaine, bien que al final cada quien podrá sacar la moraleja que le parezca.

Hablaremos de la boa y del halcón como depredadores y del método que tienen para cazar a sus presas. El halcón suele divisarla desde lo alto, se lanza en picada y lanza un golpe certero y fulminante que difícilmente termina bien para su objetivo. La boa, por el contrario, se acerca sigilosa a la suya, le hace inspirar confianza y cuando esta menos lo piensa se lanza sobre ella y la va apretando lentamente hasta fracturar todos sus huesos y es entonces cuando la engulle.

Es más, o menos evidente que, a estas alturas del partido, la Comunidad Internacional y las fuerzas democráticas venezolanas han optado por el método de la boa para engullir a Maduro. Es también evidente, aunque el gobierno norteamericano repita el mantra de acuerdo con el cual “todas las cartas están sobre la mesa” (lo cual es verdad), que hoy agotan la vía de aumentar la presión a los huesos de la dictadura venezolana.

Todos, absolutamente todos en el mundo están de acuerdo de que Venezuela sufre el secuestro de una satrapía sin escrúpulos que nos ahoga. Todos estamos convencidos de que los venezolanos hemos puesto todo de nuestra parte para liberarnos. Sencillamente, no pudimos convencer a nuestros secuestradores de que nos dejaran libres, agotamos nuestra fuerza, nuestras posibilidades de planear un escape y tuvimos que llamar a la policía para que viniera en nuestra ayuda.

Ahora bien, cuando la policía se presenta a un secuestro no llega irrumpiendo con sus escuadrones SWAT disparando a diestra y siniestra. Normalmente, hacen primero su aparición negociadores profesionales. Gente que trata de disuadir a los secuestradores. Les hacen ofrecimientos, averiguan si tienen mamá y la llevan para que hablen con ellos, les hacen ver que es mejor entregarse que morir en el sitio, a ratos los amenazan con la fuerza y les piden que miren por un agujerito para que vean a los comandos preparados para actuar. En pocas palabras, siempre hay un protocolo de actuación que se aplica con la mira puesta en que la situación se resuelva del mejor modo y al menor costo posibles.

Hoy día esa es la etapa en la que está la Comunidad Internacional en relación con la dictadura venezolana. Las presiones (léase, el abrazo de la boa) aún tienen mucho que dar de sí.  Y cuando hablamos de presiones no solo hablamos del cierre de cuentas de los capitostes del régimen y la cancelación de las visas de ellos y sus familiares (cosa que les duele muchísimo, pues los cobritos de los ahorros están básicamente en el imperio del norte) sino también de las negociaciones que se adelantan con allegados a Maduro y a su entorno. ¡Si! Leyó bien y, además, esto no es un secreto. Hace algunas semanas el senador Marcos Rubio declaró abiertamente: “para la libertad de Venezuela estamos hablando con gente a la que quisiéramos ver presos.” El propio Elliot Abrahams lo ha dicho igualmente. En materia de presiones esta es la más importante de todas. Es la que ha puesto a Maduro a dormir con un ojo abierto y el otro también. Él sabe que su primer anillo de poder es una colcha de retazos de intereses y que casi todos están con él para defender el feudo que le ha correspondido en el reparto. Como el general Obregón, Maduro sabe que no tiene “general que aguante un cañonazo de 50.000 pesos”.

Es natural suponer que los negociadores están tocando esas peligrosas teclas para la dictadura. Es además evidente que esas negociaciones están produciendo efectos. Es lógico suponer que tienen fundadas razones para pensar que los ofrecimientos que hacen al entorno de Maduro están aflojando tuercas y que se pueden ahorrar los miles de inconvenientes políticos y financieros que una aventura violenta supondría. El solo hecho que esa línea de acción continúe, lejos de ser una mala noticia, es más bien una muy buena. La cosa esta funcionando.

Habrá siempre algunos impacientes que regresen con el mantra que cada día que pasa hay que contarlo en sufrimiento y desgracias para nuestro pueblo y nadie podrá decir lo contrario. Habrá otros que, demasiados aficionados a las películas de James Bond, piensen que un buen Martini, una chica Bond y una operación comando, pueden resolver el asunto. Pero la realidad suele ser siempre más complicada y menos cinematográfica.

La boa sigue trabajando sigilosamente, aprieta y siente como los huesos crujen. La presa no tiene escapatoria. Incluso, si en un movimiento hábil lograra escaparse, malherida como esta, no llegara muy lejos del halcón que sobrevuela.

viernes, 15 de febrero de 2019

Mi "Pero Político" sobre la Presentación del Plan País en Carabobo


Una Observación en Buena Lid

Asdrúbal Romero M
@asdromero


Escribo estas líneas en calientico, porque creo que su mensaje principal debe llegar raudo a quienes pueden corregir. Asistí esta mañana a las instalaciones de la Asociación de Ejecutivos del Estado Carabobo. Debajo del magnífico techo de Cruz Diez, se realizaría una presentación del Plan País a los ciudadanos carabobeños, como en efecto se hizo de excelente manera.

El auditorio se quedó pequeño. Los asistentes rebosantes de expectativas, escucharon con mucho interés las intervenciones de los encargados de presentar los lineamientos estratégicos del Plan. Hubo coherencia en los discursos. Constaté que las líneas fundamentales continúan siendo las diseñadas para las elecciones del 2012 en las que se enfrentaron por la Presidencia de la República Capriles y Chávez.

Venezuela, un país que en el futuro vuelva a ser uno donde los ciudadanos puedan vivir de su trabajo. Un país en el que las oportunidades para progresar no puedan ser irreversiblemente clausuradas por la contingencia del estrato social en el cual naciste. Un país en el que la función primordial del Estado sea garantizar la creación y sostenimiento de ese espacio de oportunidades para que los ciudadanos puedan progresar. Salud, educación y formación para el trabajo, oportunidades de empleo, etc. En lo personal, me satisface la consistencia en el tiempo de la visión de la renaciente Venezuela. Habrá que escudriñar más en el cómo se va a lograr esa visión. Tal ha sido el grado de destrucción, que aunque suene a Perogrullo: todos los días debemos decirnos mil veces, como hacer planas,  que no va a ser fácil.

Todo muy bien, los organizadores deben sentirse orgullosos, pero...

Hubo algo del contexto político del acto que no me gustó. Visto desde la perspectiva de la necesaria integración, también en cada uno de los ámbitos regionales, de las fuerzas políticas nacionales que se articularon en la concertación, con una poderosa coalición internacional, del plan político que ha creado esta inmensa oportunidad para finiquitar la usurpación.

A ver: estoy convencido que, al menos a nivel de todo el estamento político opositor, se conoce que cuatro líderes, en representación de sus respectivos movimientos, fueron los responsables de asumir las complejas negociaciones que nos han traído hasta este escenario de no retorno. Supongo que ellos cuatro pudieron ejercer la representación nacional, habida cuenta del reconocimiento que les ha conferido la coalición internacional para representarnos. Ellos son y los voy a mencionar en orden alfabético de sus nombres: Antonio Ledezma; Julio Borges; Leopoldo López y María Corina Machado.

Esto ya, prácticamente, no es un secreto para nadie. Todo el mundo sabe a cuáles fuerzas representan, quizás sólo en el caso de Julio Borges haya que aclarar que representa a la fracción "no caprilista" de Primero Justicia -así se ha difundido-. Teniendo esto en cuenta, si el maravilloso acto de esta mañana hubiera sido organizado por la Asamblea Nacional, o por su correspondiente capítulo carabobeño, no habría problema. Pero no fue así, la organización del evento fue asumida sólo por el Frente Amplio Capítulo Carabobo, con el cual no se sienten representadas todas las fuerzas que a nivel regional ejercen la representación de los liderazgos participantes en la gestación del otro plan, el previo, el plan sin cuya concreción todos los deseos vertidos en el Plan País se verían diluidos.

Dicho en términos más claros, me habría gustado ver al frente de la organización del evento una integración de Frente Amplio y Soy Venezuela. Me comentaba alguien a la salida del evento, hoy día más identificado con Soy Venezuela, que a pesar del descontento en ese movimiento, "porque lo ocurrido ha venido siendo reiterativo", se continuaba trabajando para no dañar en nada la “Gran Oportunidad”. Muy loable esto, pero el germen de un ruido político destructor de unidad comienza a activarse y esto es algo que debemos evitar a toda costa. El momento político demanda mucha generosidad.

Aún en el supuesto de que se produzca el cese de la usurpación, el muy apetecido éxito de la primera etapa del Plan, vienen tiempos muy complejos y difíciles en los que la real unidad de las, hoy día, fuerzas opositoras se constituirá en un activo político muy preciado de cara a garantizar la gobernabilidad y, por ende, la estabilidad de la transición.

Por esta razón, siempre he sido defensor a ultranza de la real integración de las fuerzas opositoras, de la Unidad Superior, aunque esta denominación haya sido un poco desgastada en épocas anteriores. Creo que todos los ciudadanos debemos convertirnos en demandantes de esta unidad. No podemos darnos el lujo de que se repitan errores como cuando un G4 tomaba decisiones en nombre de todas las fuerzas que integraban la MUD. Eso hizo mucho daño. Me consta.

Por supuesto, alguien podría decirme: pero ahora me estás hablando de un nuevo G4. Sí, pero las circunstancias son muy diferentes, porque este nuevo G4 surge del reconocimiento que a nivel internacional se les otorgó a los líderes ya mencionados. Un hecho clave, porque sin el apoyo internacional no habría fuerzas para garantizar el cese a la usurpación. Y ese poder dado a ellos se ha transferido, de hecho, a una base política mucho más amplia integrada en la Asamblea Nacional. Ese poder debe ser administrado con el mayor cuido posible de la Unidad. Hoy no lo hubo.

Quien esto escribe fue coordinador del Frente Amplio Capítulo Carabobo, así que mal podría argumentarse que este reclamo surge de alguna mal disimulada querencia con las fuerzas políticas que fueron segregadas. Mi única querencia, desde el principio, fue con la Unidad. Así consta en todos mis escritos e intervenciones públicas. Fui firmante con el Padre Ugalde y más de quinientas personalidades de un manifiesto dirigido a los políticos solicitándoles, encarecidamente, se integraran en unidad.  El manifiesto del Frente Amplio Venezuela Libre, que fue leído en el Aula Magna de la UCV, lo aplaudí y defendí con vehemencia por considerarlo un llamado sincero a la integración de todas las fuerzas y liderazgos nacionales. No se logró, lamentablemente. Tuvo que ser la presión internacional la que forzara la necesidad de un acuerdo. Debemos mantenernos en el respeto a esa línea.

Cuando hoy escribí un tuit anunciando que sería explícito en la exposición de mi “Pero Político” al acto, que en todo lo demás fue muy satisfactorio, un querido amigo me pidió que difiriera mi explicación para después del cese de la usurpación. Leí entrelíneas que su petición la hacía en aras de la unidad. Lo paradójico es que en aras de la unidad necesaria, profunda, sin tapujos, construida sobre el debate de las ideas y realidades, he sentido que mi deber ciudadano es exactamente lo contrario: salirle al paso, inmediatamente, en calientico, a las posibilidades de que se generen ruidos políticos dañinos y crezcan echando por tierra lo que se ha logrado hasta ahora. Nos ha costado mucho. Sangre, sudor y lágrimas. El cese de la usurpación ya no depende de nosotros. Pero lo que viene después sí y, para ello, necesitamos mantener el mayor alineamiento de las fuerzas comprometidas, verdaderamente, con el cambio que nos conduzca a esa bella Venezuela que nos dibujaron hoy.

sábado, 2 de febrero de 2019

Las lecciones de Zimbabwe



Cuando el Dinero Destruye Naciones

(segunda de dos entregas)


Asdrúbal Romero M
@asdromero


1-Sobre las causas originarias de la "Tormenta"



Zimbabwe fue conocida como la "breadbasket" (literalmente: cesta de pan) de África. Deseo iniciar esta segunda entrega sobre las lecciones extraíbles por nosotros de la crisis en esa nación, con esta sencilla referencia a su riqueza. Quizás a ustedes, como me ocurrió a mí, se les haya cruzado por la mente la idea que los nefastos niveles de destrucción alcanzados en Zimbabwe fueron posibilitados por el hecho de ser un pobre país africano. Y no era así: tenía una pujante agricultura cuyos significativos excedentes eran exportados al resto de África, Gran Bretaña y Europa. Abundantes riquezas minerales: diamantes, oro, platino, etc. Vastas reservas naturales de vida salvaje. Una buena infraestructura y un sistema bancario acorde con los estándares occidentales -fue colonia inglesa-. Su economía era la décima en todo el continente.



"When Money Destroys Nations" no es un libro que analice el fenómeno hiperinflacionario desde un punto de vista estrictamente técnico. Es un raro ejemplo de un texto donde se combinan: reflexiones economicistas, que pueden ser captadas por legos en la materia, con temas de humano interés a través de una narrativa muy accesible. Es un libro muy cercano a las penurias sufridas por los ciudadanos de ese país, que aporta vívidas lecciones de cómo la masiva e ilimitada emisión de dinero inorgánico impactó, nefastamente, la vida de familias ordinarias, comunidades y organismos públicos y privados. Once años antes a la etapa cumbre de la crisis (2008), Zimbabwe había sufrido una fuerte crisis financiera. Su desesperado gobierno optó por imprimir más dinero para "salvar" a la economía. Entró en un círculo vicioso. Mientras emitía más y más dinero, el país fue descendiendo en un profundo y oscuro caos.


Es precisamente este el tema focal que inspira el título del libro: el dinero que destruye naciones es el dinero sin respaldo que inunda sus economías por emisión irresponsable de sus gobiernos. Focalizado en este asunto, los autores restringieron su período de análisis a la etapa previa a la inutilización de facto del dólar zimbabweano. "Nuestra moneda tuvo una lenta y dolorosa muerte. Todos esperábamos que la economía colapsara en cualquier instante. Las señales de alarma eran evidentes pero el "Gran Momento” llegó unos cuantos años más tarde (2008)" -testimonio de un hacendado de Harare, la ciudad capital-. Cualquier parecido con nuestra realidad...

En lo personal, me habría encantado obtener el análisis de los autores en el lapso posterior al 2008, en el que, a pesar de haber muerto la moneda, los causantes de tal muerte continuaban en el poder. Pero el libro, más orientado hacia las temáticas económica y social que la política, debo advertir que no contiene ninguna información al respecto.

En el capítulo tercero, titulado “Storm Warnings” (Alarmas de Tormenta) –se metaforiza la crisis como una tormenta-, los autores entran a analizar las causas que la originaron. Comienza citando al profesor Peter Bernholz, un economista especializado en el estudio de hiperinflaciones: “Nunca en la Historia ha ocurrido una hiperinflación que no sea causada por un enorme déficit presupuestario del Estado”. Esta cita sintetiza la fuente originaria de todos los problemas económicos vividos en aquel país y también en el nuestro, sin necesidad de entrar en excesivos detalles del relato histórico. ¡Otra  similitud perfecta!  

El régimen de Mugabe comenzó a tomar erradas decisiones económicas desde los inicios de los ochenta. Se adoptaron compromisos con el fondo de pensiones de los veteranos de la guerra civil que el país no podía sostener en el tiempo. Se involucró en la  guerra de la República Democrática del Congo, a los fines de apoyar el líder Laurent Kabila, que les resultó demasiado costosa.  Como consecuencia del incremento de los gastos del gobierno, muy por encima de los ingresos, el Régimen se hizo adicto a los préstamos financieros internacionales y al incremento de la liquidez en poder del público –lo que se conoce en los círculos económicos como M1- mediante la emisión de dinero. Desde 1990, el M1 se triplicó en cuatro años y para 1997 se había vuelto a triplicar. Esto trajo como consecuencia, que ese año el Banco Mundial paralizara la entrega de un crédito que ya estaba listo para ser ejecutado por un monto de cien millones de dólares. Se produjo entonces el pánico financiero y la abrupta caída del mercado (“market crash”). El 14 de noviembre de 1997, el dólar de Zimbabwe perdió un 75% de su valor.

Ese “viernes negro” evidenció que el Emperador estaba sin ropas –expresión de los autores-, posteriormente se producirían otros ‘”crashes”. Las deudas, que ya venían en franco ascenso, tuvieron una vertiginosa aceleración de su crecimiento después de ese año. El Régimen intento incrementar los impuestos pero esto generó fuertes protestas. Optó entonces por lo políticamente más conveniente, considerando los relativamente “pequeños” efectos negativos en el corto plazo,  pero absolutamente contraindicado de cara a la necesidad de estabilizar la economía: dar rienda suelta a una indisciplinada y masiva emisión de dinero. La gráfica que a continuación presentamos –nótese la escala logarítmica del eje vertical- habla por sí sola de cómo la variable indicadora de la base monetaria evolucionó conforme a una dinámica de inestabilidad exponencial.

En resumidas cuentas, porque tampoco es mi objetivo entrar en todos los detalles que sí están cubiertos en el texto de Haslam y Lamberti, lo importante a destacar es cómo se instaló un bucle generador de inestabilidad de manera muy similar a lo que, lamentablemente, se ha hecho en nuestro país. El de ellos explotó en el 2008, cuando dejó de tener sentido usar su moneda como instrumento de cambio. El nuestro todavía se encuentra en pleno desarrollo.




(*) Observando esta gráfica, me resulta inevitablemente tentador traer a colación las gráficas con las que nuestro amigo, el profesor Francisco Contreras de la escuela de Economía UC, nos bombardea con apasionada frecuencia en sus frecuentes publicaciones matutinas a través de las redes sociales. Es la pasión del que quiere desesperadamente advertirnos del desastre hacia el cual estamos siendo conducidos como conejillos de indias. También yo la he sentido. Las similitudes son evidentes entre los dos casos y no son producto de ninguna casualidad.  “Los Gobiernos ejercen el poder y pueden elegir la política monetaria. Sin embargo, ellos no tienen el poder ni la habilidad para manipular las consecuencias de sus políticas”.




2-Sobre las consecuencias


En la segunda parte del libro –capítulos séptimo al décimo- “Hiperinflación: la Experiencia Personal”, se nos entrega a sus lectores una fascinante recopilación  de testimonios sobre los diarios desafíos que la gente ordinaria, de todos los estratos sociales, debía afrontar durante el caos hiperinflacionario. Para nosotros, los venezolanos, es como si estuviésemos montándonos en un vehículo del parque Epcot para realizar un viaje hacia un muy probable futuro no tan lejano. A Dios gracias, todo parece indicarnos por lo que actualmente acontece en el país, que no arribaremos a él. Para que así sea, todos tendremos que poner de nuestra parte.

Como acá, en Zimbabwe también se instaló una política de control  de precios carente de toda lógica. En su celo por controlar los precios, el Régimen terminó empeorando el problema de la escasez que había comenzado cuando las tiendas y abastos dejaron de suplir muchos productos al público. La creciente escasez sólo servía para forzar los precios de los bienes aún más hacia arriba. Para mediados del 2006, ya no quedaban abastos que tuviesen algún producto en ellas. Nuestra escasez, aunque en sus fluctuaciones ha tenido sus lapsos críticos, nunca ha llegado a los niveles alcanzados en la nación africana: ¡una absoluta tragedia!

“Nuestros trabajadores estaban todos muy delgados, lo cual comenzó a ser un problema muy serio para nuestro negocio. Tuvimos eventos de trabajadores desmayándose del hambre. Tratábamos, eventualmente, de pagarles sus salarios en cajas de comida cuando las podíamos conseguir” –testimonio del ejecutivo de una empresa-.  Cualquier parecido con nuestra realidad…

“Mi esposo y yo no pudimos comer carne en todo un año. Escaseó hasta el punto que en 2008 no se podía conseguir en ninguna parte” –testimonio de una pareja de profesionales de alto nivel-. La carne desapareció y sus precios se dispararon como un cohete. El ganado vivo no podía ser trasladado por restricciones oficiales. Y cuando se le sacrificaba, su carne tenía que ser rápidamente distribuida para su consumo inmediato a través de un muy selectivo mercado negro. Era extremadamente riesgoso almacenar en congeladores debido a la reiterada carencia de suministro eléctrico.

El tema de la provisión de alimentos se politizó. El Régimen comenzó a suplir granos y algunos productos básicos en las zonas rurales, a cambio de tratar de garantizar el apoyo político. Se castigaba con la no entrega a quienes no les correspondieran. En la medida que la escasez empeoró, la distribución del Régimen fue plagada con altos niveles de corrupción y la hambruna en áreas rurales se hizo endémica. Se estima que murieron a causa del hambre cientos de miles, pero nunca hubo estadísticas al respecto. El Régimen las prohibió.

Las zonas urbanas fueron abandonadas por el Régimen en cuanto al tema de la alimentación. Surgió una nueva economía: ¡la economía del hambre! Las comunidades se organizaron para armar redes, cada vez más complejas, a los fines de facilitar el trueque de alimentos. Unos conseguían los granos para todos. Y otros el maíz o los vegetales orgánicos que se sembraban en los patios traseros de las casas. De esa manera pudieron sobrevivir. “Estábamos tan desesperados y nuestras necesidades eran tan básicas pero el espíritu comunitario fue como un pozo suplido con aguas profundas. Todos nos encontrábamos en el mismo bote y cada uno de nosotros comprendía la responsabilidad de ayudarnos los unos a los otros. Fue el “Radio Bemba” –mi traducción muy libre de “grapevine”- lo que nos salvó”.

En el capítulo noveno: “Strength in Community” (Fortaleza Comunitaria), se nos habla de cómo la crisis contribuyó a fortalecer los valores de cooperación y espíritu comunitario, lo cual fue clave para la sobrevivencia de los zimbabweanos. Cuando leí este capítulo, tuve la inquietud de indagar si en nuestro país se estaba produciendo un fenómeno como éste. Algunas personas me afirman con convicción que se está dando. Otros se quejan con dureza al expresar que los venezolanos estamos sacándonos los ojos los unos a los otros. Quizás sea en atención al tema de la especulación. Lo cierto es que en un contexto hiperinflacionario, la calificación de una actividad como especulativa o no, pasa a ser un asunto muy relativo e impregnado de altas dosis de subjetividad. En fin, para los sociólogos quedará la tarea de investigar sobre este tema.

Las colas fueron otro fenómeno en Zimbabwe. Largas colas de muchas horas para comprar el pan cuando aparecía. Y de varios días para comprar combustible, un bien muy preciado allá, no sólo por el tema de transporte sino por la necesidad de reabastecer los generadores eléctricos de intensivo uso residencial. “Lo único que podíamos hacer en esas colas, era sentarnos…esperar…y socializar. Las colas llegaron a ser puntos de conexión, en los que personas de diversos estratos sociales y orígenes establecían lazos de unidad al amparo de sus problemas comunes”. La escasez de combustible y el hecho de que los negocios cerraran muy temprano, le dio más tiempo a la gente para ejercitarse y caminar. ¡Muchos kilómetros, diariamente! Cualquier parecido con nuestra realidad…

En una entrevista con Diana Blatter, socióloga experta en esa nación africana, se hace referencia a una muy interesante interrogante: “¿Por qué algunos países descienden hacia el caos, como Somalia o Afghanistan,  y por qué otros no, como en el caso de Zimbabwe? La hiperinflación conllevó efectos muy dolorosos para la población, aun así los zimbabweanos se mantuvieron unidos, esperaron pacientemente en colas y tuvieron en el tiempo un respeto por la Ley y el orden”. En el libro se comentan varios de los factores sociológicos que contribuyen a dar una respuesta.

La población de Zimbabwe no está tan fragmentada en muchos grupos sociales de distintas culturas. Está integrada casi enteramente por la tribu de los Shona, al norte y al este, y los Ndebele, al sur y al oeste, así como los descendientes de los ingleses que la colonizaron. Al decir de los autores: hoy día sería difícil encontrar a través del planeta un grupo de gente más bonachona, pacífica y con sentido de pertenencia a su país y su comunidad. Esto ha sido clave para haber sobrevivido a tantos años de calamidad. La violencia es fundamentalmente de naturaleza política y es protagonizada por el Régimen. De resto, cualquier ciudadano puede sentirse perfectamente seguro caminando solo por la noche a su hogar u otro lugar de destino.

No obstante, la crisis sí trajo consigo un progresivo deterioro de los valores de su cultura. Como lo dijo el presidente de una gran empresa: "la hiperinflación hizo de cada uno de nosotros un criminal, porque tú tenías que irrespetar la Ley para poder sobrevivir. Nos convertimos en una nación de infractores de la Ley". Los ciudadanos ordinarios se acostumbraron a incumplir la cantidad de nuevas leyes que el Régimen aprobaba para oprimir y controlar la población, creándoles una asfixia regulatoria, lo cual fue coadyuvando a la erosión de otros valores. En el capítulo noveno se incluyen innumerables ejemplos que ilustran cómo se fue deteriorando el respeto por la autoridad. El robo pequeño se multiplicó. No se trataba tanto de penetrar a la casa de otros y hacerles daño para robarles,  sino la canibalización de bienes públicos; el hurto de inventarios de empresas por parte de los mismos empleados; el abigeato, etc. ¡Había que sobrevivir! Cualquier parecido con nuestra realidad....


Así como otra similitud con nuestro caso fue el de la migración. En la medida que las condiciones de vida fueron degradándose, muchos optaron por resolver sus problemas económicos yéndose del país. Tres millones emigraron a la cercana Sudáfrica, pero muchos otros fueron a Inglaterra, Canadá, Australia, etc., conformándose la diáspora zimbabweana. El país perdió casi un tercio de su población. Los efectos sociales fueron profundos. Aproximadamente 45% de los niños en las escuelas tenían uno o los dos padres fuera del país. Estos se iban para trabajar fuera y dejaban sus hijos con los abuelos o hermanos. Tal como ha ocurrido en nuestro país: las remesas de dinero enviadas desde afuera se convirtieron en una tabla de salvación de los que se quedaban y una fuente muy importante de divisas, alrededor de la cual se montó una completa red de negocios que contribuyeron a hacer la vida más soportable en aquella nación.

Uno de los sectores poblacionales más duramente golpeados por la crisis fueron los pensionados. ¡La generación que lo perdió todo! "Un pensionado tuvo que mudarse a una casa improvisada en un árbol. Él era brillante pero muy terco. Tenía que subir por una escalera para acceder a su casa, pero mantenía sus libros debajo, cubiertos con un plástico. Se los comieron las hormigas. Nadie sabe que se hizo él” -testimonio que me caló muy hondo de un trabajador social dedicado a ayudar a los de mayor edad-.

Para el tiempo de la mayor aceleración inflacionaria, unos ahorros de diez millones de $Z, que podían representar una sustanciosa pensión en la etapa previa a la hiperinflación, no servían ni siquiera para comprar una caja de fósforos. Los fondos de pensiones fueron licuados.


En la medida que vamos pasando revista a los diferentes efectos de la crisis en Zimbabwe, vamos dándonos cuenta de tantas semejanzas. De manera tal, que este prometido viaje hacia un sombrío y probable futuro nuestro, de continuar en el curso del despeñadero, ha tenido mucho sentido hacerlo. Ojalá se constituya en un acicate para que todos demos el resto en el reto de apartarnos de este curso hacia el No Fondo.

Ya concluyendo el viaje, en el capítulo octavo se tratan las consecuencias alusivas al cierre técnico del Gobierno que ya fueron comentadas en la primera entrega. En el décimo se aportan detalles precisos de como la muerte de la moneda terminó concretándose. Y no le haría justicia al libro sino mencionara que sus autores, en una tercera sección, tratan un tema al cual le asignan especial importancia, aunque ya no directamente relacionado con el Caso Zimbabwe. Denuncian que varios países del mundo desarrollado, con Estados Unidos llevando la voz cantante, han venido recurriendo desde la crisis financiera de 2008, a masivas emisiones de dinero inorgánico. Basados en esto, lanzan un llamado de alerta sobre la probabilidad de una tormenta global.


Zimbabwe, de ser un país feliz pasó a ser uno donde todavía reina la desgracia. Hambre. Miseria. Desnutrición infantil. Abandono de los ancianos. Insalubridad. Cese de las funciones sociales del Estado. Escuelas vacías. Familias rotas. Primitivización de la vida. Éxodo. Desolación. Desesperanza. ¡Cuántas palabras pueden dejarse caer por nuestras mentes para completar el dibujo de estas modernas versiones de campos de concentración!

La mayoría de los venezolanos, hoy día embelesados en la inminente concreción de una intervención humanitaria (“El Escenario más Probable” en http://quepasaenlauc.blogspot.com/2017/09/ ), no querrán saber de viajes a un indeseable futuro. Pero la amenaza de estos modernos Auschwitz continúa expectante del qué haremos en adelante para evitarla. Estoy firmemente convencido que una de las claves está en la Educación.  Y por ello, concluyo citando a unas sabias palabras del filósofo Theodor W Adorno:

La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación. Hasta tal punto precede a cualquier otra que no creo deber ni poder fundamentarla. No acierto a entender que se le haya prestado tan poca atención hasta hoy. Fundamentarla tendría algo de monstruoso ante la monstruosidad de lo sucedido” 

domingo, 20 de enero de 2019

¿Por qué nos interesa el caso Zimbabwe?



Cuando el Dinero Destruye Naciones

(primera de dos entregas)


Asdrúbal Romero M
@asdromero


1-Nuestro futuro escenificado en otras latitudes


When Money Destroys Nations” es el título de un libro cuya lectura me propuse como objetivo en cuanto supe de su existencia. Acometí una verdadera cacería en la nube de descargas digitales hasta conseguirlo. Mi empeño por conocer a mayor profundidad lo acontecido en la republica africana de Zimbabwe –anteriormente conocida bajo su nombre colonial de Rhodesia del Sur-, desde la perspectiva de la destrucción de su economía, motivó tan inusual cacería. Dos de las interrogantes que sus autores, Philip Haslam y Rusell Lamberti, proponen en su portada como señuelo para motivar a los lectores, han sido, precisamente,  dos de las cuestiones sobre las que había ansiado indagar a fin de intentar un análisis comparativo con el caso de nuestro país: ¿Cómo la hiperinflación arruinó a Zimbabwe? Y la segunda, más interesante al menos para mí: ¿Cómo la gente ordinaria logró sobrevivir?

Para quienes no conozcan de tan interesante precedente de nuestra propia dinámica destructiva, quizás sea propicio introducir este texto con un par de datos bastante indicativos de los muy nefastos niveles hasta donde podría llegar el hundimiento de nuestra situación económica y social. Queriendo decir con esto, que por muy infernal que nos parezca la paila en la que ya nos encontramos, todavía hay rango para hundirnos en más dantescas profundidades, a juzgar por los records negativos que se produjeron en Zimbabwe. Todavía continuamos en el recorrido de una trayectoria conducente a superar esos records que ningún país quisiera superar.

La dinámica de gestación, intensificación y arrase final de la tormenta económica en ese país duró dos décadas. Comenzó a intensificarse después del “Black Friday” en 1997 –sí, también ellos tuvieron su viernes negro-. En la siguiente tabla se presentan los datos de inflación anual arrancando desde ese año.
























Evidentemente, todavía nosotros no hemos alcanzado tan astronómicos  índices inflacionarios, pero vamos en la vía. Algunas proyecciones sitúan nuestro porcentaje de inflación para el próximo año en el orden de los veinte millones. Veinte más seis ceros a la cola. En Zimbabwe alcanzó 89,7 más veintiún ceros a la cola. Una magnitud que se pierde vista. Que es difícil imaginar que pueda alcanzarse cuando ya estamos sufriendo una hiperinflación que percibimos como insoportable.  Es posible que ese estimado de porcentaje de inflación nuestra tenga que revisarse varias veces en el 2019, tal cual observamos ocurrió en el país africano a lo largo del 2008. Ese fue el año en el que la moneda de curso legal de ese país dejó de utilizarse. El dólar zimbabweano quedaba finalmente sepultado.

Esta afirmación nos conduce de manera natural a aportar el otro dato que viene a ser un correlato de la dinámica inflacionaria. A lo largo de todo ese proceso de destrucción de su moneda, el banco central de Zimbabwe le quitó ceros a su unidad monetaria en tres oportunidades. ¡Para un total de veinticinco ceros! Es decir: un billete de Z$1, al final de todo el lapso hiperinflacionario se habría convertido en uno por un valor de Z$10 000 000 000 000 000 000 000 000, de no haberse removido todos los ceros que se vieron obligados a trasquilar. En Venezuela, vamos por ocho y, tal como van las cosas, con signos claros de agotamiento de la pertinencia del cono monetario recientemente puesto en vigencia y la muy probable aceleración en las fechas venideras de remoción de ceros del bolívar sin apellido.

Los dos indicadores aportados son tremendamente reveladores de una crisis que se comenzó a cocinar lentamente y fue ganando momentum hasta explotar con letal exponencialidad. ¡Cómo ha ocurrido en Venezuela! Como lo dicen los autores: “La Hiperinflación no es algo que acontece así como así. Tú no te levantas una mañana y consigues que tu país se ha deslizado en ella. La dinámica de hiperinflación se va armando en el tiempo, va creciendo en momentum mientras va generando señales de alerta claves”. El Régimen Chavista no sólo las ha desestimado sino que reiteradamente se regodea echándole leña al fuego.

Adicionalmente, los dos indicadores deben motivar en todos los ciudadanos una profunda reflexión. Una recomendación que enfatizo para aquellos que hemos creído, me anoto en primera fila, que la destrucción de todo el andamiaje económico y social sobre el que se sostenía el país conduciría de manera casi espontánea a la caída del Régimen. Esta creencia, en lo personal, yo la sintetizaba metafóricamente bajo la idea- imagen a la que acuñé la denominación de “Teoría de la Liguita”. Ocurrió que en mis frecuentes intercambios con analistas serios de la situación política nacional,  no faltara quien sacaba a relucir el caso de Zimbabwe como el contra ejemplo perfecto a lo que yo postulaba sustentándome en mi teoría. Se entenderá entonces mi inusual interés en darle cacería al libro de Haslam y Lamberti, a fin de informarme detalladamente del proceso de destrucción que ha plagado a esa nación africana   desde la asunción de Robert Mugabe a la Presidencia en 1980.

Debo reconocer que mi aproximación al libro estaba preñada de un cierto prejuiciado interés: confiaba que mis hallazgos condujeran a la determinación de cruciales diferencias, entre los dos países, que permitieran explicar el porqué en nuestro caso la liguita se rompería antes, es decir: no sería tan elástica para permitir que se alcanzaran tan devastadores signos de destrucción como los que se produjeron en Zimbabwe. Pero antes de entrar en el análisis de las similitudes y diferencias entre ambos casos, considero necesario, a los efectos de facilitar una mejor comprensión por parte del lector, incorporar una presentación de los argumentos subyacentes a la metáfora de la “liguita”.




2- Viaje hacia el “No Fondo” y la Teoría de la Liguita


Desde finales del año 2012, tomamos consciencia que el Régimen estaba gastando muchas más divisas de las que estaban ingresando al país. El economista Ricardo Hausmann sintetizó esta verdad en una excelente frase: “Venezuela está gastando como si el barril de petróleo tuviese un precio de doscientos dólares”. Visto este creciente desequilibrio o déficit en la balanza de pagos y la carencia de los indispensables correctivos, sino más bien todo lo contrario, un sencillo análisis apelando a la teoría de control de sistemas dinámicos nos permitió pronosticar, perfectamente, lo que a la postre ha ocurrido con la tasa cambiaría real del bolívar frente al dólar. Esta variable, que en definitiva se ha convertido en la marcadora de los costos y precios en el país,  salió fuera de control y como tal ha venido teniendo un comportamiento de inestabilidad exponencial.

La tasa sube a velocidades incomprensibles para la gente, con la consiguiente pérdida de valor real de la moneda en un país cuya capacidad de producción de los bienes que consume ha sido insuficiente y progresivamente reducida. La  ineluctable consecuencia:   el empobrecimiento radical de los ciudadanos y de los organismos públicos responsables de gestionar funciones fundamentales del Estado, tales como educación, salud, justicia, etc. Comenzamos pronosticando a la Universidad Inviable, pero hoy día este calificativo se puede extender a toda la administración pública. Haslam y Lamberti hablan en su libro de “Government Shutdown”, lo cual podríamos traducirlo como “Cierre Técnico del Gobierno”. Esto es lo que viene sucediendo en Venezuela. De mi lectura concluí que nosotros estamos viviendo una especie de etapa previa a lo que aconteció en Zimbabwe.

Lamentablemente, el libro no ha sido traducido al español, porque todos los compatriotas interesados en conocer la proyección a corto plazo de la crisis que estamos sufriendo, podrían encontrar en capítulos como el octavo –titulado “Government Shutdown”-: un retrato bastante fiel de un probable futuro nuestro, pero escenificado en otras latitudes. Cito textualmente: “Los dos únicos servicios del Gobierno que fueron mantenidos: la policía y los militares. Sabían muy bien, los jerarcas del Gobierno, que estos servicios eran clave para continuar en el poder. Hicieron todo lo que podían para mantener estos dos departamentos provistos de fondos y operativos, aun al costo de dejar sin recursos a los otros servicios”.

De resto: los servicios de agua potable y servida colapsaron. Los zimbabweanos pudieron sobrevivir a la escasez crónica de agua mediante la utilización masificada de pozos perforados –el alto nivel freático en ese país les ayudó-. Se llegó a establecer un mercado negro del agua. El servicio eléctrico también colapsó. Los pocos  negocios que quedaban debieron retornar a la era del lápiz y papel para llevar sus cuentas. No se podía depender de computadoras. El hurto de cables de cobre y transformadores se convirtió en práctica usual. Los electrodomésticos se convirtieron en aparatos de museo: cómo utilizarlos sin disponer de energía eléctrica. Los arboles eran cortados para usar la madera como medio de calefacción y cocinar alimentos. El libro contiene innumerables testimonios de los zimbabweanos de cómo hacían para ingeniárselas en medio de tantas carencias.


Las municipalidades fueron a bancarrota. Los semáforos dejaron de funcionar. El sistema de prisiones colapsó y miles de prisioneros murieron porque las cárceles no estaban en capacidad de proveerles ni de alimentos ni de agua. Los hospitales públicos tuvieron que paralizar sus servicios. Y de los servicios privados de salud, la mayoría también fue a quiebra. Los costos de los pocos que quedaban eran impagables por los ciudadanos. Las escuelas se convirtieron en instalaciones ruinosas. Muchos maestros abandonaron el país, porque allá también se produjo una diáspora, pero este tema lo trataremos al comentar otros capítulos.

Este apretado resumen que he seleccionado del capítulo octavo nos permite avizorar lo que nos promete nuestro futuro de no producirse un cambio radical en el corto plazo. En el relato del desmantelamiento del aparato público de servicios a los ciudadanos en Zimbabwe, se encuentran innumerables rasgos de inconfundible similitud con lo que viene derivándose de nuestra propia crisis, que bien podría calificarse de incipiente al compararla con aquellas manifestaciones de una crisis  mucho más agravada a causa de su nefasta prolongación en el tiempo. Cualquier parecido de nuestra realidad proyectada con la que ellos han vivido no es producto de la casualidad, todo lo contrario: obedece al estricto cumplimiento de tendencias dinámicas perfectamente predecibles. Nadie puede albergar ni un microgramo de duda, de no producirse un viraje: hacia allá vamos.

En virtud de esta afirmación y queriendo distanciarme un tanto de las matemáticas exponenciales que explican los efectos de las retroalimentaciones positivas que refuerzan y le dan vigor a este tipo de dinámicas destructivas, he apelado en mi comunicación a metáforas. Como la de los venezolanos yendo encerrados en un autobús que cae por un precipicio o despeñadero, cuya inclinación va in crescendo  y desplazándose cada vez a mayor velocidad. El asunto es que este desvencijado vehículo de transporte no se dirige hacia una planicie en la que, finalmente, podamos descansar del prolongado descenso. Es un viaje hacia un “No Fondo”. En este sentido, siempre he diferenciado nuestro caso del de Cuba. En ese “Paraíso de la Felicidad” los cubanos tienen muchos años siendo muy pobres, pero el Régimen presidido por los Castro logró con ayudas externas de alguna manera estabilizar la miseria. Es como si hubiesen conducido su otro autobús a una planicie de crónico empobrecimiento, pero estabilizado. Y la prueba es que ellos han logrado mantener instituciones de servicio público, continúan teniendo escuelas y hospitales, con unos niveles de calidad muy distantes de lo que publicitan, pero los tienen.

¡Acá no! Todo va en vías de un desmantelamiento total. Nuestros jerarcas han sido mucho más ineptos y estúpidos creídos en su propia salsa. No han sido capaces de conseguir la receta para estabilizar la caída. Para, al menos, conducirnos hacia el aterrizaje en algún otro paraíso similar al cubano, que bien podría admitir era su objetivo. Han errado en su propósito, han perdido el control de su viaje programado y nos pilotean en un viaje hacia un “No Fondo”. Por eso es que ya no puede postergarse más la concreción de una vigorosa reacción ciudadana y hago mío este mensaje leído en un tuit: ¡O salimos todos. O perdemos todo!

La otra idea- imagen que he utilizado para este singular viaje es la de asimilar el proceso de deterioro económico social al de una liguita que se estira y estira. Y como la liguita no es de ningún material de elasticidad infinita, ya que lo que está comprometiéndose en su elongación son vidas de seres humanos, ésta tendría que reventarse provocando la salida del poder del régimen dominante. La lectura del libro de Haslam y Lamberti nos permitió entrar en contacto con un caso real que contradice mi fallida teoría.

El deterioro social y económico puede continuar profundizándose más y más –la liguita estirándose hasta producir dantescos escenarios como el de Zimbabwe- sin que ello provoque la caída del régimen dominante.  Razón tenían analistas como Benigno Alarcón Deza y mi estimado amigo Nelson Acosta, en sacarme a colación el ejemplo de la nación africana como ilustración de que las crisis económicas por sí solas no tumban regímenes. Después del 2008, año del pico inflacionario y de la muerte de la moneda del país (el libro analiza sólo el periodo hiperinflacionario hasta ese año), Mugabe se mantuvo en el poder hasta noviembre de 2017 cuando es depuesto por un golpe de estado militar. La dolarización por la vía de los hechos trajo algún alivio al largo sufrimiento de los zimbabweanos: la inflación se redujo ostensiblemente; en los supermercados reaparecieron los productos, pero el común de los ciudadanos no tenía poder adquisitivo para comprarlos. El desempleo ha continuado siendo crónico -94% en 2008-.

Un respetado académico y analista político de ese país, Ibbo Mandaza, en un artículo de 2015 señaló que mientras Mugabe continuara en el poder habría pocas esperanzas de que la economía reviviera. “Espero que no retornemos allá (al 2008). Espero que algo podamos hacer. Claramente, necesitamos una solución política porque en la medida que Mugabe esté en el poder, no hay esperanza”. El anciano dictador en 2016, a sus 92 años, en una de sus rabietas por no poder ya ordenar al Banco Central emitir dinero inorgánico para darse sus caprichos, amenazó con retornar a la moneda original del país –cualquier parecido con nuestro personaje…-. Los zimbabweanos salieron despavoridos a retirar los pocos dólares que tenían en los bancos. Todavía hoy día, después de haber sido depuesto, el drama de Zimbabwe continúa.

Lo clave a destacar es la necesidad del dispositivo político para provocar la ruptura con lo fracasado y comenzar a salir de la crisis. Además, añadiría, que el dispositivo sea lo suficientemente limpio como para garantizar una transición impulsadora de un viraje con la visión correcta y la energía política para concretarla. En la medida que las crisis se prolongan más allá de lo impensable, es de suponer que la gestión del quiebre sea más dificultosa, tanto en la dimensión política como en la económica y social. Creo firmemente que este es un elemento muy a tomar en cuenta en nuestro caso, porque a pesar de la masificación de todo tipo de penurias, tampoco hemos sido capaces, como colectivo, de armar el rompecabezas para acertar con el dispositivo político que detuviese este penoso viaje hacia el “No Fondo”.

Por ello, en estos tiempos de resurgimiento de las esperanzas ciudadanas, la cautela y el inteligente diseño de la estrategia política son vitales a los efectos de construir una vía de solución adaptable a los diversos escenarios que se puedan presentar en un contexto de caótica complejidad.  Los ciudadanos tendremos que meterle el pecho a este 2019. Exigir, pero también hacernos parte de la construcción de una solución política. De no hacerlo, no nos quejemos cuando acontezca lo que el nuevo oráculo erigido en Zimbabwe nos ha anunciado.

En la segunda entrega continuaremos comentando  “When Money Destroys Nations”. ¿Por qué ese título? Y más de las diferencias y similitudes con el caso Venezuela, porque también nuestro país ha pasado a ser un digno caso de estudio.