miércoles, 9 de marzo de 2016

Rueda de Prensa 9/3/2016 del Grupo Pensamiento Universitario




ES INDISPENSABLE INTENSIFICAR LA LUCHA PACÍFICA Y CONSTITUCIONAL POR UNA TRANSICIÓN POLÍTICA


El Grupo de Pensamiento Universitario, en el marco de las actuales circunstancias, ha venido reuniéndose con el propósito de reflexionar sobre el futuro de la universidad y el país. Hemos indagado sobre el porvenir más inmediato de esta institución en una situación tan crítica como la que vivimos. El número de estudiantes en las aulas se ha reducido significativamente. Los profesores, a pesar del permanente maltrato salarial, dictan sus clases, cuando se puede, en condiciones muy poco cónsonas con la academia. La vida universitaria se ha reducido a eso,  en un contexto de progresivo cierre técnico, hábitat intolerable y carencia casi total de insumos. Esta deteriorada universidad es un reflejo de lo que ocurre en el país. Por eso hoy venimos a hablarle al país.
 
Coincidimos con la opinión de muchos expertos, en que la intensificación de la crisis del país se viene generando con una aceleración que tiende  a reducir el tiempo del que disponemos para producir un cambio político. En materia de salud, el tiempo ya no se cuenta en horas sino en vidas perdidas. Vivimos bajo la amenaza de un colapso eléctrico y con él, la de muchos otros servicios. Las proyecciones sobre la inminente insuficiencia de provisión de alimentos para toda la población son dramáticas. Y, hablando de  insuficiencias,  la más peligrosa de todas es la ausencia de una voluntad por parte del oficialismo para transar soluciones a corto plazo.

Lo ha dicho con precisión el Padre Ugalde, hay sectores políticos dentro del oficialismo que “prefieren la ruina total del país, antes de reconocer su fracaso y abrirse a las reformas necesarias para que tengamos comida, medicinas y seguridad…”.

La dirigencia democrática tiene la responsabilidad de resolver la ecuación política de este tiempo.  Es la oportunidad para un liderazgo colectivo que traduzca el descontento de la inmensa mayoría de los venezolanos en  fuerza y voluntad para el cambio político. Le hacemos un llamado para que se le hable al país, con contundencia, claridad y solemnidad, de ese dantesco futuro que nos promete la terquedad del Gobierno al insistir con un modelo de conducción del país ya fracasado.

Experiencias históricas – la nuestra y de otras regiones del mundo- muestran que en situaciones de esta naturaleza se requiere de una militancia cívica activa y organizada. Es tiempo de que el liderazgo político la organice, la convoque y la dirija. Hablamos de participación masiva, de resistencia pacífica, hablamos de calle con bitácora constitucional y democrática. No hay espacio para intereses políticos personales y subalternos.

Los universitarios tenemos una vieja tradición de lucha. Respaldados por esta historia creemos que es necesario intensificar la lucha pacífica y constitucional por una transición política a la brevedad posible. El no hacerlo implica el riesgo de precipitarnos hacia un escenario muy complejo en lo social y económico. Y además anarquizado  en lo político, cuando el pueblo reclame con similar acritud  tanto a quienes nos condujeron a este despeñadero, como a quienes no quisieron asumir la responsabilidad histórica que este advertido tránsito hacia una crisis humanitaria demanda.

 En Valencia, a los nueve días del mes de marzo de 2016.

Firmantes:
Prof. Asdrúbal Romero Mujica, ex Rector UC
Dra. Elsie Pérez García, ex Rectora UAM
Dr. Rolando Smith Ibarra, ex Vicerrector Académico UC
Dr. Pedro Villarroel, ex Secretario UC
Prof. Benito Hamidian, Decano de FACES
Prof. José Luis Nazar, Decano de la Fac. de Ingeniería.
Dr. Argenis Urdaneta,  Ciencias Políticas
Dr. Nelson Acosta Espinoza, Antropólogo.
Dr. Manuel Barreto, Dir Relaciones Institucionales UC.
Dr. Frank López, Sociologo.
Prof. Glenda Reyes, Dir. de Biblioteca de FACES.
Prof. Tadeo Medina, Médico Psiquiatra.
Prof. Juan Monserrat, Dir. de extensión de FACES.


Cobertura del periódico El Carabobeño.



ACELERACIÓN DE LA CRISIS REDUCE TIEMPO PARA TRANSICIÓN POLÍTICA


Euclimary Heredia Aponte

Exautoridades de la Universidad de Carabobo (UC), reunidos bajo el nombre de Grupo de Pensamiento Universitario, coincidieron en que la crisis del país se ha intensificado de manera acelerada y esto reduce el tiempo que se dispone para un cambio político.

El grupo de académicos conformado por Rolando Smith, exvicerrector académico de la UC; Benito Hamidian, decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (Faces) de la UC; Nelson Acosta Espinoza, profesor; Elsy Pérez, exrectora de la Universidad Arturo Michelena (UAM), Asdrúbal Romero, exrector de la UC, junto a Pedro Villarroel, exsecretario de la UC, destacó que resulta indispensable extender la lucha pacífica y constitucional para dar paso a la transición política.
  
Para Asdrúbal Romero la situación universitaria es el reflejo de lo que ocurre en el país, por las múltiples problemáticas en las cuales se mantienen inmersos.

Recordaron la frase dicha por el padre Ugalde, donde aseguraba que existen sectores políticos dentro del oficialismo que prefieren la ruina de todo un país antes de reconocer su fracaso. De acuerdo a esta premisa, el exrector refirió que el momento por el que atraviesa el país es la oportunidad para un liderazgo colectivo, que traduzca el descontento de los venezolanos en fuerza y voluntad para el cambio.

Los profesores hicieron un llamado a la dirigencia democrática para que se le hable al país, con contundencia y claridad. “Se debe hablar sobre el dantesco futuro que nos promete la terquedad del Gobierno, al insistir con un modelo de conducción del país ya fracasado”, insistió.

Señalaron que las experiencias históricas muestran que en situaciones de esta naturaleza se requiere militancia cívica o liderazgo político que permita conducir la penuria en un proceso de transición. No obstante, invitaron a todos los sectores a la unidad, con el fin de acrecentar la lucha sin dejar de lado a los estudiantes universitarios respaldados por la historia.


Cobertura del periódico NOTITARDE


"Es indispensable intensificar la lucha pacífica por una transición política"



Marlene Castellanos

Valencia, 9 marzo 2016.- Ex autoridades y docentes de la Universidad de Carabobo, que integran el Grupo de Pensamiento Universitario, aseguraron que llegó la hora de que los diferentes gremios y sectores de la población se unifiquen ante una posible salida democrática del actual gobierno.
Asdrúbal Romero, quien fungió como vocero del grupo, manifestó que la dirigencia  política debe hablarle  con contundencia, y claridad al país  sobre el futuro  que nos espera de insistir con el modelo de conducción actual.
“La intensificación de la crisis que vive Venezuela produce una aceleración que tiende a reducir el tiempo del que se dispone para un cambio político en la nación”, agregó.
Comentó que evaluando la situación de la Universidad de Carabobo han podido indagar sobre el porvenir más inmediato de está institución, en una situación tan crítica y aseguró que el número de estudiantes en las aulas se ha reducido significativamente.
Los profesores, a pesar del permanente maltrato salarial, dictan sus clases cuando se puede, en condiciones muy poco cónsonas con la academia. “La vida universitaria se ha reducido a eso, en un contexto de progresivo cierre técnico, hábitat intolerable y carencia casi total de insumos”.
Insistió en la organización de la población para que salga a la calle de manera pacífica, a solicitar el cambio siguiendo la constitución  para una transición política a la brevedad. “Si no se hace implicaría el riesgo de precipitación hacia un escenario muy complejo en lo social y económico”.

domingo, 21 de febrero de 2016

No hay tiempo para más espera: La Renuncia en una Foto

La Renuncia en una Foto

Asdrúbal Romero M. (@asdromero)


Domingo 21/02 7:00 am. Demasiado temprano para mis hábitos domingueros pero las pesadillas sobre el país me han corrido de la cama. A través del Whatsapp leo un mensaje que me ha enviado una querida amiga, una noticia: “Monseñor Ovidio Pérez Morales pide a Maduro que renuncie”. Otro en el chat del Tren: “Reportan problemas a esta hora en San Juan de los Morros”, enviado a las 9:12 pm, con una imagen fotográfica contentiva de varias fogatas prendidas a la entrada de esa ciudad por los vecinos. ¡Un sábado en la noche! Ya no contienen su rabia, llevan dos días sin servicio eléctrico y ocho sin agua. Dos señales muy disímiles de una misma crisis que nos sitúa al borde del colapso.

Decido, entonces, dejarme llevar por el impulso de escribir. Lo haré sobre una foto que no se ha tomado pero que yo llevo en mi mente desde  hace ya varias semanas. Apenas el viernes, me atreví a describírselas a los asistentes a un evento organizado por el Observatorio Venezolano de las Autonomías, preguntándoles después, en un tono poco calmado, si acaso era demasiado exigirle a la fantasía una foto como esa. Se las describo.

Eduardo Fernández; Oswaldo Álvarez Paz; Claudio Fermín; Andrés Velásquez; Omar Barboza, en representación de Manuel Rosales; Henrique Capriles Radonski, todos ellos ex candidatos presidenciales,  son parte de la foto de un grupo de personalidades que se dirige al país. También lo integran: Henry Ramos Allup, Presidente de la Asamblea Nacional; Julio Borges; Lilian Tintori; Mitzi de Ledezma; María Corina Machado; Cecilia García Arocha en representación de los rectores universitarios; Henry Falcón; Gerardo Blyde en representación de los alcaldes; Froilán Barrios en representación de los movimientos sindicales y dos representantes de las Academias Nacionales. Se me ocurre que éstos pudieran ser: el Dr. Duque Corredor, muy activo en sus funciones dentro del Bloque Constitucionalista, y Pedro Palma, una autoridad en materia de economía –pudieran ser otros pero son ellos a los que visualizo en la foto de mis fantasías-.

Es una foto de un liderazgo muy plural en una diversidad de dimensiones. Se han reunido para dirigirse al país en un tono cónsono con la gravedad de la crisis que aqueja al país. ¡Ya no hay tiempo para más espera! Le piden al Presidente Maduro que renuncie por el bien del país y que, en su renuncia, ponga lo máximo de su parte para facilitar la estructuración de un gobierno de transición, inclusivo de los sectores que él representa y que se sientan llamados a colaborar en esa búsqueda de una salida para tan trágico atolladero.

Le hablan al país con datos fehacientes del inminente colapso y convocan al pueblo para que, en una fecha previamente acordada, les acompañe en una vigilia a realizarse en las más importantes avenidas de todas las ciudades y pueblos de esta atribulada Venezuela. ¿El objetivo de ese histórico evento? Convertir en clamor popular la solicitud que le han presentado a toda la nación.

Algunos dirán que es una ficción plagada de excesivo candor. Quizás lo sea, pero la candidez con la que se asuma la búsqueda de una vía de salvación puede conducirnos al retrato más puro de lo que se demanda en esta hora tan crítica. Luego la realidad se encargará de decirnos lo que es lograble. Pero se requiere una foto como esa, que transpire una unidad que ha sido invocada por la gravedad del paciente: el país se nos va de las manos. El pueblo sabrá interpretar en su justa medida la gravedad del diagnóstico, por lo distinguida en su diversidad de la Junta Médica que se lo comunica. Sabrá que el tiempo para más improvisaciones se ha agotado y que se requiere un viraje drástico del timón. Que quien está al frente ya ha demostrado que no sabe cómo darlo y que debe dar paso a otros. Que su salida es necesaria.

Soy optimista al pensar que el liderazgo reunido en esa foto imaginaria, puede lograr que toda Venezuela tome consciencia de la necesidad de apoyar con su masiva presencia una salida pacífica. Porque si no lo pudiese, que Dios nos agarre confesados. Hay que reivindicar el precioso valor de una cultura del candor en el ejercicio de la Política por estas tierras. Si usted, lector, se atreve a soñar con el mismo candor que yo he asumido plantear por escrito esta petición a ese reparto tan estelar de nuestra dirigencia, hágase eco de la misma y multiplíquela. A los miembros de ese reparto se les reconocen los liderazgos individuales que ejercen sobre diferenciados sectores del país, pero en el amalgamiento de esa conjunción tan variopinta de tales liderazgos reside la fuerza. ¡Una foto como esa es urgente y necesaria!

viernes, 12 de febrero de 2016

El Aspecto Moral del Dilema

El aspecto moral del dilema

Asdrúbal Romero M. (@asdromero)

Sin embargo va creciendo la opinión favorable a que a Maduro hay que dejarlo gobernar muchos meses más para que se puedan freír él y el tipo de gobierno que Chávez y él mismo encarna, para así darle una lección al país y no se vuelva a creer en caudillos y salvadores de la patria. Esbozan  lo difícil que sería para cualquier dirigente asumir el gobierno así tenga a su favor la unidad nacional. Un país quebrado con la violencia más alta del mundo sería ingobernable”. No lo digo yo, por eso el entrecomillado. Lo escribe Nelson Bocaranda, en su muy leída columna Runrunes, una fuente de respetada confiabilidad.

 El párrafo anterior sintetiza el dilema político al cual se enfrenta la plataforma opositora con mayor opción de acceder al poder en nuestro país. Podría eliminarse lo de la “lección”, aun así el retrato del dilema queda perfectamente dibujado. A continuación mi análisis del mismo, partiendo de dos premisas.

Premisa primera: el gobierno presidido por Maduro nos conduce a un colapso, crisis humanitaria, etc., cada autor utiliza una denominación distinta para referirse a esa no del todo imaginable situación de desastre generalizado–yo mismo, en este blog, he hablado de un “precipicio guajiro” al cual nos precipita  un proceso dinámico de creciente inestabilidad-. Algunos dicen que ya estamos en el colapso. Pero esto es discutible, la palabra conlleva un mensaje de paralización, entre otras cosas: paralización del empeoramiento y, créanme, la trágica situación todavía tiene espacio para seguir empeorando. Creo que todos los políticos opositores importantes ahora sí están conscientes del inminente colapso progresivo. No todos tuvieron la visión de Leopoldo de prefigurarlo mucho antes de que se hiciera evidente, quizás por razones vinculadas a la formación profesional de cada cual, pero en la actualidad sí se percibe un consenso al respecto. Si existe alguno que todavía no alcanza a escuchar el ruidoso trepidar  del desvencijado autobús  hacia el precipicio, me encantaría que explicitara esa opinión, para tener claro por quién no votar cuando lo viese anotado en alguna lista futura de candidatos a algo –por carecer de una mínima capacidad para el pensamiento sistémico-.

Premisa segunda: el gobierno no va rectificar. Independientemente de la confrontación de opiniones al interior del Régimen, lo único visible es la obstinación de Maduro y su temor a tomar decisiones evidentes e impostergables a pesar de tener cierto consenso interno para tomarlas.  La duda post 6D de si se podría construir un espacio para la rectificación, ya se ha dilucidado y, por ende, es válido incorporar a nuestra cadena de razonamiento esta segunda premisa. Consecuentemente, el viaje en ese autobús hacia el desastre continúa inalterable en su curso, cada día a mayor velocidad. Cada día genera destrucción de las posibilidades de reconstruir el país y se multiplica en un número indeterminado y creciente de días que habrá que invertir para revertir lo destruido. Pero más allá de esa terrible verdad en lo social y económico, un dramático agravante ha dicho “Presente”. La crisis sanitaria ha comenzado a producir un número incuantificable de muertes de inocentes pasajeros. ¡Cada día! Se van sumando, como en un proceso de integración matemática. Esta integración de mortandad humana comienza a imprimirle, desde mi perspectiva personal, un contenido de carácter moral al dilema.

¿Acaso hay tiempo para dejar a Maduro, y a quienes le acompañan, freírse en su propia salsa? Quizás hasta ahora, la consideración de cuál podría ser el “timing” adecuado para la Oposición ir apretando las tuercas estaba revestida de cierta validez. Es cierto que la Oposición no tiene la fuerza necesaria para lograr un cese inmediato de este gobierno. El país está tan mal, pero tan mal, que es hasta comprensible, políticamente, el temor que se pueda producir en quienes aspiran a gobernarlo el tener que tomar sus riendas en estas circunstancias de desastre, destrucción e ingobernabilidad -¿Por qué no pensar que, precisamente, ello es una medida de la profundidad de la crisis?-. A pesar de estas dos verdades, la Oposición tiene el deber de trazarse un plan político distinto al que está haciendo.

Einstein demostró que conforme más cerca esté un observador de una fuente de fuerza gravitatoria, más lento le transcurre el tiempo. Aquí nos ocurre lo contario: conforme nos acercamos a un hueco negro que quisiera tragarnos a todos, el tiempo se acelera. Ya los políticos no disponen de ese estratégico recurso del tiempo para consideraciones que en otro momento serían entendibles. Alguien me argumentaba esta mañana…pero la Oposición ha anunciado que en seis meses se anuncia la vía constitucional seleccionada para salir de este gobierno. ¿Y tú crees que hay tiempo para esperar todo ese tiempo? Mi interlocutor se quedó sopesando por unos segundos la magnitud de la crisis, luego admitió que no. ¿Entonces? Eduardo Fernández, con su vasta experiencia, vino a Valencia y dijo, a quienes tuvimos la oportunidad de escucharle: ya no hay tiempo. El Alcalde Alfredo Ramos, transmitiendo su experiencia de calle en Barquisimeto, afirmó lo mismo hoy en el programa de Villegas (11/02). El tiempo que queda es para demostrar que se tiene la voluntad de agarrar el toro por los cachos. El desafío es de gigantescas dimensiones, inconmensurables, pero no queda de otra.


La conclusión lógica de conformidad a las dos premisas presentadas: hay que comenzar a articular estrategias políticas conducentes a acelerar la partida de este gobierno. ¡Ya! El debate dentro de las cuatro paredes de la AN por sí solo no es suficiente. Hay que movilizar, pacíficamente, al pueblo para que le pida a Maduro la renuncia y al PSUV que facilite la integración de un gobierno de transición. No van a acceder. Es muy posible. Pero esa señal frontal hay que lanzarla ya, acompañada de un proceso pedagógico de advertencia al pueblo sobre la mayor gravedad de lo que nos viene. Mientras más tarde actuemos, peor será. Ese dilema, retratado al inicio, no puede seguir pasando por la mente de ningún opositor. Máxime, cuando tal dilema comienza a teñirse de un rojo asesino. Por cierto, a los políticos del otro lado, los del Oficialismo, su propio dilema político que ha dejado de ser sólo político para convertirse en moral, también, les debe apremiar. Las cuarenta y tres muertes que el Gobierno pretende achacarle a “La Salida” se convertirán en una brizna de paja en el viento frente a esa integración de mortandad que ya ha comenzado y no será fácil detener.

domingo, 7 de febrero de 2016

La tercera parte de la serie: ¨La Universidad en su Laberinto¨

La Universidad en su laberinto

III-La camisa de fuerza electoral y otros


Asdrúbal Romero M. (@asdromero)

Antes de continuar nuestras reflexiones sobre el laberinto e intentando aportar alguna realimentación a comentarios recibidos respecto a las dos primeras entregas –sobre todo la segunda-, he considerado oportuno hacer una aclaratoria de índole genérica sobre el estilo y la intención de estos escritos. No ha sido mi pretensión presentar una visión exhaustiva de los distintos aspectos que pudiesen conformar una agenda de transformación de la universidad venezolana. Si esa hubiese sido mi visión al inicio, muy posiblemente, lo amplio y complejo de tal desafío habría operado como un temible factor disuasorio de escribir con relación al tema –suele ocurrir en el intento de abordar temáticas de profundo calado-. Me he atrevido a escribir desde mis experiencias como vicerrector administrativo y rector en la década de los noventa, las cuales pudieran apreciarse como un tanto anticuadas y desintonizadas de los nuevos tiempos, de no haber ocurrido que, precisamente, el tiempo para avanzar pareciera haberse detenido para la universidad venezolana en este, ya muy prolongado, tránsito de retroceso revolucionario.

Trato de mezclar experiencias con propuestas que no han perdido vigencia, enmarcadas dentro de un estilo heterodoxo que no se sujeta a la formalidad más rígida del ensayo. Escribo pensando en un futuro, que se ubica con posterioridad al desenlace de esta pesadilla. Como lo he expresado en cuanto foro me han invitado: no habrá avance, ni desarrollo, ni transformación en positivo de la Universidad hasta que no salgamos de este régimen que le ha confeccionado a nuestras instituciones la camisa de fuerza más opresora de todas. Contribuir a su partida debiera ser la primera tarea en la que ocuparnos los universitarios. Así debió haber sido desde hace ya unos cuantos años, pero quizás sea ahora cuando este mensaje comienza a tener aceptación. Antes, la excesiva carga política que él conllevaba producía temor, como si los universitarios prefiriesen quedarse en su burbuja pretendiendo abstraerse de una realidad exterior que, inevitablemente, les afectaría, tanto en lo personal como en la posibilidad de seguir teniendo institución.  En lo relativo al agravado empobrecimiento salarial, por ejemplo, la mayoría prefería percibirse a sí misma como meros integrantes de un conglomerado laboral al cual el “Papá Estado” debía garantizarle el mantenimiento del nivel de su calidad de vida, con independencia de que allá afuera, unos irresponsables, estuvieran arrasando con la sustentabilidad económica que posibilitara tal garantía. ¡El problema no era laboral, era político! De alguna manera, en ese ejercicio de abstracción de lo político, desestimamos el ser miembros de una institución llamada a cumplir un rol orientador hacia el país.  Que no se nos olvide esta falta: en esta hora tan menguada del país la Universidad también le ha fallado.

En este andar, un tanto libre y sin mayor planificación, combinando memorias con planteamientos, pensados e incluso, algunos, puestos en blanco y negro con mucha antelación al inicio de esta secuencia, apuntamos hacia un futuro que ojalá sea pronto. En el que, reconociéndose la vital importancia de la Universidad de cara al desafío de retomar el desarrollo y el progreso de la nación, quienes ejerzan la representación del Estado se aboquen a sentarse con actores universitarios de reconocida experticia a redibujar esa renovada institución universitaria que necesitará el país. Sólo de esa concertación necesaria, puede emerger el nuevo marco legal y de financiamiento que imprima reimpulso a la universidad venezolana. Ese futuro bonito no lo podemos construir los universitarios por sí solos. Requerimos de la participación activa y convencida del Estado, de sus demandas para el futuro y de su aval.

Por supuesto que en ese andar soñando despierto levitamos sobre la feúra del presente y perseguimos ideas que transciendan al terrenal debate local.  Sin embargo, como tan bien lo manifestó Cortázar: las flechas que se lanzan al escribir, dejan de ser propiedad de quien las escribe. Estas pueden caer en terrenos fértiles a otro tipo de interpretaciones distintas a lo que se ha querido comunicar. Creo que así ha ocurrido, a juzgar  por algunos comentarios provenientes de mi base lectora ucista –la cual cuido por ser significativamente mayoritaria-. Hay quienes han interpretado del material contenido en la entrega anterior: un llamado a desactivar la lucha para que se celebren las elecciones universitarias, hasta esperar los cambios legales que tendrían que producirse en ese soñado futuro. Imagino que sea el calor de ese intenso debate local el que se encarga de activar ciertas redes neuronales, para colocar a estos lectores en un estado de mayor propensión a recibir supuestos mensajes subliminales. ¡Nada más lejos de mis intenciones enviar una señal como esa! Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Yo también quiero: ”Elecciones Ya”. Y, por cierto, este deseo no es una señal subliminal para insinuar una futura aspiración rectoral. Aprovecho esta excelente oportunidad para ratificarlo. Sé que mi reiterada e insistente presencia tratando de hacer opinión universitaria ha generado algunas expectativas en ese sentido. Pero no, ya no me puedo visualizar a mí mismo en ese rol tan enclaustrador –para no incurrir en una malinterpretación recomiendo leer la entrega anterior-. Tampoco creo tener la fuerza para desempeñarlo en estos tiempos por venir en el corto plazo: serán aún más duros que los de ahora. Además, practico lo que predico. Es harto conocida mi prédica de que nosotros, los jubilados, debemos contribuir, aportar todo lo que se nos pida, pero deberíamos abstenernos ya de optar a cargos de máxima responsabilidad rectoral dentro de las instituciones de las que nos hemos retirado.  Me puedo visualizar, pasada la tormenta que viene, sentado al lado de la investigadora Carmen García Guadilla, discutiendo alternativas para mecanismos de financiamiento universitario; ejerciendo, en caso de ser convocado, el rol de facilitador y ensamblador de propuestas en ese necesario espacio de concertación Estado- Universidad que debe darse en ese nuevo país pobre que resurgirá, como ave fénix, del esterero en el que lo van dejando.  Ya se verá si la providencia nos regala esa oportunidad de aportar nuestro granito de arena. Por lo demás, ojalá las elecciones para renovar cuadros a todos los niveles se pudieran comenzar a organizar inmediatamente.

Sin embargo, en estricto apego al valor de la honestidad con el que ejerzo esta nueva profesión mía de opinador, me permito manifestarles mi parecer: la posibilidad de que se convoquen la percibo muy disminuida a estas alturas, cuando ya se respira la cercanía de un desenlace. Desentrabar la camisa de fuerza electoral que nos impuso el Régimen, con la aprobación del apartado tercero del artículo 34 en la Ley Orgánica de Educación que luego, por conveniencia política, se abstuvo de reglamentar, no es un asunto de fácil resolución. Incluyo el texto para facilitar la compresión del nudo gordiano en el que nos encontramos: “Elegir y nombrar sus autoridades con base en la democracia participativa, protagónica y de mandato revocable, para el ejercicio pleno y en igualdad de condiciones de los derechos políticos de los y las integrantes de la comunidad universitaria, profesores y profesoras, estudiantes, personal administrativo, personal obrero y, los egresados y egresadas de acuerdo al Reglamento”.  No siendo aceptable la aplicación del criterio una persona-un voto como lo insinúa el texto subrayado, han surgido dos posiciones que en el tiempo no ha sido posible compatibilizar. La posición principista de seguir aplicando el criterio tradicional de conformación del Claustro, de conformidad a lo preceptuado en la ley vigente, que ha conducido en la práctica a que no se realicen más elecciones. Y la de quienes, en aras de viabilizar la continuidad de la democracia,  han propuesto la búsqueda de una salida negociada con los gremios de empleados y obreros, en la que éstos acepten una limitación a su participación dentro del Claustro mediante la fijación de unos porcentajes de proporcionalidad (la experiencia UNET). Personalmente, era del criterio que entre una ausencia total de democracia y una democracia negociada que no me complacía, optaba por la segunda, pero el tiempo ha transcurrido sin una solución al complicado dilema. Se está barajando en la actualidad la posibilidad de que a través de la nueva AN se destranque el problema.

Tuve la oportunidad de asistir a una reunión con varios diputados de Carabobo en la que, además de cargar a las espaldas de los pobres diputados toda la problemática empobrecedora de las instituciones universitarias, se planteó el tema. Supongo que reuniones similares a ésta deben haberse producido unas cuantas en el país, el problema es que las dos posiciones, la principista y la pragmática, siguen aflorando. Permanece el desacuerdo entre los universitarios: ¿qué podemos esperar entonces que decida una AN con la complicada agenda de todo el país y la persistente amenaza del “choque de trenes” que conduzca a su temporal desconocimiento?   No creo, sinceramente, que los tiempos en el país den la oportunidad para que en la AN se produzca una solución. Pero, si llegase la oportunidad de dar el debate, ahora me inclinaría por una simple derogatoria de ese apartado tercero con el que logró el Régimen paralizar la democracia universitaria. Plantearse la modificación de ese texto para incorporar lo de los porcentajes de participación proporcional, involucra la negociación con unos gremios dominados por unos troyanos oficialistas –los mismos que traicionaron a la Universidad en la discusión de la convención colectiva- que siguiendo lineamientos políticos van a intentar obstruir el logro de una salida salomónica del problema. En definitiva, es un problema de tiempo y éste se ha convertido en el recurso más escaso del que dispone la AN. Opto por esperar. La crisis, ya devenida en tragedia, viene aceleradamente precipitando el curso hacia un gobierno de transición. De ser militar: ni modo; de ser civil, que debe ser el deseo de todos los universitarios, aspiramos a que sea este gobierno el que autorice las elecciones por el método tradicional, con la justificación de facilitar la recuperación del curso democrático en nuestras instituciones. Se abre así un lapso de cuatro años, tiempo que debería ser suficiente para que en los siguientes procesos de escogencia de sus autoridades, cada universidad aplicara el método aprobado intra institucionalmente. Amparándose para ello, en el nuevo marco legal que, como propusimos en la anterior entrega, debería ser menos prescriptivo y dar libertad a las instituciones en la determinación de sus métodos de escogencia.

 Espero, por aquello de las neuronas activadas al calor del debate político local, que este cambio de opinión atendiendo al “timing” de los acontecimientos, no se interprete como una solapada defensa del equipo de autoridades ante la problemática de su decreciente legitimidad. Si bien es cierto que a través del grupo “Pensamiento Universitario” (GPU), se produjo  un acercamiento institucional con la Rectora en el contexto del conflicto gremial a finales del año pasado, con la finalidad de ahondar en una prospectiva sobre  la muy delicada situación de nuestra magna casa de estudios, no se trata de que ahora me haya convertido en “su nuevo mejor amigo”, como sarcásticamente especulan quienes desean obtener provecho político de una situación de debilidad institucional que, en verdad, fue creada por el mismo régimen.

Otra situación electoral muy distinta, y con esto vamos finalizando, es lo que acontece con las elecciones estudiantiles en la Universidad de Carabobo. Ya son inútiles las excusas para no celebrarlas, así se lo hicimos saber a las autoridades y decanos presentes en la reunión con el GPU a la que aludí anteriormente. Al problema se le ha ido dando largas, hasta convertirlo en una fea mancha institucional que no puede ser ocultada con nada. El meta mensaje del presidente “abuelo” de la FCU es severamente dañino para la Institución, porque él se ha constituido en un emblema de esa cultura de ineficacia universitaria en la que un estudiante puede continuar siendo estudiante de por vida sin estudiar, eso sí consumiendo recursos universitarios si se trata de un estudiante común –academia, comedor, transporte, servicios de salud, etc.-, o lo que es peor, si se trata de enchufados dirigentes estudiantiles, dándose lujos que no pueden darse ni siquiera los profesores de mayor escalafón, a cuenta de una corrupta economía paralela que parasita a la Universidad. Esta cultura debe ser desterrada en la renacida universidad para el nuevo país pobre que, visualizo, le demandará sin contemplaciones una mayor eficiencia en el manejo de los recursos públicos asignados.

El otro día vi un twitter de nuestra federación, contentivo de una foto de nuestro flamante presidente, representándonos, en la reunión con los sectores estudiantiles de la comisión designada por la AN para analizar la problemática universitaria y no pude evitar sentir la más profunda vergüenza ajena. Desde que fue electo en el 2007, en la UCV se han elegido cinco presidentes de federación. ¿Hasta cuándo se puede seguir tratando de tapar el sol con un dedo? Son diputados miembros de esa comisión dos ex presidentes de la FCU-UCV ya graduados: Stalin González y Juan Requesens, electos respectivamente en 2005 y 2007, contemporáneos con nuestro abuelo. ¿Qué pueden pensar esos diputados de cómo se manejan los asuntos en nuestra institución? ¿Y el ejemplo que le estamos dando a nuestros estudiantes? No se crea que ellos no conocen al dedillo la situación y cuando hablan nos preguntan: cómo se nos puede pedir que salgamos a defender a la Universidad cuando las autoridades –generalizan- mantienen en el poder a dirigentes estudiantiles de esa calaña. Me pregunto yo: ¿Propiciamos el aprendizaje de conductas cínicas? Cuando escribí: “Sobre la eternidad de los liderazgos gremiales”, tenía planificado un capítulo adicional sobre el gremio estudiantil con la información que he venido recibiendo a lo largo de todos estos años. Era tan horrendo sobre lo que iba a escribir, que opté por no hacerlo –se cansa uno de procesar tanta basura radioactiva-. ¿Hasta cuándo? Soy yo el que pregunta ahora.

En la próxima entrega, quizás la última por ahora, podré entrarle de lleno al tema de la camisa de fuerza más perceptible de todas: la económica- financiera.







viernes, 29 de enero de 2016

Sobre el debate en la Asamblea Nacional

Sobre el debate en la AN

El Tiempo ha comenzado a contarse en reversa


Asdrúbal Romero M. (@asdromero)


Me preguntan: ¿Por qué no has vuelto a escribir sobre el país? Cuando aprecio que dispongo de tiempo para explicar mi repuesta al interlocutor de turno, comienzo expresándole que en mi fuero interno no siento que haya nada nuevo sobre qué escribir. Suelen mirarme con cara de cómo puede ser eso, si todos los días se producen noticias profusamente comentadas, sobre todo con ese tira y encoge que se viene escenificando a nivel de la Asamblea Nacional (AN). Lo cierto es que, eventos más, eventos menos, yo siento que lo que viene ocurriendo en el país continúa apegado a las líneas gruesas de un guión que no se ha alterado ni en un ápice.

El país sigue encaminado hacia un desastre humanitario. Pareciera, incluso, que en el exterior están más claros sobre lo que nos viene. La resonante victoria de la oposición el 6D abrió una rendija de oportunidad para que se produjese un cambio de dirección, pero fue el mismísimo gobierno quien se encargó de cerrarla con un rotundo portazo, al dar muestras claras que no estaba dispuesto a rectificar sus políticas para atender lo que ellos mismos reconocen como una situación de emergencia económica.

No hay rectificación, por ende: las nefastas tendencias continúan, implacablemente, dictaminando el rumbo hacia el precipicio. Sobre su origen ya hemos hablado en diversas oportunidades en este espacio de opinión, por lo que no voy a abundar en ello. Sí voy a insistir en que tales tendencias, como consecuencia de su propia dinámica y de que no se ha producido ni una sola medida gubernamental que intente contrarrestar los dañinos desequilibrios que las generaron, continúan retroalimentándose positivamente, tal cual una bola de nieve que viniese rodando por una pendiente cada vez más escarpada, haciéndose más voluminosa e incrementando el esfuerzo que se requeriría para, al menos, desacelerar su marcha. Se requiere detenerla y comenzar a empujarla cerro arriba, lo que nos aporta una lectura sobre lo doloroso y traumático que será para todos los que aquí habitamos: el programa de ajustes que habrá de implementarse para corregir ciento ochenta grados este insensato rumbo hacia un gravísimo estado ruinoso del país en lo económico y en lo social.

Se ha perdido mucho tiempo ya. Y se continúa perdiendo. La explosión, estallido, o como se le quiera llamar, puede ocurrir en cualquier momento. Hay quienes me argumentan que no va a pasar nada, que el pueblo ya se ha acostumbrado a todo lo malo que le ha deparado este régimen. Y yo me enrabieto, realmente es así, cuando no logro hacerles ver que este proceso es como el de una liguita que se continúa estirando. Uno podrá equivocarse en el pronóstico del tiempo que le tomará a la liguita reventarse, pero: ¿puede haber dudas que de continuarse estirando a ésta va, ineluctablemente, a llegar el momento en que se rompa?

En este escenario, que es el que a mí más me conmueve, todo lo demás me resulta, sinceramente, un tanto accesorio. ¿Para qué voy a escribir opinando sobre lo chévere que me pareció el discurso de Henry Ramos Allup después del de Maduro, supuestamente, rindiendo cuentas? ¿O el de Pizarro, Marquina o Montoya? Si lo hago, también tendría que destilar algunas críticas sobre las prioridades que se vienen reflejando en la selección de los temas que conforman la agenda legislativa –ya se comienza a observar acerbas críticas en las redes sociales con respecto a esto-. Ya se sabe lo mal que lo llevamos en este país los “managers de tribuna”, máxime cuando corremos el riesgo de ser calificados de impenitentes nubes negras.

En resumidas cuentas: yo no desestimo, para nada, el inmenso esfuerzo político que se ha hecho para que la AN recupere su espacio de ser la gran palestra política que el país se merece en este tiempo tan oscuro y ante el proceder tan correoso del régimen que controla los demás poderes. Pero, ya a estas alturas se debería haber internalizado que la AN, debata más, debata menos, no va a lograr con sus deliberaciones torcer el infausto rumbo de empobrecimiento que ya hemos caracterizado. Si la mayoría de la AN intentara navegar hacia aguas más profundas, tratando de ser pertinente a las expectativas de ese pueblo que votó, mayoritariamente, por ella para que le comenzaran a resolver sus problemas de sobrevivencia, ya está cantado que el Régimen la va a desconocer por “inconstitucional proceder”.

Los diputados de la Oposición, en consecuencia, deben tomar consciencia que ese espectáculo político en la AN, por sí sólo, tiene un lapso finito de tiempo en el que puede resultar políticamente eficaz. Transcurrido ese lapso, corren el riesgo de ser víctimas de un “Que se vayan todos”, como el que se produjo en Argentina (2001) en una crisis que me atrevo a calificar de menos grave que la que tenemos entre manos -también el movimiento de los indignados en España (2011) recurrió a este slogan-. Deben saber también, aprovecho para manifestarlo, que a una inmensa mayoría nos resulta, angustiosamente, irritante que estén dispuestos a protagonizar un debate electoral abierto sobre las diferentes opciones candidaturales para las elecciones de gobernadores para finales de este año. Señores, en este país el tiempo se ha comenzado a contar en reversa, con relojes de una arena humedecida por las copiosas lágrimas de esta crisis.

¿Qué debe entonces hacer la Oposición? El debate político en la AN debe continuar, pero la estrategia debe ajustarse con la visión de alcanzar una posición de mayor fortaleza política en ese enfrentamiento de poderes que ya es crónica anunciada. Lo otro, lo más importante, lo que es distinto al “por sí solo”, es ponerse a la cabeza del pueblo a los efectos de liderizar, con buen tino político, un gran movimiento de protesta pacífica que no se detenga hasta salir de este gobierno, porque con él, ya está demostrado, no vamos a salir de esta crisis, todo lo contrario: se va a seguir profundizando. Me sumo así, públicamente, a las voces de otros generadores de opinión que han comenzado a decirlo. El debate en la AN no puede convertirse en factor anestesiante de la voluntad de cambio que motivó al pueblo a conferirles una holgada mayoría.





sábado, 23 de enero de 2016

La segunda parte de la serie ¨La Universidad en su Laberinto¨

La Universidad en su laberinto

II-La camisa de fuerza jurídica


Asdrúbal Romero M. (@asdromero)


Después del aleccionador relato político que compartí con ustedes en la primera entrega de esta serie de ensayos cortos, el cual, extraído de mis memorias, condensa en un revelador evento: las claves para entender por qué estos diecisiete años de revolución chavista fueron, totalmente, desperdiciados de cara a la urgente necesidad que se tenía de transformar el sistema universitario nacional, dejé enunciada la siguiente interrogante: ¿Puede una universidad en este país realmente transformarse sin la concertación con el Estado y su cooperación?

Debo reconocer que me atreví a anticiparles un NO como respuesta.  Me corresponde argumentarlo, no sin antes advertir que en la Universidad, como en cualquier organización, siempre existen los espacios para hacerlo mejor. Me protejo de esta manera ante la crítica de quienes creen que la universidad  venezolana, a pesar de las ingentes restricciones a las que fue sometida estos años, pudo haber instrumentado algunos cambios en positivo. Comparto este criterio, aunque mantengo mi reserva en cuanto a si el alcance y los efectos de esos cambios podrían asimilarse a los de una transformación, que diera respuesta a los retos institucionales que están planteados desde hace ya más de dos décadas. Por otra parte, es pertinente aclarar que cuando me refiero a la universidad venezolana,  reduzco mi campo de visión a aquellas instituciones de mayor tradición en el país, entre las cuales incluyo a las cinco universidades autónomas y aquellas experimentales que se han resistido a la invasión bárbara tratando de mantener su esencia universitaria. No es un secreto para nadie, que algunas universidades experimentales han sido destruidas hasta perder esa esencia y las de más reciente creación no califican, en mi opinión, para ser reconocidas como universidades de conformidad a la acepción universal que conlleva esa palabra (siendo generoso se les podría calificar de liceos superiores de pésima calidad académica). Tampoco incluyo en este análisis a las universidades privadas por no depender del erario público, aunque la regulación impuesta por el Estado sobre los incrementos anuales del costo de la matrícula también ha limitado sus dinámicas de transformación. Hechas estas dos obligantes acotaciones, puedo retornar a la tesis principal.

Desde los tiempos de la Cuarta República, las universidades venezolanas han tenido que navegar en un espacio muy restringido. Esta circunstancia les ha impedido liberar todo su potencial, teóricamente, autonómico a los efectos de introducir las transformaciones que fueran necesarias para dar respuesta a las demandas de los nuevos tiempos. Sin pretender ser exhaustivo, a continuación les hablaré de algunos de esos factores de contexto que se confabulan, tal cual una camisa de fuerza, para apresar las dinámicas de transformación que se pudieran proponer al interior de las instituciones.  Esta segunda entrega la invertiré, mayormente, en referirme a la camisa de fuerza jurídica.

Lo han dicho los expertos: la Ley de Universidades de 1970, que todavía nos rige, es una ley excesivamente prescriptiva. Se significa con esto que ella establece con demasiado detalle  cómo debe organizarse la Universidad, en cuanto a su estructura académica; organismos de gobierno; mecanismos de selección de sus autoridades, etc. Prevalece entonces un criterio de uniformidad institucional: todas las universidades deben regirse por el mismo patrón, del cual sólo se les permite una relativa evasión a las universidades experimentales, creadas con posterioridad a la promulgación de la Ley y con inferior cuota de representatividad ante el CNU –comparada con la de las autónomas-. En este escenario legal, la diferenciación institucional mediante la sana competencia de novedosas formas organizativas no es posible. La heterologación institucional, una idea que como ya dijimos en la primera entrega estuvo en boga durante el segundo gobierno del Dr. Caldera –siendo ministro el Dr. Cardenas Colmenter-, perseguía incentivar la competencia entre instituciones mediante incentivos presupuestarios vinculados a indicadores de productividad. El número de investigadores adscritos al Programa de Promoción de la Investigación (PPI) fue el único indicador que se utilizó las pocas veces que se incorporó al criterio heterologador dentro de los mecanismos de asignación presupuestaria –no más de tres si mal no recuerdo, la Revolución acabó con tan “fantasiosas ideas”-. La posibilidad de usar otros indicadores que midieran el incremento de la eficacia organizacional, lo cual podría generar tendencias dentro de las instituciones a buscar esas ganancias mediante la implantación de cambios organizacionales, está prácticamente vedada  por la vigencia de un marco legal que preceptúa una sola forma de organización y que no deja márgenes para la diferenciación.

Una nueva ley debería ser menos prescriptiva en este sentido. Debería sólo establecer lineamientos generales de organización y dar la libertad a las instituciones para que, en ejercicio de su autonomía, pudieran elegir su propia forma de organizarse. Esta sería una forma de liberar el potencial transformador de las universidades. Por supuesto, respetando algunos criterios. A manera de ejemplo, un criterio que yo recomendaría quedara consagrado en esa nueva ley liberadora, sería el de exigir que en cualquier estructura de gobierno universitario se respetara el principio de equilibrio de los poderes, ese mismo del cual hoy se habla tanto en el país. Ese requerimiento no está plasmado en la Ley vigente y, de hecho, no existe equilibrio de poderes en la estructura de gobierno actual de la universidad venezolana. Lo que existe es una excesiva concentración de poder en la máxima autoridad rectoral.

El Rector (o la Rectora) es el representante de la Institución ante el CNU, organismos gubernamentales y cualquier otro tipo de organización. Es el representante jurídico, que es demandado por todos aquellos que consideran que sus derechos han sido vulnerados por alguna instancia universitaria. Es el único cuentadante de la Universidad, es decir: el responsable ante la Nación de rendir las cuentas sobre la administración de los fondos que a ella le ingresan. Esto le convierte a su vez en el ordenador de pagos, ningún bolívar puede egresar de las arcas universitarias sin la autorización del Rector (o de quién haya sido delegado por él para cumplir esa función). Lo cual tiene su lógica: al responsable de explicar cómo los fondos han sido gastados debe, entonces,  reservársele la prerrogativa de autorizar cualquier egreso. Esto convierte al Rector (o a la Rectora) en administrador de cuantiosos recursos presupuestarios, que debiera hacerlo conjuntamente con el Vicerrector Administrativo de turno como lo establece la Ley, pero cuando no hay confianza personal y política ese mandato pasa a ser letra muerta. En añadidura, no sólo administra lo financiero, también los recursos humanos exceptuando al personal académico. Por atribución expresa de la Ley, el Rector es el único autorizado para ingresar personal administrativo y obrero a la Institución, también el único con la potestad de destituirlos o jubilarlos. El Rector es el patrono, aunque ya no lo sea para los efectos de las negociaciones con los gremios de las condiciones salariales y de trabajo. También es el garante de la seguridad, el orden y la disciplina dentro de la Institución –tamaña responsabilidad en estos tiempos-, otra atribución específicamente señalada en la Ley. Paremos de contar: ¿En qué tiempo se supone que ejerza el rol de líder académico que se espera de él? ¿O el de gran promotor de la pertinencia social de la institución que él dirige?

El Rector también preside el máximo organismo de cogobierno universitario: el Consejo Universitario, cuerpo que no puede asimilarse a la figura de la Asamblea Nacional en cuanto a su función contralora del poder ejecutivo. Los consejos universitarios pueden aprobar normas y reglamentos, pero, dada su composición en la que un número apreciable de miembros son dependientes del beneplácito del poder rectoral – el caso de los Decanos, por ejemplo, aunque he visto excepciones-, su capacidad contralora de la administración rectoral está severamente coartada. Existen las contralorías internas, dirán algunos. Estas fueron muy debilitadas a consecuencia de una decisión muy desacertada, a la que me opuse, del CNU en el segundo gobierno del Dr. Caldera, cuando pasaron a depender de los rectores.

Una universidad que, por claridad de visión de sus autoridades y de una élite académica que les acompañara, quisiera transformarse, tendría que dar pasos hacia la reestructuración de su gobierno para desconcentrar el poder rectoral; crear las otras instancias que le sirvieran de contrapeso y rediseñar el rol del Rector para alejarlo de ese perfil administrativista y hasta enclaustrador que hemos descrito, a los fines de reservarle para el ejercicio de un liderazgo institucional más estratégico aunado a la búsqueda de recursos para la Institución, tal cual lo hacen los presidentes de las universidades norteamericanas. En Venezuela esta iniciativa no podría concretarse. La Ley no nos lo permite. Con este ejemplo, aspiro haber clarificado el efecto restrictivo de esa camisa de fuerza legal que impone severas limitaciones a las posibilidades de transformación organizacional. Aunque, históricamente, podría reconocer algunas iniciativas de más constreñido alcance. Como es el caso de la creación de la Defensoría Universitaria que impulsara nuestro vicerrector académico, el prof. Rolando Smith, pero no sé las razones, o quizás sí lo sé, por la cual dicha iniciativa no tuvo mucha acogida entre los decanos de la época. Ahora pienso que yo debí haber impulsado a la figura de la Fiscalía Universitaria –un poco de humor no sobra-.

Otro tema en el cual la Ley restringe la posibilidad de introducir reformas es el de los mecanismos de selección de las autoridades. Me es inevitable recordar los tiempos en los que motorizamos la aprobación de la reforma electoral para incorporar la figura del claustro virtual estudiantil, lo cual hizo posible la participación directa de los estudiantes en las elecciones de autoridades –incluyo bajo este término también a los decanos-. Estábamos conscientes de la existencia de una restricción legal por cuanto la Ley establecía taxativamente la elección en segundo orden para los estudiantes, sin embargo la reforma sobrevivió y la Universidad de Carabobo se convirtió en pionera, entre las autónomas, del novedoso mecanismo de participación estudiantil en la elección de las autoridades. Hubo demandas interpuestas ante la Corte Suprema, sí, pero se estrellaron en contra del nuevo espíritu de la transición que apuntaba a una mayor democratización. Aunque nos favoreciera, no puedo dejar de reconocer que fue la primera vez que una interpretación jurídica un tanto etérea prevaleció por encima del texto explícito de la Ley de Universidades. Como dicen: de aquellos barros estos lodos, ahora somos testigos del desconocimiento del texto legal que nos rige, en aras de una pauta de democratización –la promesa de Navarro- establecida en la Ley Orgánica de Educación, que no ha sido reglamentada y con la que se presentan dificultades para su cabal interpretación. Por esta vía, lograron la paralización de la democracia universitaria y el mayor apresamiento de la Universidad dentro de su opresora camisa de fuerza.

Ahora bien y ya para ir concluyendo, de cara al futuro, en lo atinente a la selección de autoridades yo abogo por una nueva ley, producto de una necesaria concertación entre Estado y Universidad, que deje abierta la posibilidad de que las instituciones puedan resolver internamente, en ejercicio pleno de su autonomía, sobre sus mecanismos de escogencia de sus autoridades. Habrá algunas que se mantendrán dentro del paradigma estrictamente democrático y que, incluso, lo amplíen en la línea de la propuesta Navarro. Les desearé suerte, pero expreso mi convicción de que avanzarán más, aquellas universidades en las que se decida incorporar criterios de meritocracia académica a los procesos de escogencia de sus autoridades. Como lo expresó el sociólogo Daniel Bell –traduzco-: “La calidad de vida en cualquier sociedad es determinada, en considerable medida, por la calidad de sus liderazgos. Una sociedad que no tiene a sus mejores hombres a la cabeza de sus instituciones más importantes se constituye en un absurdo moral y sociológico”. La Universidad se incluye dentro del selecto grupo de instituciones más importantes del país;  su esencia está incontrovertiblemente atada a la idea del mérito académico; por qué dudar entonces que en ella se demande para los puestos de dirección, al igual que para la gerencia de las grandes corporaciones y los más importantes centros de investigación a nivel mundial,  a los líderes académicos más capacitados para asumir el reto.

Estoy consciente que este es un tópico controversial que requiere de mayor elaboración. Es una propuesta que hoy día se ve imposibilitada por las razones ya expresadas, pero si nos atrevemos a soñar en un futuro próximo en el que se tome conciencia, desde el Estado, de la necesidad de darle un marco legal a la Universidad que haga posible la liberación de su potencial de transformación, entonces será una propuesta digna de ser tomada en cuenta. Ideas como esta, como la heterologación institucional, se pueden percibir como demasiado heterodoxas en el ámbito de esta pesadilla que hoy nos embarga, pero están allí, esperándonos en el futuro. En la siguiente entrega me referiré a la camisa de fuerza más visible: la económica- financiera.


sábado, 16 de enero de 2016

Primera parte de la serie: "La Universidad en su Laberinto"

La Universidad en su laberinto

I-En la transición de la cuarta a la quinta


Asdrúbal Romero M. (@asdromero)

En este estado de quiebra generalizada en el que han sumido al país, en el sector universitario, finalmente, parece surgir  un consenso colectivo en cuanto a reconocer el agotamiento del modelo por el que nos hemos regido por más de cinco décadas. Tuvimos que llegar a un tornado híper inflacionario, en lo que respecta a los gastos de funcionamiento e inversión para la Academia, para tomar conciencia colectiva de la muy débil sustentabilidad del modelo de financiamiento mediante el cual se ha decidido la asignación de recursos presupuestarios a las universidades dependientes del erario público. Por esto, el reconocimiento cobra particular énfasis en el tema financiamiento, que incide sobre todo lo demás, pero, en mi opinión, el agotamiento aqueja a todas las áreas del quehacer universitario nacional.

Cabe preguntarnos: ¿Desde cuándo resultaría válido hablar de agotamiento del modelo? Ya en los tiempos de la Cuarta República, se hablaba de la imperiosa necesidad de transformar a la universidad venezolana. Una manifestación de ese deseo fue la tendencia heterologadora que, tal cual la Onda Nueva en otros tiempos de nuestra historia musical, tuvo sus años de moda en el segundo gobierno del Dr. Caldera. Efectivamente, ya para aquel entonces se tenía conciencia a los niveles más altos de la necesidad de ajustar el modelo y someterlo a una evaluación continua mediante una estructura de acreditación institucional con cobertura nacional. Luego entramos a esta revolución, que ha resultado ser como una cava congeladora del progreso en muchas áreas del quehacer nacional, entre ellas, y lo digo sin abrigar la más mínima  duda: la universitaria.

A mí, como Rector de la Universidad de Carabobo en el período 1996-2000, me correspondió dirigir a la Institución en los dos últimos años del segundo gobierno del Dr. Caldera y los dos primeros del Comandante Chávez. Deseo iniciar esta secuencia de artículos titulada “La Universidad en su laberinto” –aspiro a poder trasmitirles a mis lectores, progresivamente, una nítida imagen del laberinto al cual me deseo referir-, compartiendo una experiencia vivida al inicio del segundo de los gobiernos mencionados.

El Ministro de Educación y Presidente del Consejo Nacional de Universidades (CNU), Héctor Navarro -todavía no se había creado el ministerio para la educación universitaria ya que recién había tomado posesión el flamante nuevo gobierno-, nos convoca a su despacho para una reunión a los cinco rectores de las universidades autónomas.  Compartía con Navarro en aquel momento dos cosas: ambos éramos profesores de Ingeniería Eléctrica, él de la UCV, y ambos teníamos una relación muy cordial con Trino Alcides Díaz, Rector de la UCV, por lo que albergué buenas expectativas con respecto a esa reunión.  En ella, Navarro, que siempre fue en esos dos años un cultor de las buenas formas, nos invita a ser partícipes de un gran proceso de transformación de la universidad venezolana impulsado desde el CNU y, prácticamente, nos propone a los cinco el liderazgo compartido con él en ese proceso. Nos reuniríamos previamente a cada reunión del máximo organismo nacional de conducción universitaria, a fin de debatir las propuestas de transformación que serían llevadas al seno del cuerpo. En la reunión, además de Trino y mi persona, participaron los rectores Felipe Pachano, Neuro Villalobos y Viridiana González de la ULA, LUZ y UDO respectivamente. Navarro nos invita a cada uno de nosotros a que expongamos en esa primera reunión de intercambio informal de ideas: cuáles creíamos nosotros eran los cambios más urgentes que debían promoverse en el subsistema de educación universitaria.

No logro recordar lo que expusieron mis compañeros, apenas: que ninguno de ellos quiso comentar un tema traumático que yo había puesto en el tapete en mi intervención. Fui el primero que expuse. Me referí al inmenso capital político que había aglutinado Chávez en el proceso de advenimiento a la Presidencia, al recibir de los electores un claro mandato para cambiar muchas de las cosas que andaban mal en el país. Esto nos brindaba una brillante oportunidad para introducir los urgentes cambios que se ameritaban en el ámbito universitario, algunos de ellos lo suficientemente controversiales para suponer que en circunstancias políticas más adversas resultaría muy difícil implantarlos. Hablé de la necesidad de ponernos de acuerdo en una ley de financiamiento para la Educación Superior, del carácter sistémico de un proceso de transformación y expuse la necesidad de un cambio urgente, al cual no se le debía dar demasiadas largas: la modificación del régimen de jubilaciones para el personal universitario a fin de incrementar el número de años de servicio –el tema traumático por excelencia que nadie, ni siquiera Navarro, se dignó a comentar-. Lo hice argumentando que la jubilación a los veinticinco años de servicio estaba descapitalizando, académicamente, a nuestras instituciones a un ritmo demasiado acelerado y aludiendo, también, a la inmensa carga presupuestaria que dicho régimen representaría en el tiempo, habida cuenta que no se habían tomado las debidas previsiones financieras para hacerlo sostenible. Por supuesto que este es un tema muy complejo en sí mismo para extenderme aquí en mayores justificaciones. Sí deseo reiterar mi sincera convicción en aquel momento de la necesidad de detener tan doloroso y costoso desangramiento.

Después de todas las intervenciones de los rectores, habló Navarro. Nos hizo saber que su principal propuesta transformadora era una mayor democratización: empleados y obreros debían votar en los procesos de elección de las autoridades rectorales y decanales. También expuso su criterio de permitir la reelección a nivel de las autoridades rectorales –los decanos ya se podían reelegir-. Que yo recuerde no hizo mención a ninguna otra propuesta, ni tampoco se extendió mucho en comentar las nuestras. No podía saber en ese momento si más bien hablaba a nombre propio o, si en verdad, la gran promesa de cambio que el Chavismo le tenía reservada a la universidad venezolana era simplemente esa. Salí perplejo de esa reunión. Y decepcionado debo decirlo, por lo escueto del planteamiento que contrastaba con la impostergable y profunda transformación que demandaba nuestro subsistema universitario. Adicionalmente, no simpatizaba para nada con su tesis principal, convencido como ya estaba de que el excesivo electoralismo con sus vicios y triquiñuelas le estaba haciendo daño a la Universidad. Había demasiada política y poca academia en los procesos de selección de autoridades. Por ello, había seguido con sumo interés el último –para aquel tiempo-  proceso de selección de autoridades rectorales que se había aplicado en la universidad experimental Simón Bolívar. Un interesante experimento que había incorporado el principio de meritocracia académica en la selección del equipo rectoral de esa institución. No me extenderé en el procedimiento aplicado por ellos. Quizás algún día, ojalá las circunstancias en el país lo permitan y pueda tener el placer de retrotraer aquella novedosa experiencia a una mesa de discusión nacional  sobre las estrategias de transformación a considerar en el desafío de reflotar a nuestras instituciones universitarias. Si tuviese que hacer una lista de las organizaciones sobre la Tierra en las que se amerita recurrir  a un proceso de selección de quienes la dirigen aplicando principios de meritocracia política, en el primer lugar de esa lista colocaría a la Universidad, en ajustada consideración al carácter intrínsecamente meritocrático de su misión académica.

No se produjeron posteriormente más reuniones de esa naturaleza. Los desencuentros en el CNU comenzaron a producirse demasiado prontamente. Han transcurrido más de diecisiete años desde aquel intercambio cordial muy bien intencionado y, como le ha ocurrido a la Revolución con tantos otros temas, el balance de los logros obtenidos en la implantación de sus propuestas de cambio orientadas hacia el sector universitario ha sido apabullantemente nulo.  ¡El inmenso capital político dilapidado! No sólo se trata de que los empleados y obreros en nuestras casas superiores de estudio todavía no voten para elegir autoridades, sino que han logrado paralizar la democracia en aquellas instituciones autónomas y experimentales donde funcionaba –con sus problemas, pero funcionaba-. En el interín, en todas las que malamente intervinieron o posteriormente crearon, se han consolidado autoritarismos sometidos a una provisionalidad epiléptica regida por los constantes cambios que se producen a nivel de las cúpulas oficialistas en el sector. Se van unos y llegan otros, de Guatemala a Guatepeor, improvisación y anarquía reinantes en un doloroso cuadro de destrucción.

¿Qué sentido tiene traer ahora del pasado una experiencia personal que raya en lo anecdótico? –seguramente se lo preguntarán algunos lectores-. Un amigo mío, a raíz de algunas otras publicaciones vertidas en este blog, siempre ha insistido en incentivarme a que plasmara por escrito este tipo de memorias. Con el tiempo me he convencido de la validez de su insistencia. Quienes como yo, hemos tenido la responsabilidad de dirigir al más alto nivel instituciones universitarias u otros organismos públicos de similar complejidad, debiéramos asumir como un deber el recuperar esas memorias personales como una contribución a recuperar la memoria colectiva de este país. Pedacito a pedacito, debemos reconstruir ese pasado tan cuestionado por unos cara’e tablas que siguen llenándose sus getas con ínfulas transformadoras, a pesar de su más estruendoso fracaso en casi todos las áreas del quehacer nacional. Si antes ya teníamos conciencia de la urgente necesidad de introducir profundos cambios en el ámbito universitario y todavía disponíamos de instituciones que alcanzaban a cumplir su función social a pesar de las debilidades y carencias que estaban patentizándose, qué verbo necesitamos utilizar hoy para describir cómo las sacamos del tremedal en el que se están hundiendo.

Pero además de la catarsis justa y necesaria que me permite este relato anecdótico, lo traigo a colación como prolegómeno de esta secuencia de artículos que me he prometido escribir para plantear una interrogante que sirva de abreboca a los siguientes artículos: ¿Puede una universidad en este país realmente transformarse sin la concertación con el Estado y su cooperación? La respuesta a esta pregunta es dependiente de las coordenadas de espacio y tiempo en el que nos propongamos responderla. Repregunto de una manera más explícita y acorde con la dependencia espacio-temporal que he asomado: ¿Podía la Universidad de Carabobo auténticamente transformarse para adaptarse a los retos que se le planteaban en los tiempos de agonía de la Cuarta República? Mi tesis es que ya no podía –enfatizo que estoy refiriéndome a real transformación y no a mejoras-. Los argumentos los desarrollaré en la continuación de esta secuencia. Pero insisto en repreguntar: ¿Lo podría hacer en estos tiempos? Ya hemos visto como a lo largo de la Quinta, la falta de claridad sobre la universidad que requería el país, de parte de unos actores políticos en ejercicio de la representación del Estado, se convirtió en imponente factor de bloqueo a cualquier intento de transformación universitaria realmente pertinente.

Chávez, en sus inicios, puso al frente del manejo de la educación superior a los amigos universitarios que le visitaban todos los domingos en su cárcel. Ellos visualizaron en la democratización la gran fuerza impulsora de los cambios que se necesitaba en las universidades. No podían ver más allá de sus narices. ¡Menuda insensatez! Vívidamente retratada en la anécdota de aquella esclarecedora reunión de lo que iba a ser nuestro futuro universitario.  Ni siquiera Chávez les compró su tesis. Se dedicó a repotenciar a la UNEFA a la que él, con sus carencias intelectuales y como estadista, se imaginaba como la gran universidad militar que necesitaba el país, eje central del subsistema universitario paralelo que montó.  Mientras tanto, las otras, las de verdad, las que sí podían servirle al país se las dejó a las riendas de quienes a cuenta de su tibio sueño igualitarista las colocaron en el congelador a morir de mengua. Una dura lección sobre el rol decisivo que  pueden ejercer quienes detentan el poder del Estado de cara a la posibilidad real de la transformación del sistema universitario de un país.