viernes, 25 de septiembre de 2015

Caracterización parcial de este conflicto

Este conflicto universitario

Asdrúbal Romero M. (@asdromero)

Permítaseme una metáfora: Venezuela es como un ascensor que, a doscientos metros de profundidad en el subsuelo, desciende a una velocidad de 50 metros por segundo. Dentro del ascensor van las empobrecidas universidades que confrontan severos problemas de financiamiento para mantener su viabilidad operativa y, dentro de ellas, viajamos sus empobrecidos trabajadores. Lo peor está por ocurrir, lo dicen todos los expertos: el 2016 será mucho peor que lo que ya estamos viviendo.

Nos enfrentamos a un verdadero tsunami económico y social, por lo que la óptica con la que debe ser analizado un conflicto universitario en este contexto, sus objetivos y métodos, debe ser muy distinta a la que utilizáramos en nuestra larga historia de conflictos con los gobiernos de turno. No se trata de resolver un deterioro provisional de nuestro salario, ni de luchar porque a las universidades se les estén escamoteando los recursos para favorecer a otros sectores en la repartición de la torta, sino de cómo utilizamos nuestro potencial de influencia sobre el rumbo del país para convertirlo en poderoso vector opositor a las erradas políticas que lo están hundiendo. En este sentido, el inescapable conflicto que tenemos por delante es de naturaleza altamente política –todos en el pasado lo han sido en algún grado pero ninguno como este- y así debe ser asumido, sin ambages.

Si el conflicto sirviese para lograr una rectificación por parte del gobierno de las políticas que viene aplicando y poner en vigencia otras que reviertan la nefasta tendencia, o en caso de seguirse negando lograse el cese de sus funciones, podríamos calificarlo de altamente efectivo. Esto me provee de un criterio para valorar el potencial de un conflicto. En este sentido: ¿Cuál sería el conflicto ideal en mi opinión? Uno que englobara a todo el sector educativo, incluyendo tanto al público como al privado porque la educación es una sola. Desde hace ya varios años, la prestación de servicio educativo en este país ha venido siendo muy mal remunerada. Los profesores, a cualquier nivel, con nuestros bajos sueldos nos hemos convertido en financiadores de la educación -de la pública y de la privada-. Con la inflación galopante, a un tris de evolucionar hacia hiperinflación, esta situación ha llegado a niveles intolerables y de indignidad. Esta circunstancia, por supuesto, que está teniendo incidencia en el descenso de la calidad de la Educación en el país. No olvidemos que tarde o temprano se cumple el siguiente principio: “obtenemos la educación que pagamos”.

Y uno se pregunta, si por allí están los profesores de educación básica y media (sector público) pendientes de que se les concluya la discusión de su convenio: ¿Qué es lo que ha impedido que se produzca esa gran alianza con la FAPUV? Yo, desde hace varios meses, vengo hablando de esto a cuánto dirigente pueda hablarle, pero ocurre un no sé qué en este país que hace lucir como un imposible que algo que está de anteojitos se produzca. Seguramente inciden muchos factores para que no se logre, pero, obviamente, hay uno que se puede señalar sin lugar a duda: la inexistencia de un nivel superior de coordinación política. Consecuencia de esa falta de acompañamiento de los factores democráticos de oposición a los legítimos reclamos de la sociedad civil que tanto se ha criticado. Es como si al cerebro político opositor de nuestro país se le hubiese dañado la corteza prefrontal ventromedial que es la región donde se maneja la empatía.

Lo cierto es que todo parece indicar que esa gran alianza con mortífero poder de fuego no se concretará. Quizás sea eso, que su potencial de fuego es demasiado grande en un momento en el cual pareciera interesar más: demostrarle al Régimen que pasó a ser clara minoría. El 6D se ha convertido en el gran factor represor del legítimo y justísimo clima de protesta que debiera estar reinando en un país que está a punto de irse a pique. Todos esperamos al 6D mientras la procesión va por dentro, un signo del entrampamiento en el que estamos sumidos. La ruta electoral y la protesta social tienden a entrar en zona de disonancia, una condición de contorno a considerar en el análisis de contexto del conflicto universitario que ya está prácticamente decretado (escribo estas líneas un día antes de la Asamblea de la APUC, en las otras universidades autónomas sus respectivas asambleas ya lo han aprobado). Si yo fuese FAPUV, intentaría tender los lazos en procura del escenario ideal de conflicto.

En el escenario real surge la interrogante cómo debería ser ese conflicto, constreñido al ámbito universitario, que habría que diseñarlo estratégicamente y ejecutarlo para que tuviese la mayor efectividad posible  de acuerdo al criterio ya enunciado. ¿Cómo se sienta al gobierno con la variable inflación puesta sobre la mesa de negociación para extraer un compromiso suyo en ese sentido? NO HAY TABLA QUE VALGA si el ritmo inflacionario va a seguir destrozando nuestra calidad de vida y la posibilidad de que la Universidad pueda funcionar. Las dos cosas: salario y viabilidad institucional. Gremio e institucionalidad universitaria unidos. Más: proceso pedagógico irradiado hacia el país, porque es nuestro deber como sector fundamental de la “intelligentsia” del mismo, y hacia el sector estudiantil a fin de lograr su involucramiento en el conflicto.           



miércoles, 23 de septiembre de 2015

Aporte del prof. Nelson Acosta sobre el dilemático paro.

Me siento muy afortunado de poder contribuir, a través de este blog, con reflexiones que considero necesarias ante la coyuntura por la que atravesamos los profesores universitarios. Supongo que no podré continuar esta racha, pero esta semana lo estamos haciendo a un artículo por día. En este caso se trata de un aporte del profesor Nelson Acosta Espinoza, quien también publicó en facebook un largo comentario sobre mi post "¿Nos vamos o no al Paro?" De similar forma a como procedí con el profesor Pedro Villarroel: le solicité lo convirtiera en un artículo de opinión y he aquí el resultado. Recomiendo su lectura. Comparto en su totalidad su contenido.

¿Ir o no al paro?

Nelson Acosta Espinoza
 

¿Ir o no al paro? ¿Es pertinente esta pregunta? ¿El momento es el adecuado? Bien son varias las interrogantes que suscita la convocatoria de la asamblea para el día viernes. Voy a intentar reflexionar sobre lo que estas interrogantes implican.

Una primera observación. El salarial, en el marco de la actual coyuntura es, disculpen los gremialistas, un tema marginal. Ello no quiere decir que no constituya una reivindicación justa y necesaria. Lo que intento señalar que los bajos sueldos son consecuencias de una política. Y, es esa política, a la que hay que atacar y vencer. Desde luego, esta circunstancia salarial no es exclusiva de los universitarios. Es compartida por densos sectores de la sociedad. Y, ello es así, porque es consecuencia de una política y un estilo de gobernar concreto. Dicho sea de paso, política y estilo que han entrado en crisis. Y, desde luego, no están en capacidad de dar respuestas a las causas que provocan el hundimiento salarial que sufren los venezolanos.

Segunda observación. En consecuencia, no es particular a los universitarios el deterioro de calidad de vida. Por el contrario, esta condición (particularidad) es universable y, en consecuencia, potencialmente compartible con otros sectores de la sociedad. Dicho en términos abstractos: la política correcta es universalizar nuestra particularidad. En cristiano, desarrollar una política de alianzas con otros sectores que padecen "salarialmente" para enfrentar políticamente al gobierno.

Tercera observación. Para alcanzar este objetivo es imprescindible desarrollar una narrativa alternativa a la que ha estado vigente en los  últimos años. No podemos "pensar" esta crisis con los viejos marcos y conducirnos a tono con lo que esos marcos predicaban. La historia o, el pasado reciente, ha demostrado lo inadecuado de esas narrativas. Estamos donde estamos como consecuencia de una visión equivocada de la universidad y del rol de los organismos gremiales y de conducción institucional.

Cuarta observación. La crisis no es solamente salarial. Disculpen lo reiterativo. Es institucional. La universidad no le es posible seguir funcionando como universidad en las condiciones presupuestarias actuales. Me parece que hace obligante enlazar la lucha política por salarios justo con la de presupuestos apropiados. Sin exagerar, la institución universitaria, esa que existe en nuestra ley de universidades, ya no existe. Es necesario rescatarla y reinventarla.

Quinta observación. De esta última observación se desprende que las luchas salariales universitarias deben estar insertadas en un nuevo horizonte de significación. ¿Qué queremos decir con esta expresión? La autonomía, por ejemplo, no debe ser entendida como autogestión dirigida a satisfacer intereses internos (general de índole partidista y tribales). El cambio debe ser sustancial. La autonomía debe representar una capacidad para organizar y estructurar su propio ámbito académico, en el que la excelencia en el desempeño de la actividad docente e investigadora constituya el objetivo fundamental. Suena utópico. Estoy consciente de ello. Pero el conflicto que se avecina, podría brindar una excelente oportunidad para saltar de lo específico (reivindicaciones salariales) hacia lo sustantivo (repensar la universidad). Quizá, una iniciativa que sería apropiada desempolvar es la idea del Senado Universitario. Entidad oficiosa para plantear y discutir temas de esta naturaleza. Abierta, desde luego, al entorno y agrupaciones homologas y coincidentes con estas luchas políticas y reivindicativas.

Sexta y última observación. En mi juventud existía una consigna que solicitaba UN NUEVO GOBIERNO YA. Creo que por ahí van los tiros.








martes, 22 de septiembre de 2015

El Prof. Pedro Villarroel aporta una reflexión al debate.

El profesor Pedro Villarroel en un comentario hecho a mi anterior "post" acierta al señalar la ausencia en mi análisis del elemento "Político" (nótese que lo pongo con P mayúscula). Le he invitado a que convirtiera su comentario en un artículo y he aquí el resultado: una reflexión que recomiendo encarecidamente leer. 

EL JANO BIFRONTE EN LA CRISIS UNIVERSITARIA

“Es la hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes
que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos,
se puede decir que nos merecemos lo que tenemos”

José Saramago

Uno de los aspectos que establece la diferencia entre civilización y barbarie, desarrollo y subdesarrollo, pragmatismo y visión de futuro, es precisamente el manejo del tiempo. Su sistematización permite a las organizaciones distribuir eficientemente los recursos y las estrategias para alcanzar los propósitos hacia los fines establecidos en la visión. Por el contrario, un inadecuado manejo del tiempo convierte a la organización en un “cómo vaya viniendo vamos viendo” a lo Eudomar Santos, que la mineraliza, la petrifica y en consecuencia la hace inviable. Su muerte es inevitable.

La figura del Jano Bifronte retrata la actitud del liderazgo universitario de este momento, en una de sus caras. La cara que se nutre exclusivamente del pasado, incapaz de poder confrontar los nuevos contextos, las nuevas circunstancias y las situaciones derivadas de la realidad política contemporánea y de lo más permanente en la vida de los seres humanos y las organizaciones, como es el cambio. Esta falla de las capas tectónicas del pensamiento es el producto de un entorno cultural refractario que genera enmohecimiento de la capacidad de dar respuesta oportuna a los nuevos retos. Los símbolos culturales afectan la manera como percibimos la realidad, afectan la sensibilidad y empobrecen el mundo estético. Esto es decadencia.

El profesor Asdrúbal Romero, ex rector de nuestra universidad, publicó en su blog un análisis de la situación universitaria del momento. Comparto con él significativamente sus apreciaciones, no obstante pienso que el gran ausente en el debate universitario de la coyuntura, es el elemento político.

La estrategia del gobierno durante estos diecisiete largos y tumultuosos años, ha sido la de aislar los sectores y actores políticos que luchan por mejorar las condiciones de su existenciario. Esto ocurre primeramente porque las alforjas del pensamiento y la reflexión política se parecen a los anaqueles de los automercados, están vacíos. En segundo término, por la imposibilidad de integrar las diversas demandas de la población como un todo. Situación ésta que denota la carencia en nuestro liderazgo para promover y dirigir la acción política más allá del estrecho marco de la reivindicación salarial, elemento además que se comporta como un obstáculo epistemológico en el desarrollo de la conciencia crítica y transformadora del trabajador universitario.

No hemos sabido traducir el descontento que se produce por la insostenible situación económica en una acción política tendente a transformar la crisis nacional. El profesor Argenis Urdaneta,  en el conversatorio señalado por el profesor Asdrúbal Romero, lo caracteriza como parálisis paradigmática que condena a las direcciones gremiales a un ritornelo, a una rutinización de las acciones y respuestas sindicales ante la crisis que producen resultados cero y una gran desmoralización.
Desde la Cátedra de Estudios Culturales “Profesor Pedro Crespo”, conjuntamente con el decanato de Faces hemos dado inicio a una serie de conversatorios que tienen como propósito activar el pensamiento  y la reflexión. Estamos ante una encrucijada histórica, la universidad y los universitarios debemos estar a las alturas de las exigencias de nuestro tiempo. En un régimen totalitario, militarista y populista, están negadas las condiciones objetivas para el libre desenvolvimiento y la autonomía del ser humano. Por eso es impensable una lucha gremial universitaria sin el análisis del contexto político de la hora, sin generar los instrumentos teóricos propios del entorno universitario para su transformación.

Somos luz en las tinieblas y la adversidad. Es incomprensible actitudes ambivalentes en este momento. Debemos entender la imposibilidad del desarrollo humano en toda su complejidad dentro de los regímenes que propician la inacción y el vaciamiento del ser. La historia de la humanidad es un vivo ejemplo de la lucha de grandes conglomerados humanos por la democracia y la libertad. Allí están los casos de Alemania con Hitler, de Italia con Mussolini, de España con Franco, de Pinochet en Chile, de Trujillo o “chapita” en República Dominicana y en nuestro país, en el pasado reciente Gómez, Pérez Jiménez y Chávez.

La cara del futuro del Dios Jano Bifronte tenemos que construirla hoy los universitarios. De allí que estas discusiones que recién se inician son el preámbulo de la construcción del futuro que todos deseamos y aspiramos en nuestra universidad y en nuestro país.

lunes, 21 de septiembre de 2015

¿Nos vamos o no al paro?

¿Nos vamos o no al paro?

Asdrúbal Romero M. (@asdromero)


Una interrogante intensamente dilemática. Muy propio de estos tiempos de entrampamiento en los que nos han hundido, o en los que nos hemos dejado hundir y, seguramente, cada cual elegirá su propia versión personal entre esos dos extremos. Todo se nos ha convertido en un “cuero seco”, que si pisamos por un lado se nos levanta por el otro y viceversa. Lo que en otros tiempos sería la respuesta natural y lógica ante un proceso continuado de vulneración de nuestros derechos sociales y económicos como trabajadores, ir al paro, es ahora una decisión que concita una amplia diversidad de posiciones con fundamentaciones nada desestimables que las sostienen. Es lo que observo. Yo mismo, no asumo todavía una posición firme al respecto. Así lo señalaba hace unos días en un conversatorio convocado por la Cátedra Pedro Crespo que coordina nuestro ex secretario profesor Pedro Villarroel. Se produjo allí un muy interesante intercambio de ideas que me motiva a compartir con ustedes algunas reflexiones, que no pretenden ser exhaustivas en el análisis de tan compleja decisión.

Es evidente que, por fin, los universitarios hemos internalizado una sensación de empobrecimiento súbito. A juzgar por la debilidad de reacción en el pasado más reciente, lo restringiré a los tres últimos años, parecía que no nos dábamos cuenta que estábamos siendo sometidos a un proceso gradual y sostenido de empobrecimiento. Ha hecho falta una inflación subyacente del 400%, me remito al informe de una organización seria como Ecoanalítica, para que tomáramos consciencia de la profundidad en el subsuelo a la que vamos descendiendo, con una velocidad tal que con toda seguridad ya no nos será posible detener ese descenso en el corto plazo. Creo que es importante reconocer esto. Porque ahora, con el ojo afuera, como decía mi abuela, y la indignación bullendo en nuestras venas, sería un craso error asistir a una asamblea pensando que todo el terreno perdido es recuperable en el contexto de esta segunda discusión de una convención colectiva única para todo el sector universitario. Esto ya no va a ser posible. Del reconocimiento de esta verdad, surge la necesidad de un debate más profundo y menos emocional de cuáles pueden ser las expectativas concretas y alcanzables en el marco de un paro decretado en este reinicio de clases.

La dantesca realidad que estamos viviendo es consecuencia de un proceso dinámico que viene de muy atrás y en el que hemos cometido errores. Nos hemos calado, humillantemente, imposiciones unilaterales de incrementos salariales muy por debajo de la inflación. Aceptamos el inconsulto desconocimiento del instrumento legal que normaba la discusión de tales incrementos, las Normas de Homologación, y el colmo de los colmos: aceptamos formar parte de una mesa de negociación, con “voz y sin voto” para mayor indignidad, entre el Gobierno y una representación gremial conformada en su mayoría por gremios “troyanos” –esto ocurrió en el 2013, hace dos años-. Ya se sabía lo que iba a pasar cuando un gobierno, ahogado en su pésimo manejo de la economía del país, presionara  a sus correligionarios. Por muy avelinescos que estos supuestos líderes gremiales pudieran parecer, es decir: revestidos de una falsa combatividad aderezada con dosis de engañoso compañerismo, cordialidad e información oportuna y confiable sobre la ruta hacia el abismo, lobos disfrazados de ovejas, ahora a los ojos de todo el mundo se hace evidente que ellos actuaron de la forma que todos debíamos suponer iban a hacerlo. Ahora la FAPUV reconoce que fue traicionada. ¿Y qué esperaban?

Pudiera reconocerse, para decir algo en favor de tan ingenua actitud, que a la FAPUV, apremiada por la profunda apatía que minaba la combatividad de sus bases profesorales en el 2013, no le quedó más remedio que aceptar ser partícipe en ese reacomodo del paradigma legal para la negociación del convenio laboral –legalidad que hoy opera como una variable claramente favorable al Gobierno-, está bien, reconozcámoslo. Pero si fue así: ¿Qué hicieron estos señores a lo largo de estos dos años para recuperar la combatividad gremial de sus bases? ¿Organizaron algún proceso pedagógico hacia los profesores para sensibilizarlos sobre el grave problema que se estaba incubando? Yo, sinceramente, opino que no hicieron nada. Se sentaron a esperar la próxima oportunidad. Pues bien, está se dio y ahora se encuentran entrampados. Esta reflexión es importante evidenciarla. ¿Por qué? Porque a estos rostros visibles del inocultable fracaso -que no es sólo responsabilidad de ellos no me cansaré de manifestarlo-, se les pudiera ocurrir ponerse el traje de ser más papistas que el Papa y alentar una huida hacia adelante que sólo pudiera conducirnos a la más estruendosa derrota. Me da la impresión que es lo que están haciendo. Pareciera muy humano, en esta Venezuela donde ningún líder admite sus fracasos, que intenten hacerlo. Nosotros, las bases profesorales, debemos recelar de esa actitud, y analizar la posibilidad del paro bajo un enfoque bien sistémico. No podemos dejarnos conducir, guiados por la propia indignación y la irracionalidad, hacia una calle ciega sin retorno.

Por supuesto que no le culpo a usted, lector, tenga la sensación que me he alineado en contra del paro, después de leer estas líneas que vendrían a ser no más que el prolegómeno de un análisis más completo y exhaustivo. Créame que no es así. El paro pudiera aprobarse, pero condicionándolo al cumplimiento de un conjunto de restricciones. Se me ocurren tres, por ahora, sin desmedro de otras que pudieran señalar otros actores. En primer lugar: el paro debería ir acompañado de la declaratoria de los objetivos realísticamente dimensionados que pretenden satisfacerse con él. En segundo lugar: el paro debería contemplar una agenda concreta de participación integral de todo el profesorado y la institucionalidad universitaria, consejos de facultad a cabildo abierto, conformación de un parlamento universitario, etc. Esta agenda debería tener como uno de sus lineamientos centrales de acción, la organización de un proceso pedagógico orientado hacia los estudiantes sobre cómo esta galopante inflación está impactando la viabilidad de funcionamiento de la Institución.  Por último: debe producirse una drástica revisión del discurso central justificador del paro. Quedarse en lo exclusivamente salarial, por muy importante que sea para nosotros, es un error. Máxime cuando hay un paro técnico en ciernes, causado por la recrudecida inviabilidad del funcionamiento de la  Universidad. En una próxima entrega escribiré sobre el paro ideal, el que a mí, en lo personal, me encantaría; sobre el paro real que deberíamos intentar organizar y sobre el paro que yo no acompañaría ni a balazos. Aun así: no la tenemos fácil en estos tiempos de entrampamiento.



domingo, 30 de agosto de 2015

¡Son sólo MONTAJES!

Contradicciones
Asdrúbal Romero M. (@asdromero)

Escuchando a Maduro en diversas oportunidades hablar sobre el conflicto fronterizo con Colombia me he preguntado: ¿Y qué ocurrió con el conflicto con Guyana? ¿Será que la Exxon ya agarró sus macundales y se fue de la zona? Por supuesto que no lo creo, no soy tan pendejo para creerlo, el diferendo debe seguir anclado en el mismo punto. Lo que ocurre es que a este penoso régimen que nos gobierna, los conflictos que inventa por estos meses se le agotan sin que él logre su objetivo. Este no es otro que tratar de conseguir otro DAKAZO que les permita momentáneamente recuperarse en las encuestas y especular si con la “subidita” logran remediar en algo la debacle electoral que se les viene encima.

A la vista del ciudadano común debiera ser evidente que no persiguen en verdad resolver problema alguno, sino seguir explorando a ver si la pegan, pero su capacidad de engaño ya a estas alturas de la otra debacle, la social y económica, se nota en extremo mermada. Lo intentaron también con los operativos de la OLP y ya se han dado cuenta que no suben, sino que más bien bajan. Hay que reconocer que en algo sí han sido creativos: En reciclar viejos problemas, que si no los han creado ellos, se han encargado de nutrirlos hasta agigantarlos, para ofrecer la resolución de los mismos como promesa de campaña. Cada vez menos personas les creen.

Lo último que se les ha ocurrido es querer transmitir la imagen que, ahora sí, se abocarán  a resolver un muy difícil problema que ellos mismos han creado: el del contrabando fronterizo. Me voy a centrar en este, aunque ellos aluden en paralelo a otros problemas de muy inferior credibilidad. Lo del contrabando sí es real. La causa principal es evidente: el gigantesco desequilibrio entre el valor de los bienes cuyo precio es controlado al interior del país, gasolina, alimentos regulados, etc., y lo que valen allende las fronteras, en países que se someten a la disciplina de mantener un libre cambio de divisas.

El no cumplir con su obligación de tomar las decisiones en materia económica como era su inescapable deber hacerlo, ha incidido para que el problema haya crecido hasta convertirse en dolorosa sangría diaria para un país que ha sido tan inclementemente empobrecido y, además, en poderoso incentivo para la proliferación de un sinfín de mecanismos corruptores. El asunto se ha tornado inmanejable hasta tanto no se resuelva el elemental problema de vasos comunicantes que nos enseñaban en tercero de bachillerato. Pero entonces vienen estos,  con su ineptitud, su catálogo de recetas trasnochadas y la delicadeza propia de elefantes en cristalería, a, supuestamente, resolver el problema para generar un espectáculo dantesco que con razón ha irritado a los vecinos, mejores nuevos buenos amigos y enemigos, todos incluidos y unidos en el categórico rechazo. Nada mejor, después de haber suscitado tan tremendo zaperoco, que un viajecito hacia la China o cualquier otro remoto lugar que les permita tomar distancia y enfriar el desaguisado. Si no fuera por el daño que se le hace a la imagen de nuestro país y la incontrovertible violación de derechos humanos, el espectáculo sería de una risibilidad para desternillarse.


Ahora bien, a fin de honrar el título de estas líneas, si en verdad lo que ellos quieren es resolver el problema del contrabando y no se les ha ocurrido otra sino cerrar la frontera, en el mejor novel estilo de Corea del Norte, por qué el cierre es parcial. ¿La sangría sólo es en la región tachirense y por algún milagro divino es inexistente en la zuliana, en la apureña o en la frontera con Brasil? Es inevitable que recuerde mi más reciente viaje a Maracaibo. Allá pude constatar que en el propio casco de Maracaibo hay estaciones de servicio que requieren del chip para proveer el preciado combustible, pero hay otras tantas que no lo tienen instalado, por cierto: son las que están, todo el tiempo, repletas de vehículos en largas colas de espera.  Uno tiene que preguntarse: ¿Estos tipos son gafos(a) o tan pocos sistémicos que por eso tienen al país patas arriba(b)? ¿O de lo que se trata es de montar espectáculos para hacer ver que ellos están resolviendo cuando la verdadera intención es no resolver nada(c)? Ya yo tengo mi respuesta: ¡Es la tercera! Y lo que está ocurriendo es que cada vez más, un creciente número de electores los tiene pillados. Las contradicciones entrelíneas de sus argumentos son tan evidentes que ya están como esos pitchers a cuyas bolas se les ven las costuras.

Para concluir, yo lo que le solicito a los voceros de oposición es que no se enganchen en sesudas discusiones sobre lo positivo o lo negativo de los montajes que estos señores inventan. Como si fueran unas efectivas políticas públicas que ameritaran algún tipo de consideración, por faaavooor, señores, son sólo montajes para ver si llegan con algo de oxígeno al 6D. Y esa es la única respuesta que hay que suministrar a los vladimires enredadores. No se pueden dejar atrapar en el cuadrilátero del contrario (marco de la guerra económica). Tienen que dar respuestas cónsonas con su propio marco y la mejor forma es proyectando las engañosas intenciones mediante las evidentes contradicciones.

miércoles, 15 de julio de 2015

Sobre la eternidad de los liderazgos gremiales

Los eternos liderazgos gremiales

Asdrúbal Romero M. (@asdromero)


I-Despertando a una pesadilla

Los educadores de este país hemos despertado como de un sueño. Acostumbrados a que nuestros ingresos salariales se negociaban, en promedio, cada dos años, nos fuimos habituando a un empobrecimiento progresivo, habida cuenta que los incrementos aprobados siempre estuvieron rezagados con respecto a la inflación real. De pronto, de golpe y porrazo, como consecuencia del bestial ritmo que ha caracterizado a la devaluación de nuestra unidad monetaria en los tres últimos años, nos hemos despertado a una pesadilla. Oxímoron que encuentra su explicación en la dura toma de conciencia de que hemos pasado a ser parte del sector peor pagado de la sociedad.

Hasta un lavacarros informal devenga más por hora que el valor de una hora de clase de un profesor universitario con escalafón de titular (2 lavadas/hora a un promedio de  Bsf 250/lavada) y estas diferencias se tornan, tremendamente, abismales en cuanto demandamos la prestación de algún servicio personal de mayor nivel (plomería, reparación de electrodomésticos, consulta médica, etc.). En este país, todo aquel que puede incrementar el valor de sus honorarios, para trasladar a los usuarios de sus servicios  el incremento de sus propios costos personales, lo hace. Pero nosotros no podemos, dependemos de un salario controlado por el Gobierno, lo cual es una realidad tanto en el ámbito de las instituciones públicas como las privadas -en éstas por la vía de la regulación del costo matricular para los alumnos-. Adicionalmente, desempeñamos nuestra función en organizaciones que tampoco pueden escalar sus ingresos en función del incremento de sus costos, por estar sujetas a un presupuesto público o un marco regulatorio. De esta manera, nos hemos convertido en los principales financistas de una educación que ha ido perdiendo calidad hasta erigirse en otra pesadilla para el país.

El análisis de cómo hemos arribado a un cuadro tan dantesco en lo educativo es complejo, multifactorial, pero yo deseo centrarme en la capacidad de las organizaciones gremiales, como entes llamados a cumplir el rol de contrapesos al Estado en este proceso de agravado deterioro de la condición del educador y de la función educativa. Siempre el Estado llevó la ventaja en esa sana y democrática diatriba, hay que decirlo, pero en estos últimos diez años, no todos los de la Revolución,  ha venido haciendo con nosotros lo que le ha dado la gana. Este régimen que nos gobierna ha disfrutado de fortaleza política, inmensa por momentos. Ha sabido sembrar en el corazón de los asalariados públicos el temor ante su poderío. En el caso de las universidades autónomas, ha inventado argucias para socavar su autonomía, hasta el extremo de quitarnos la potestad de renovar a nuestras autoridades institucionales, jugando al deterioro de ellas por ilegitimidad y el natural desgaste. Más sin embargo: Viéndonos ya inmersos en este tenebroso cuadro de indignidad salarial y de inviabilidad institucional para poder cumplir nuestra sagrada misión, cabe preguntarse: ¿Es endilgable toda la responsabilidad al Gobierno?

II-De nuestra responsabilidad colectiva

¿Acaso no vamos a reconocer la existencia de una responsabilidad colectiva en ese dejarnos dañar nuestra dignidad hasta extremos vergonzosos? Sabido es que los colectivos no son muy propensos a reconocer sus propias culpas en este tipo de dinámicas –el pueblo griego ahora mismo es un excelente ejemplo-, pero la misma dimensión trágica hacia la que ha evolucionado nuestro deterioro devela una culpabilidad de nuestra parte, así sea difusamente distribuida, pero ya inocultable. Ahora bien, en este esquivo asunto de la responsabilidad nuestra en dejarnos desnudar para transparentar una acentuada debilidad como colectivo, cabe una interrogante más concreta: ¿Cuál es la cuota parte de esa responsabilidad adjudicable a nuestros representantes gremiales? ¡Debe ser mayor, obviamente! Pero ellos, al parecer, no lo estiman así e insisten en mantenerse al frente de sus representaciones, a pesar de que el evidente deterioro de nuestra situación laboral se encarga de demostrar todos los días el desastroso fracaso de sus ejecutorias.

En nuestra Venezuela del siglo XXI, para quienes detentan competencias de gobierno local, institucional –el caso de autoridades universitarias- o representantes gremiales se ha hecho muy fácil echarle la culpa de todo al gobierno central, para tratar de esconder sus propios errores en el desempeño de sus funciones. Ni falta que hace decir que el Régimen, con su nefasta conducción, contribuye enormemente a ello. Además, continuamente, pretende sacudirse de su responsabilidad culpabilizando a otros. A los que nos encontramos en el medio de este incesante peloteo, se nos dificulta discriminar: en qué proporción el inmenso perjuicio que se nos ha ocasionado es responsabilidad de cada uno de los factores de poder. Yo, en lo particular, no albergo duda que el Régimen es el principal propiciador del profundo desmejoramiento de nuestra calidad de vida: el gran “malefactor” de este país. Pero, por otra parte, no soy lo suficientemente ciego como para afirmar que los ejercicios de poder o representación anden muy derechitos aguas abajo.  Lo preocupante es que en este contexto de nadie asumir responsabilidades, todos quieren seguir mandando, eternizarse en su ámbito de poder como si no fuese evidente ya el desastre que nos inunda.  Los que han fallado y ya a nadie le pueden ocultar que han fallado, aun habiendo abrigado las mejores intenciones, pretenden mimetizarse detrás de la “maldad” e incompetencia gubernamental, así como de las múltiples trabas que el Régimen ha inventado para impedir que la democracia fluya a lo interno de las instituciones. Así el país, y en particular el sector educativo, se ha venido llenando de “Esquiveles” –apellido al cual aludo por la pretensión de eternizarse en el poder y no, necesariamente, por el agregado de las groseras corruptelas-. No se renuevan liderazgos, no se hacen elecciones y la mayoría, inocentemente, cree que no se  realizan porque no se puede y lo acepta pasivamente –parte de nuestra responsabilidad colectiva-. ¿Y el principio que tanto se cacarea de “Alternabilidad Democrática” cómo queda?

No soy amigo de escribir discursos como el que antecede sin hacer señalamientos concretos. Aspiro sea comprensible que los mismos los extraiga de mi ámbito de observación antropológica más cercano. Me referiré a dos ejemplos universitarios, aunque también a nivel de Educación Media sigo viendo nombres que se repiten año tras año. Está el caso de la FAPUV, la federación gremial que agrupa a la mayoría de las asociaciones de profesores universitarios, presidida por la Profesora Lourdes Ramirez de Viloria. Y, por último, les hablaré de la situación en mi gremio primigenio, el que más duele, la Asociación de Profesores de mi Alma Máter: la Universidad de Carabobo.

III-Caso FAPUV

En los primeros tres meses de 1997 se produjo un conflicto gremial FAPUV-Gobierno del cual debiéramos tomar nota en la actualidad. La otrora poderosa FAPUV, dirigida en ese momento con cierto éxito por el profesor José Rafael Casal -luego pretendería eternizarse en el poder-, anuncia en los últimos meses del 96 un paro total en frío para el mes de enero. Es decir: no se reincorporarían si  los representantes del Gobierno no se sentaban con la Federación, antes de que culminara el año, a objeto de discutir la aplicación en esa oportunidad de las Normas de Homologación –ya el plazo estaba vencido-. Transcurría el segundo gobierno de Rafael Caldera y su ministro Cárdenas Colmenter había optado por cambiar la política de negociación con los gremios universitarios: estos deberían sentarse a discutir con los rectores, “quienes eran los auténticos representantes patronales de las universidades” (FAPUV venía acostumbrada a negociar directamente con el Gobierno, por lo que la actitud del Ministro fue considerada como una provocadora táctica dilatoria). Se designó para tal efecto una comisión técnica FAPUV- Rectores, con participación del Director de la OPSU, que coordiné en mi condición de Rector de la UC. Fue cuando conocí a la profesora Lourdes, presidenta de la Asociación de Profesores de la Universidad del Zulia (APUZ), ya para ese entonces con muy bien ganada fama de ser una combativa y aguerrida representante gremial.

El paro se produjo e, históricamente, se considera que fue la primera gran derrota de FAPUV. El Gobierno, aprovechando que transcurrían los primeros meses del año,  se escudó en los tradicionales retrasos para el inicio de la ejecución presupuestaria y retardó el envío de los recursos para pagar nómina. Los profesores, sin cobrar, tuvieron que reintegrarse en marzo, en condiciones salariales muy distantes a lo que FAPUV había solicitado, considerando que la inflación de 1996 había roto el record de alcanzar un 103%.   Anecdóticamente, me llevé la raya en mi primer año como rector de no poder pagar en enero, luego de llevar cuatro años consecutivos, como vicerrector administrativo en la primera gestión del Rector Maldonado, logrando el “milagro” –hasta 1992 era usual que los profesores cobraran su primer sueldo del año a mediados de febrero-. Han transcurrido dieciocho años de aquella huelga y la he traído a colación, aparte de darle contexto a mi argumento, porque percibo circunstancias muy similares a las de aquel entonces cuando ahora se habla de un posible paro general en frío para octubre, justo en la reincorporación después de vacaciones de verano.
 
Animada quizás por la buena relación que se había construido en aquel conflicto -mi padre había sido su profesor en la escuela de Medicina LUZ- la profesora Lourdes me llamó en alguna fecha de 2005. Pensaba postularse para la Presidencia de FAPUV y competir con el profesor Casal –¡que se lanzaba a otra reelección!-, por cuanto consideraba que era, absolutamente, necesario un cambio a nivel de esa máxima figura de la Federación. Me solicitó el apoyo y mis buenos oficios para poder contactar a la gente clave en el gremio profesoral ucista. Así lo hice, fui buen oficiante, logré montar una reunión en el Polígono de Tiro con la presencia de los profesores Jesús Villarreal, que para ese entonces aspiraba a la Presidencia de la APUC, y Fermín Conde. Hubo acuerdo. Se habló allí de la necesidad de obtener el apoyo de los esposos Maldonado, lo cual supongo también se concretó. Jesús resultó electo el 19 de octubre de ese año (2005) y, posteriormente, el 2 de noviembre salió electa la profesora como Presidenta contando con el apoyo mayoritario de docentes de la UC. Vamos rumbo a cumplir los diez años de su mandato.

No poseo mayor información de las interioridades de su gestión al frente de la FAPUV y no tengo nada que recriminar en lo personal de la profesora Lourdes, lo cual me permite, con mayor objetividad, emitir una opinión de su gestión reciente desde una perspectiva externa y distante. ¿Qué observo yo de su conducción al frente de la Federación? ¡Desgaste y cansancio! Es evidente la falta de reflexión estratégica: se pretende seguir haciendo lo mismo que se ha hecho durante tantos años, cuando todo el contexto ha cambiado radicalmente. No puedes seguir dándote con la misma piedra, cuando además vienes consiguiendo malos resultados. Qué estos son unos demonios, comparados con los de la Cuarta, pues sí, es parte del cambio de contexto político al cual la Federación tendría que haberse adaptado. Como también se han producido cambios en lo económico –de seguir la desbocada tendencia inflacionaria tendríamos que exigir renegociación salarial permanente o algún criterio de indexación-, en lo social, en lo legal, en la composición del CNU, etc., pero la FAPUV se muestra carente de capacidad de adaptación a la nueva realidad del país, consecuencia de lo que decíamos antes: no se ejerce un liderazgo con visión estratégica. ¿Hacia dónde vamos de continuar así? ¿Qué tenemos que cambiar para enfrentar la nueva realidad? Me pregunto yo si se habrán hecho esas preguntas. Aparentemente, no.

El conflicto del 2013 avisó, clamorosamente, de la necesidad de transformar esquemas y diseñar nuevas estrategias. Se hizo evidente una baja motivacional importante en las bases profesorales, por una parte, y por la otra: ya muchos preveíamos la hiperestanflación en la que este nefasto régimen iba a sumirnos, con el consecuente aceleradísimo empobrecimiento de los docentes. Pero se sigue actuando con un manual aprendido ya hace demasiados años. Es indispensable más visión y estrategia; un remozamiento de imagen y, por favor, un cambio de actores. Hay que dar paso. ¿Qué no se pueden hacer elecciones porque el Gobierno no lo permite? –muchos opinan que no es así pero permítaseme no entrar en ese análisis-: ¿Y qué tal un sonoro gesto de rebeldía al respecto? ¿Qué tal si defendemos la poquita autonomía que nos dejan? ¿Qué tal si hacemos valer nuestro derecho como personas a elegir como representantes del gremio a quienes queramos?

IV-Caso APUC


Debo decir antes que nada que a lo largo de todo este siglo he mantenido una buena relación política y personal con el profesor Jesús Villarreal. Aspiro a que tales lazos no se resquebrajen por las opiniones que emito en este documento. De resultar lo contrario, lo sentiría. Jesús ha sido uno de los mejores, sino el mejor, representante profesoral ante el Consejo Universitario que yo tuve, enfrente y a mi lado, en los diez años de tránsito en común por ese máximo organismo. De hecho, ocupó el primer puesto en la segunda plancha de representantes que apoyé como Rector. Creo que iba para su tercer período. Luego aspiró a la Presidencia de la APUC, en la primera oportunidad fue derrotado. En la segunda logró la victoria, imprimiéndole, de inmediato, una nueva imagen a una asociación que ya vivía horas menguadas. Ha alcanzado logros importantes como dirigente gremial. Por todo lo anterior, no alcanzo a comprender  que ponga en riesgo toda esa notable trayectoria, pretendiendo mantenerse al frente de la corporación gremial más de lo aconsejable, sobre todo cuando es público y notorio que confronta algunos problemas de salud. ¿Qué no se pueden realizar elecciones? Si bien esto es discutible a nivel de la Federación, no existe duda alguna que no se corresponde con la verdad en el caso de las asociaciones. En diversas universidades, autónomas y experimentales, se han llevado a cabo con perfecta normalidad. 

Transitando ya el décimo año de su mandato –con la notable diferencia que fue reelecto el dos de diciembre de 2010-, también su conducción de la APUC se percibe minada por el desgaste y el cansancio. Da la impresión, me perdona, que estuviese gerenciando una transición sucesoral. El hecho que sus colaboradores más cercanos se hayan resteado fielmente con su gestión, no necesariamente les provee de identidad para presidir al gremio. Debiera entenderlo, porque el no hacerlo está gravitando para que las “fuerzas vivas” de apoyo a su gestión se hayan reducido a un mínimo. Es como si la gestión estuviese secuestrada por un círculo muy pequeño que ve en cualquier iniciativa, distinta a la que a ellos se les ocurre, el fantasma de la aspiración a un poder que no desean compartir. El problema es que, apartándonos de las consideraciones de orden personal que pudieran incidir para enmudecerlo a uno, lo señalado es muy grave a la luz del  pavoroso panorama demoledor que estamos padeciendo como agremiados. Tan grave, que por eso he sentido la necesidad de hacer pública esta controvertida opinión.

No puede ser que una actividad gremial, en este cruel contexto 2015, sea el volanteo de diez profesores en medio de la avenida Bolívar -o incluso de tres en el Carabobeño según una fotografía que me prometieron pero nunca recibí en mi correo-. Eso, lo que nos hace es un flaco servicio. El Gobierno se ríe de nuestra debilidad desnudada por nosotros mismos. La responsabilidad es de todos, es verdad, pero cuando la apatía, la indiferencia, la pasividad, o más grave aún: la depresión colectiva, rondan por los pasillos universitarios, lo menos que un dirigente gremial debe preguntarse es: ¿Por qué está ocurriendo? ¿Qué tenemos que hacer para que ello cambie? El no plantearse estas muy interesantes interrogantes es signo de carencia de pensamiento estratégico, al igual que en la Federación, y que esto ocurra en una institución donde se supone estamos los pensadores, puede significar que la palanca para convocar cerebros, elaborar propuestas y movilizar a los agremiados se haya desgastado. Muy posiblemente, debido a lo señalado con anterioridad. Yo mismo, me acerqué a una asamblea informativa, sin agenda debajo de la manga, hice una propuesta. Sentí que fue desestimada. Está bien: no pasó, se dice uno. Pero tampoco pasaron las de otros, las de los ex rectores Maldonado, las de los miembros del Comité de Conflicto que tanto colaboraron en las actividades del 2013, etc. Lo que percibí fue una falta de sensibilidad extrema al problema gremial más grave que tenemos en la UC: la falta de participación de las bases; lo que percibí fue burocratismo y enclaustramiento de una gestión. Hace falta emocionar para convencer, como siempre lo reitera mi colega Nelson Acosta, pero una gestión así no puede emocionar. ¡Hace falta renovación amigo! ¡Creo que urgente!

Concluyo manifestando que me habría gustado mucho participar en la asamblea que, finalmente, han convocado para el viernes 17 de julio –al menos eso entiendo-, pero un compromiso familiar ineludible en mi terruño me lo impedirá. Es lamentable que se haya tenido que llegar al proceso de recolección de firmas para vencer la resistencia del círculo reducido. Lo plasmado en este documento constituye mi posición personal, sólo compartida y enriquecida en conversaciones separadas con otros tres profesores jubilados de reconocida agudeza para el análisis político, en el cual coincidimos. Ojalá no se consuma como materia prima  de una agenda preestablecida para satisfacer ambiciones políticas. Es, simplemente, un análisis de hechos y resultados concretos que, al cabo del tiempo, ya no pueden ser disfrazados de otra cosa sin insultar nuestra inteligencia. Muchos en la Universidad hablan de lo aquí expuesto, pero a sotto voce. Yo elevo mi tono porque deseo ser sólo la más pequeña gota en nuestra inmensa y antihistórica responsabilidad colectiva. No estamos defendiendo a la Universidad. ¡Ni siquiera nos estamos defendiendo a nosotros mismos!



sábado, 20 de junio de 2015

¿Cuál es el oscuro futuro que nos espera a los universitarios?

Profesores: ¿Por qué no reaccionamos?
Asdrúbal Romero M.

En el año 2000, siendo todavía Rector de la Universidad de Carabobo, viajé a La Habana para asistir a un evento de rectores cuyo presidente anfitrión era el Rector del Instituto Politécnico Superior José Antonio Echevarría, como decir el MIT de Cuba. En una visita a uno de sus laboratorios de Ingeniería Eléctrica, siempre recordaré el visible esfuerzo que hacía el Rector para vendernos la “maravilla tecnológica” subyacente a los rudimentarios aparatos que utilizaban como apoyo a sus procesos de enseñanza. Más allá de que uno pudiese admirar la ingeniosidad de los jóvenes cubanos, habituados a trabajar con las uñas para suplir la imposibilidad de acceder a recursos tecnológicos cónsonos con la modernidad de la época, el nivel deprimente, en general, de aquellos laboratorios me produjo una extraña sensación de tristeza y decepción entremezcladas en una corriente de simpatía hacía ellos. Los pobres, desconectados de la modernidad, hacían su mejor esfuerzo para continuar todos los días reinventando la rueda como si los límites del planeta se hubiesen reducido a las aguas que circundaban su isla.

Silencié mis impresiones por decencia y respeto a aquel rector que me parecía un buen hombre. La noche anterior, en una cena privada, nos había confesado a quienes le acompañábamos en la mesa que él y su familia hasta hambre habían padecido durante el Período Especial –cuando el cese de la ayuda de la Unión Soviética a Cuba después de la caída del Muro de Berlín-.  Tengo muchas más anécdotas de aquel viaje, pero si lo he traído a colación es porque tales recuerdos me retratan el futuro de nuestra universidad venezolana.

¡Desconectada de la modernidad! No imagino peor castigo que ese, para una institución que por su esencia  debe tratar de mantenerse al tanto del avance global de los conocimientos. Haciendo abstracción, por un momento, del severísimo empobrecimiento al que se ha visto sometido nuestro profesorado, que ya de por sí es una tragedia, me imagino el desencanto de aquellos que, en un momento de su vida, decidieron por vocación dedicar el resto de sus días al hermoso y digno trabajo de lidiar con el conocimiento. Es a ellos a quienes dedico estas líneas: a los que han vivido con pasión su vida universitaria. ¿Cómo van a reponer los equipos de sus laboratorios para la docencia o de sus centros de investigación cuando enfermen de obsolescencia, o se les dañe por falta de un vital repuesto o, simplemente, se los roben, cuestión esta que ocurre con una frecuencia digna de mención dentro de esta preocupante interrogante? ¿Cómo se van a adquirir los insumos y materiales que requieren para sus investigaciones o la realización de prácticas con sus alumnos, o los que se consumen en la hermosa labor de extensión social que realizan nuestras facultades de Ciencias de la Salud y Odontología? En esta era digital y de bibliotecas virtuales: ¿Se podrán renovar los contratos en dólares para acceder a las más prestigiosas bases de datos internacionales de investigación?  Ojalá se pueda, porque un buen texto de Medicina o Ingeniería  en inglés le podrá costar a un profesor el equivalente a varios meses de su sueldo integral. ¿Se podrá seguir disponiendo de un internet de regular calidad en nuestras casas de estudio? Yendo a lo más básico aún: ¿Y podremos seguir teniendo aire acondicionado en nuestros ambientes de trabajo? Me podrán acusar de melodramático, pero puedo poner como testigos a trabajadores de áreas cuyo acondicionamiento de aire depende de costosas unidades centrales o sistemas tipo chillers y les ha fallado. ¡Los días que tienen que transcurrir hasta que, a un altísimo costo, se les puede restablecer el servicio! Y pronto va a llegar el día en que se tengan que quedar sin él, porque no hay presupuesto factible en el presente contexto que resista los hiper inflados costos.

La incidencia del dólar permea casi todos los rubros del gasto universitario tanto a nivel institucional como individual.  Una simple laptop, hoy día una herramienta de trabajo fundamental para un universitario, ya el empobrecido profesor debe estar preguntándose cómo hará para comprarse una nueva cuando la que tiene le entregue sus últimos latidos. ¿Y el video beam de la Cátedra cuando su encarecido bombillo se resista a emitir otro ya muy debilitado rayito de luz? Podríamos ad infinitum seguir repasando todos los modos del quehacer universitario e ir proponiendo inquietantes interrogantes que dibujan un sombrío cuadro que comienza a hacerse realidad. Si es que ya ni siquiera hay papel en la Universidad, porque una resma cuesta bastante más de un millón de los no tan viejos bolivaritos. No sólo se trata de que han erosionado hasta la saciedad la calidad de vida de los trabajadores universitarios, sino de que han convertido a la institución que es nuestro medio y modo de vida en una organización inviable de sostener bajo el paradigma tradicional. Los que siempre propugnaron por el dogma de la gratuidad, nos van dejando una universidad que habrá que semiprivatizarla para que pueda sobrevivir en ella algún rasgo de calidad. ¡Qué paradoja tan patética!

Ahora bien, estoy seguro que la mayoría de los profesores han hecho sus propias proyecciones sobre ese futuro, sin futuro, en el cual quedarán convertidos en simples pobres nómina habientes de universidades de pacotilla gestionadas en las penumbras y lo que sorprende es que no se haya producido todavía algún signo de vigorosa reacción colectiva. Esta lucha no la podemos, por abúlica dejadez, delegar en una FAPUV sin acompañamiento colectivo, ni constreñirla a una defensa de nuestro salario, ni emparaguarla bajo el gastado slogan de “Presupuesto Justo Ya”. Es mucho más profundo lo que está en juego: es la ruptura de nuestro cordón umbilical con la modernidad, oxígeno vital para la Institución a la que siempre hemos querido pertenecer. Nos ocurre lo que al país, cedemos a la destrucción, pero en nuestro caso, por ser profesores universitarios, la Historia nos pasará doble factura. Creo que ya ha comenzado a pasárnosla. Como lo decía el profesor Vizcaya en una brillante intervención al final de una escualidísima asamblea informativa que organizó la directiva de la APUC: por qué el Gobierno va a pagarle más a unos profesores universitarios que ni siquiera han tenido la entidad para defender a la Universidad. Y en esa defensa, así lo interpreté, no sólo se trata de lo gremial; ni siquiera, en un escalón superior, de lo institucional; sino de la recolocación de la Universidad como la gran casa de la luz que vence a las sombras, la luz de las ideas para inspirar al país hacia el gran cambio que debe gestarse en él, si de verdad queremos detener esta loca carrera hacia las cavernas.

En esa asamblea, propuse que la APUC debía designar una comisión que se abocara a investigar y escudriñar en la conducta nuestra como colectivo. Habría que diseñar un instrumento y bajarlo a las bases profesorales, auscultar su opinión sobre el conjunto de decisiones a tomar y acciones que habría que acometer en defensa de la Universidad. Hay que poner el estetoscopio en el ámbito de las cátedras y departamentos, tenemos que saber qué es lo que hay que cambiar para regenerar entusiasmo y participación en esta trascendental lucha, distinta a las anteriores, porque en esta nos estamos jugando la vida como cabales universitarios. ¿Por qué no se participa? ¿Por qué no reaccionamos? ¿Por miedo? ¿Depresión colectiva? ¿Falta de liderazgo? Tenemos que saber, tener un diagnóstico que nos permita recanalizar nuestra conducta colectiva hacia el reencuentro de todos en una lucha que es parte de nuestro deber ser.


Otra propuesta que tuvo consenso fue la convocatoria a una asamblea general de profesores. Sería un excelente escenario para iniciar la discusión, para comenzar a escuchar. Que la convocatoria no tiene la acogida esperada, que los profesores en su aparentemente inexplicable pasividad no asisten, no importa: el resultado que hay que asumir de un primer intento de diagnóstico. Tiene uno la sensación de que en ese liderazgo compartido y difuso que ha quedado al frente del gremio (el Presidente está ausente por razones de salud y eso se entiende) hay mucho temor. No organizan acciones porque las experiencias de participación profesoral han sido verdaderamente patéticas (incluyendo la misma asamblea a la que he hecho referencia, aunque en ella se denunció que no había mediado un genuino esfuerzo de convocatoria). Le temen a la Asamblea General porque en ella les pueden declarar un paro total y “estamos inmersos en un esquema nacional de lucha del cual no nos podemos separar” (las comillas son para parafrasear el argumento expuesto). Es mucho más lo que se pierde no convocándola que lo que se arriesga en su concreción. Yo no creo que en una asamblea, por muy incendiaria que sea, se vaya a desestimar un argumento que es razonable, pero al cual se le pueden poner condiciones y mientras tanto organizamos nuestra propia lucha, la de la siempre combativa Universidad de Carabobo. Lo contrario: que no hagamos nada, la Universidad cayéndose a pedazos y nosotros siendo mudos testigos de su destrucción es triste y lamentable. Señores profesores, no hay fondo si no detenemos esto. Tenemos por delante una inmensa responsabilidad colectiva por cumplir.